¡Cómo va creer! O la ventana del lado con vista a la oscuridad

MARIO GUARDADOǁ Henry A. Petrie convierte lo cotidiano en una obra literaria.

Los cuentos en ¡Cómo va creer! son  historias que el autor las transforma con estilo propio; son diversos y cada uno es un cambio radical del anterior; nunca cae en el aspecto común del doble sentido, trata sus temas con algo de picardía, o para que se presten a interpretaciones varias que muestran más de lo que se comprendería en una simple lectura.

Dice bien Oswaldo López, poeta jinotegano: “ No es suficiente leer por leer, sino enfrentarlo con actitud alerta, para no caer en trampas técnicas y estructurales, para cazar la imagen de fondo que transmite”.

Los temas novedosos que impone este nuevo aire en la literatura, los maneja con maestría en este libro, a cada cuento le da vida propia, o como en Andar en órbita: el cuento se está haciendo solo.

Una sola historia, muchas interpretaciones. Incógnitas en sus obras que solamente pueden ser aclaradas dejando a un lado la lógica, atreviéndose a pararse en el borde de lo absurdo, por ello hablaré de la obra por segmentos:

¡Hombré jodido qué mala costumbre la mía!

Tal vez, una buena manera de reflejar el título de este capítulo en algún cuento, sería en Tras obligado ayuno, quizá por una mala costumbre de no alimentar al perro, o tal vez, por la mala costumbre de hacer ayunar al perro, o mejor dicho, la costumbre perra de ayunar cuando no se tiene otra manera de vivir.

También aparecen muy buenos absurdos en este capítulo, como el mudo orador, genio de los cuentos (Asalto), o la historia de un bizco hablando de puntos de vista diversos –un diplomático con estrabismo− en una conferencia internacional, sobre una guerra pronto a desatarse (Problemas de enfoque). Tenemos aquí, entonces, dos cuentos cómicos y muy bien estructurados.

Petrie en estas historias se encarga de transformarlos en fantástico o en sátiro, como en Espera entretenida y La promesa.

¡Por todos los demonios!

En este capítulo, todos los cuentos se interrelacionan. Iniciando con Lucifer (Hina), donde el autor, como pocas veces, es el protagonista. Se trata de un monólogo en el que narra su mórbida unión con el demonio.

Uno a uno se relaciona con los anteriores, y aún más, con el primero, donde se presenta el mismo personaje.

Todo esto es una especie de pacto. La labor del personaje es asesinar demonios menores, tal vez personajes mediocres dentro del mismo cuento, o ángeles caídos.

¿Estaremos solos aún?

En este capítulo, los cuentos nos plantean otra visión de algunos temas ya discutidos, como es el caso de la creación del mundo y otros asuntos de orden espiritual, no anuncian el fin del mundo, sino que hablan del inicio de una nueva civilización, el resurgimiento de la vida, la nueva reproducción entre los escombros de un mundo que aún no ha colapsado.

En Magdalénico, el personaje secundario además de narrador, nos deja la historia de una mujer que lleva en su vientre un nuevo Mesías, hijo de otro igual. También encontramos al Mesías, desde otra perspectiva, en Rapto y engendro.

La otra guerra mundial

Estos cuentos son apocalípticos. Desde una psicosis aparentemente real, como Síndrome Snob, donde un paranoico cree que se aproxima el fin del mundo, debido a un ataque terrorista en un país extranjero que probablemente acabará como todas sus marcas predilectas, y que pronto vendrá a Nicaragua.

En  este capítulo, el autor es el narrador, exceptuando Ante el caos, en el que se ve como protagonista.

…Al lado de la venta con vista a la oscuridad

Muchos de estos cuentos se narran como si los protagonistas estuvieran en realidades diferentes, el autor divaga, se torna más confuso y sombrío. Se muestran los sentimientos más íntimos o pensamientos de los personajes.

El cuento Caídos de este mundo se convierte en un monólogo en su parte final, donde alguien busca a Anesbelia y termina transformándose en ella −la eterna búsqueda del verdadero yo− debido a una especie de agujero negro.

Y para finalizar, Andar en órbita, una historia sobre las aventuras de dos poetas, pero que en realidad no son las aventuras nocturnas de un par de poetas, sino más bien los sueños de uno de ellos.

«— ¡No! ¡No, poeta! En ese taxi no.

— ¿Cuál taxi, poeta? No ve que por fin vino el bus. Venga, súbase que es el último, y siéntese al lado de la  ventana con vista a la oscuridad.»

Petrie actúa como un narrador omnisciente y omnipresente y su única labor es la de escribano. Nunca actúa como protagonista; tal vez como personaje secundario, y aun siendo así, no entra en la acción,  narra desde la lejanía de un testigo ocasional, sin intervenir en ningún momento, el papel principal no es algo que esté presente en todos sus cuentos. Su gran ojo observador le permite atrapar historias y recrearlas, tal vez ficticias, reales, o una mezcla de ambas, en la que su participación es innecesaria, pero donde tiene que estar alerta a cada uno de los detalles a su alrededor, es un fisgón en su propia obra, porque sus cuentos se hacen solos. Camina entre sus historias, sintiendo y sabiéndolo todo.

Henry A. Petrie

Ediciones Pensar

100 pág. / 10 US

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