El hombre detrás del cuento moderno nicaragüense: Lizandro Chávez Alfaro

Existió un caribeño que soñó con ser pintor y terminó siendo el narrador más importante de un país que necesitaba una transformación en la manera de contar historias.

MAYNOR XAVIER CRUZ

*Viajaba cruzado por la sensación de ir persiguiendo el sol

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Semana Santa, Managua. Lunes 10 de abril de 2006. Desde la iglesia Guadalupe, al oeste de la ciudad, el cortejo fúnebre acompaña al que en vida fue un narrador impresionante; van en dirección al Cementerio Occidental, que está a pocos metros de esa iglesia; lo escolta parte de su familia, escritores, amigos y una batería de periodistas que también quieren darle el último adiós.

Desde el día anterior, la noticia de su muerte ocupó un espacio en la radio y la televisión nacionales, y este lunes, su nombre aparece en los principales rotativos del país. 

En la capital, el inevitable calor empezó a castigar el asfalto, los autos, las casas y a sus habitantes desde las ocho de la mañana, cuando seguía llegando gente a dar el pésame a los familiares; entraban y salían, algunos se volverían a integrar cuando iniciara la misa. Como en un cuento cruel de André Breton, la funeraria tal vez dijo ese domingo: «He aquí una semana que empieza bien».

Sufrió siete meses de agonía. Los últimos cuatro no pudo salir de su cama, tampoco quiso ser trasladado a un hospital: le bastaba quedarse en casa, consciente de que su muerte era inevitable.

—Yo pasé diciembre con él, pero cuando ocurrió su muerte no pude asistir —dijo Adolfo Chávez Villalón, su hijo— porque desde Australia para ir a Nicaragua son treinta y seis horas de vuelo, llegaba muy tarde. Mi madre sí asistió a la vela y al entierro.

Ella, Evangelina Villalón, voló desde México, quería despedirse del polifacético hombre que conoció a finales de los sesenta, con quien se casaría poco después.

Fue un narrador, sí, y se desempeñó en otros trabajos para sobrevivir.

—Los escritores nicaragüenses siempre han tenido que dedicarse a otros oficios para ganarse la vida. ¿Cómo habrá afectado esto la producción narrativa en el país? —le preguntó Edward W. Hood a finales de 1992, entrevista que fue publicada a principios de 1993 en  la revista Universidad de la UNAN-Managua, misma de la que Chávez Alfaro fuera su director.

—Sí, este es un ambiente muy pobre que no da para dedicar el tiempo para escribir novelas —dijo.

Y remató la respuesta:

—Hay gente con suficiente energía para duplicar o triplicar su propia vida y para que les alcance el tiempo para ser escritores, políticos y profesores; pero no es mi caso, yo no puedo.

Atrás quedaba su legado como director de revistas universitarias nacionales, su puesto como diplomático en Hungría; su trabajo como director de la Biblioteca Nacional Rubén Darío y en el Ministerio de Cultura, a su retorno a Nicaragua; atrás quedaba su trabajo en una agencia de publicidad, corrector de estilo para el diario Ovaciones, traductor de artículos para el diario El Día, guionista de comics para la Editorial Novaro, en México, luego que se graduara como Maestro en Artes Plásticas y decidiera quedarse en este país por veintisiete años.

En su casa no sonará música caribeña, tampoco de Telemann, Vivaldi, Mozart, sus favoritos; sus dedos no volverán a besar la máquina de escribir; en el reparto Pancasán —llamado Colonial Los Robles en la actualidad—, poco a poco su casa dejará de ser visitada por sus amigos escritores. Otros, atrevidos, aprovecharán las visitas para allanarla y sustraer objetos del difunto.

La tarde avanzó con su rojizo ataúd por delante, haciendo una ruta desde su casa hasta el cementerio.

Diez años atrás en horas de la mañana, Chávez Alfaro había sido atropellado por uno de sus alumnos en un curso de narrativa que impartía en la UCA; anécdota que serviría de inspiración para su cuento «Estrella inconstante». Para esas fechas trabajaba en el cuerpo académico de la UNAN-Managua.

