Margarita, te voy a contar dos cuentos

BEKER DÍAZǁ El héroe nacional de Nicaragua es un poeta y se llama Rubén Darío.  Por años nos han querido vender la idea de que nuestra mayor gloria fue Augusto C. Sandino, sin duda un héroe, pero que no es divino. A Rubén lo conoce uno desde la cuna: nació en Metapa, luego Chocoyos, hoy Ciudad Darío. Es, a nuestros ojos, celestial. Su condición de alcohólico no lo baja de ese nicho. Haría falta descubrir su lado humano y errático. Esa es la misión de Sergio Ramírez Mercado en su novela Margarita, está linda la mar.

Se publicó en 1998, siendo acreedora del Premio Internacional Alfaguara. El título original  era Fin de la fiesta, pero fue modificado por sugerencia de Carlos Fuentes, jurado del premio en ese momento.  Es una obra de ficción histórica al mejor estilo de la narrativa de vanguardia nicaragüense. Se desarrolla en dos momentos trascendentales del siglo XX: el retorno de Darío a León en 1907, su muerte en 1916, y la visita de Anastasio Somoza García  a León en 1956, además de la conspiración y atentado en su contra.

Ramírez Mercado recurre a la analepsis como técnica narrativa. Con perfecta naturalidad, va de una época a otra, como tejiendo un tapete, tomando aquí, soltando allá. La imaginación del autor se fusiona con la historia al punto de volverlo todo creíble, casi como testimonio veraz y objetivo de un testigo ocular de los acontecimientos.

Según Bryan Chandler, «mediante una narrativa metaficticia borra los límites entre la ficción y la historia». El narrador no es un sujeto ajeno a nosotros, nos involucra, nos interpela,  nos invita a acompañarlo por los pasajes de la historia, no sabemos dónde nos miente.

Rubén Darío,  nos es presentado como un semejante, un hermano nuestro que se equivoca. Tiene una esposa que lo extorsiona,  una amante a la que no sabe en realidad si le quitó la virginidad,  deudas que lo agobian, y una imagen por los suelos en las sociedades europeas. Además, es a veces mezquino, adulador, altanero y verboso. No es el  venerable de nuestras lecturas escolares. Es de carne y hueso.

En la otra rebanada del siglo está el son of a bitch: Somoza, que domina con mano dura el país, y visita León, donde anuncia su nueva candidatura presidencial. Ahí, los conspiradores,  evocan los días del retorno y las peripecias del poeta universal, mientras trazan su plan para acabar con el tirano. Hay entre ellos otro poeta, Rigoberto López Pérez,  quien ofrenda su vida en el atentado contra  el dictador, a quien le atina  cuatro disparos,  causa indirecta de su muerte días después. ¿No debe este ser pintado también con una aureola de santo?

Ramírez Mercado toma el primer verso de uno de los más famosos poemas de Rubén Darío, A Margarita Debayle  para volverlo el lomo de un libro, uno que involucra a una familia que las tuvo con Rubén tanto como con Somoza. Curiosamente —y es algo que se extraña en el texto—, a Margarita apenas se la menciona. Toman mayor protagonismo su padre, el sabio Debayle y su hermana Salvadora.

Tras la publicación de la novela, la crítica se volcó en elogios.  Para Hortensia Campanella esta es la novela de la madurez del escritor nica. En tiempos más recientes, a ella se refiere el crítico Juan Pedro Aparicio «el horror y la repulsión que inspiran las dictaduras latinoamericanas adquieren forma de gran literatura». Analizando los escritos de Darío, Ramírez-Pimienta señala que el objetivo de Sergio Ramírez es «hacer de Darío un héroe ‘popular,’ un héroe de los campesinos y los obreros, un héroe que simpatizaba con las clases sociales marginadas».

La novela tiene infinidad de momentos memorables, con escenas de harto movimiento, y que llenan con la capacidad inventiva vacíos que la historia desconoce: la planeación del asesinato de Somoza Garcia, la muerte de Darío, la pelea por su cerebro, la intimidad sexual del poeta. Sergio Ramírez se permite además la osadía de hacer comedia de los personajes, en algunos momentos verdaderos bufones,  y en otros, seres respetables. Somoza es un perromacho. Darío es aquel Juan Lanas y no tiene un centavo.

Margarita, está linda la mar es una pieza magistral dentro de la narrativa nicaragüense, además, entra a un estante en que figuran obras como El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos y El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez: las dictaduras latinoamericanas.  Su concepto, su estilo, su técnica y calidad histórica la convierten en una obra de culto. ¿Qué más podría pedírsele al autor? De mi parte, quizá un énfasis mayor en la escenificación de la muerte de Somoza, la cual solo se nos enuncia al final casi como un colofón… ya eso nos tocó imaginarlo a nosotros.

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