El mundo vital de Malaji

MARIO GUARDADOǁ Existimos en el mundo seres humanos, que nos negamos a aceptar como verdad absoluta el hecho de que nuestro origen está escrito y finiquitado en el libro de Génesis o en las teorías evolucionistas. A partir de esa inquietud, nos aventuramos a navegar en conjeturas que volvemos teorías, o simplemente portales, por donde sacamos la cabeza para escaparnos de la realidad caótica, rapaz y  cargada con  vinagre del pesimismo.

            Posiblemente en este afán, de construir cubículos para desintoxicarnos el alma, llegamos a caer en el escepticismo práctico, del que muchos señalan de ateísmo o satanismo, los más inocentes califican de atrevidos. Pero nada de eso tiene importancia, cuando la tarea de un hombre o mujer es comunicar por medio de sus ideas, una forma de reconstruirnos la vida, como algo parecido al ciclo de Sísifo o como el águila cuando se siente vieja y se despeña desde la cima más alta, para renovar su pico y sus garras.

No es precisamente el deseo de conformar una corporación de hombres libres, felices, exentos de sufrimientos y de la pobreza. Esto es imposible en este mundo. Las ideas  que me fluyen cuando leo Malaji son como consignas de la mente, la concepción del mundo encontrada en los pensamientos, que fluyen y crean una realidad virtual o aparente realidad, en fin, tangible.

Es importante la labor a conciencia de un escritor, que aunque posea una determinada ideología o militancia, apunta hacia la esencia del pensamiento de sus contemporáneos de manera holística, para nada dogmática.

“No morir nunca es nacer siempre”, escuché decir a un anciano alguna vez. Por eso, la sensación que me deja Malaji es la de asimilar la realidad de la vejez, extraer de esta su sabiduría, en vez de resistirse. “Nada más ridículo que llegar a viejo y temer morir”, dice Malaji.

El autor crea un mundo paralelo al nuestro con el propósito de hacer perdurar al viejo Malaquías, o Malaji, que en realidad vive en el interior de nosotros. Los problemas existenciales se representan en el joven Calixto, sediento de humanidad.

De nuevo, Henry A. Petrie nos invita a la ventana con vista a la oscuridad para entretenernos con noctámbulos crónicos, en busca del sueño en  tantas veredas por donde podemos aventurarnos, caminar, haciendo más pasajera la abulia en que nos sumerge la perra realidad, el desencanto de anhelos frustrados.

Como dije al inicio, esta novela me entrega otra visión de algunos temas ya discutidos, como la creación del mundo y otros asuntos de orden espiritual. Es una obra que reúne visiones sin pretender crear sectas apocalípticas ni anuncia el fin del mundo, sino que habla del inicio de una nueva civilización, el surgimiento de la vida, la nueva reproducción de valores entre escombros de humanidad, a través de un hombre y su mundo vital.

Es también una historia de sobrevivientes que se encuentran en varios parajes, en sueños, en viajes (¿imaginarios?), que pueblan la travesía de Malaji. La historia continúa a través de la mujer joven que deja embarazada este protagonista, el nacimiento de ese niño ha de ser su prolongación, su reinvención humana con nuevos valores.  

Malaji es una protesta  y denuncia de la apariencia en que vive nuestra sociedad.  Dice: “Tengo asco. Los alegatos de moralidad me asquean, me irritan”. Sin duda es una novela que es a la vez piedra, golpea el pecho o parte nuestros dientes.

Y aquí me atrevo a referirme al escritor, porque se me revela un Petrie complejo, maduro, comprometido con escandalizar la literatura y la beatería. Observemos lo que dice a través de su personaje protagonista: “Veo a Dios −con quien siempre me he peleado− más cerca de la locura”. Es todo lo contrario de las frases cobarde que leemos y escuchamos, como aquella que dice: “No hay que tocar a Dios con las manos sucias”. A través de Petrie se expresa la voz del gran solitario de la literatura nicaragüense, Carlos Martínez Rivas, cuando dice: “La poesía no se hizo para gustar, sino para disgustar; hay de aquel que no escandalizare”. Considerando estas referencias, afirmo que Malaji,  es poesía escandalizadora que sacude el polvo de la narrativa criolla.

Si pensamos con supuesta lógica, si creemos en infiernos o en purgatorios, seguramente no podremos leer Malaji después de la “Pieza Única”; pero si creemos en la literatura, si no nos atan axiomas de “dominus canis”, nos sumergiremos a un mundo donde todo está en acción, la contradicción es vital, al mundo que es obra donde no hay palabra mal dicha, ni adjetivos desperdiciados. Los significados son los justos.

Y finalizo con el saludo de Malaji o Malaquías: “¡Salud, seres que viven en mí! ¡Salud, Quetzal! ¡Salud, mujer de Ozma! ¡Que el navío siga buscando la dirección de los vientos!”

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