Un tal Cortázar

MAYNOR XAVIER CRUZǁ El 2006 fue un año de apertura lectora, era el comienzo para esto que se volvió un vicio.

Tenía por mentor a alguien que gustaba de comentarios crueles cuando conocía gente de la que no sacaba una buena conversación, presumidos por aire, y gustaba de hacerlos quedar como neófitos.

Por él leí Castigo divino en el 2005, y mi premio fue que me lo obsequiara.

Ya la amistad había iniciado y cada mes me recomendaba un nuevo libro.

—Vamos, vos tenés que leer de todo.

Salía con un libro sobre la comunicación, alguno de política, cuentos, una novela. Hablaba de leyes y medicina, la primera por profesión, la segunda, porque abandonó la carrera.

Para finales de septiembre apareció en mi casa y me esperó que yo saliera de mi trabajo

—Tenés dos semanas para terminarlo —me dijo y me entregó un voluminoso libro.

Era mi primer reto lector, terminarlo en dos semanas.

La edición era de Alfaguara y era el primer tomo de los cuentos completos de Cortázar. En la portada salía sentado en una silla  (hasta Sergio Ramírez se tomó una foto parecida a esa foto de Julio). El prologuista era Mario Vargas Llosa y hablaba de su talento como escritor y mencionaba el libro referido a Nicaragua.

Al principio los cuentos que más me sorprendieron fueron Manos que crecen, Llama el teléfono Delia y Carta a una Señorita en París; los primeros dos por el terror fantástico, y otro, por lo fantástico. Estaba lejos de conocer estos términos pero ya los tenía de mis preferidos.

La fecha tope llegó y no pude terminarlo. Era mi primer contacto con el argentino.

En la universidad me lo topaba en referencias de otros autores, fuera que Ramírez Mercado lo mencionara en sus artículos o que escribieran sobre él en La prensa literaria. Era el gato negro que uno se topa en el camino por las noches.

Luego fue mi dolor de cabeza: Rayuela.

Seguí el tablero de direcciones, me fijaba en las técnicas aplicadas a algunos de sus capítulos, me divertía cuando mis compañeros de cuarto leían el capitulo 68; amé hasta el hastío el capítulo 7, aunque mi preferido sigue siendo el capítulo 93. Me impresionó el andamiaje de esa anti novela.

Logré terminarla.

Después llegarían algunos de sus libros como obsequios de alguien que se desprendía de a poco de su biblioteca, luego como regalos de cumpleaños.

Así logré leer otra vez sus cuentos y el libro homenaje Queremos tanto a Julio que hicieran veinte escritores cuando supieron que le quedaba poco tiempo de vida. Ahí estaba él en fragmentos, en anécdotas; como amigo, como mentor; solidario y bromista. Era el Julio que había dejado huellas, un autor experimental, genio del collage narrativo.

Ahora que he leído la mayoría de sus obras sigo sin preferir a Rayuela, opto por sus cuentos, que en muchos de ellos se nota los experimentos que usó en esta novela.

En el 2007 murió mi amigo, dejó en mí el vicio lector. En 1984 murió Cortázar, dejó un universo de personajes y formas narrativas.

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