Como quien rueda entre sapos, perros negros y cadáveres de ahogados

ADRIÁN MEZAǁ Eguchi, un adinerado anciano de Kioto, siente curiosidad por la revelación que le hace su también anciano amigo Kiga: existe en la ciudad un burdel en donde bellas vírgenes duermen voluntariamente un sueño parecido a la muerte mediante un potente somnífero y son puestas a disposición de los clientes completamente desnudas.  

En la espartana posada no está permitida la ingesta de alcohol; se puede dormir con las muchachas, tocarlas y mirarlas por toda una noche, pero no se debe tener relaciones sexuales ni violentarlas. El estado de senilidad de los clientes brinda a las muchachas cierta garantía para no trasgredir las reglas, sin embargo, Eguchi (con 67 años) todavía es viril.

Los clientes de este inusitado burdel toman la decisión de visitarlo con la necesidad de sobrellevar la tristeza y desesperación causada por la vejez, la promesa es una experiencia de vida plena en donde algunos podrían deleitarse con acariciar el cuerpo de la muchacha y otros sollozarían ante la antagónica visión de la belleza inconsciente contra sus mentes y cuerpos erosionados por el tiempo.

La fiesta de los sentidos y la reflexión ontológica tocan una música que obliga al lector a salir de su comodidad; el color del cuarto, el ruido del mar en la lejanía, el aroma de las doncellas, el frío y muchas otras sensorialidades son bellamente descritas para crear una atmósfera que evoca estados de ánimos muy específicos y sugestiona plantear temas que llevan a navegar la mente humana en aguas borrascosas.

La vejez, el deseo, la muerte, los sueños, los recuerdos, crean un arte vivencial que exige del espectador asombro y emoción. El erotismo y el deseo son excusas y caldo de cultivo para experiencias trascendentes que pudieron haber sido vividas en otros lugares y situaciones extremas, tales como un campo de batalla, una cárcel o un monasterio budista, pero, ¿por qué en un burdel? Al hacerme esta pregunta mi mente atrae a un Kawabata que con ironía me gritaría otra pregunta que resuena lapidariamente a través de los años, “¡¿por qué no?!”, pues es en los cuerpos, y no en una extraña posada, “el lugar” donde verdaderamente los símbolos de la historia se revelan, escrito en palabras de Yukio Mishima, íntimo amigo y alumno de Kawabata:  El resplandor de la vida solo podrá aparecer en un mundo en el cual la muerte y el erotismo estén juntos.

En mi opinión, es transgresor e incómodo; en el escaparate de la librería evoca las sucias vivencias de un viejo voyerista, aunque una vez en las manos del lector este llamado a la perversidad y bajos instintos se va diluyendo conforme las estéticamente perfectas líneas que conforman sus páginas nos introducen a una experiencia de un hombre que deconstruye su vida en un ambiente raro, la belleza de las doncellas evocan su propia decadencia, Eguchi pone su alma en una mesa de disección y sus frustraciones, anhelos, miedos y deseos trazan las formas de su verdadera naturaleza que son reveladas desde su inconsciente en un profundo estado de reflexión,  llega a la conclusión que todo lo que él pensaba de sí mismo era una farsa y que el hombre que con toda su fuerza  ha querido mantener constante en la línea de tiempo ha desaparecido.

 Confieso que al terminarlo hurgué en sus páginas para encontrar muchos vacíos que a mi parecer tenía la trama pero me di cuenta que además de ser una novela,  también es un enigma como uno de esos poemas haiku del arte tradicional japonés que son terminados en el pensamiento del lector.

La casa de las bellas durmiente (1961), Yasunari Kawabata

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