Pasó al menos seis meses en el hospital y la UNAN no se deslindó de él; este accidente influiría mucho en su salud durante los años siguientes.

Jorge Eduardo Arellano, entonces director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, habló durante su entierro de su profesión como narrador; dijo que reveló el carácter de los humillados del caribe nacional y que su narrativa tenía una prosa maestra:

—Era un orfebre de la pluma.

Ese fue un discurso apenas adornado con frases escogidas para la ocasión. El resto de los escritores y los lectores sabían que estaban enterrando al hombre que puso en alto la narrativa nacional, al que tardaron en incluir en la Academia Nicaragüense de la Lengua, del que muchos solo mencionan Los monos de San TelmoTrágame tierra cuando se refieren  a él.

Fue más que eso.

—¿Qué falta —le siguió preguntando Hood— para que se desarrolle más la narrativa en Nicaragua?

—No puede por ahora darse un desarrollo completo. Todos sabemos que para que se desarrolle una literatura como cuerpo nacional o regional, necesita entrar en tres fases paralelas: la creación, la crítica, y la investigación…

Días después de su muerte, Sergio Ramírez dijo: «la mejor manera de recordar a Lizandro Chávez Alfaro es el reconocimiento a su obra, haciéndose que se conozca y que los jóvenes lean a uno de los escritores más trascendentales del siglo XX nicaragüense».

Como escritor conferencista viajó a siete países: Estados Unidos, México, Cuba, Brasil, España, Alemania, Austria. La primera conferencia la dictó en 1964 en la Escuela de Arte Villahermosa de Tabasco, México, la tituló El mundo de William Shakespeare, en homenaje al cuarto centenario de su nacimiento. La última fue en Alemania, en junio de 1995, sobre la Obra Morava en el Reino Miskitu: fenómeno político caribeño.

 Coqueteó  con la poesía, fue pintor, embajador, publicista; sus escritores preferidos fueron Faulkner, Borges, Guimarães Rosa, Carpentier; se convirtió en un escritor necesario para una Nicaragua cargada de narradores vernáculos y costumbristas a mediados del siglo XX. No era de la zona del Pacífico, tampoco perteneció a grupos literarios, no buscó condecoraciones, era lo opuesto al resto de escritores nacionales.

*Como súbdito del lenguaje me inicié en la obediencia

2

 A sus treinta años tenía cuerpo de boxeador de peso medio, flaco, fibroso, y su rostro, con su espeso bigote, era el de un actor de cine para un spaghetti western de Sergio Leone, un militar mexicano para una película sobre el siglo XIX o un gánster turco al que el 007 de Sean Connery vencería en alguna pelea de espías; pero no se dedicó a ninguno de esos oficios. Eligió el de contador de historias: narrador.

Su acento era el de un mexicano de clase media.

  El escritor esteliano Donaldo Altamirano lo conoció en México en 1970 y así lo recordó:

«Mi primer escándalo fue encontrarme con un nicaragüense que no hablaba con “acento nicaragüense”, que no voseaba, que no acentuaba el final de las conjugaciones verbales, que no usaba modismos regionales».

Parco al hablar, se consideraba mejor escucha que conversador; por la dureza de su rostro, siempre creyó que la gente lo consideraba hosco. Sus amigos escritores sabían que no era así, siempre tenía un tema para compartir y siempre estaba para recibirlos.

Fue el penúltimo de los seis hijos que tuvo la pareja de mestizos de la región central Belarmino Chávez Saballos y Ramona Alfaro Casco; su padre era de Juigalpa y su madre, de Pueblo Nuevo; habían emigrado en 1910 hasta el barrio Beholdeen, uno de los pocos que existían en Bluefields, ciudad ubicada a 383 kilómetros de Managua; su padre era administrador  de rentas cuando este puerto generaba muchas ganancias para Nicaragua.

Eran tiempos en que para llegar hasta Bluefields el viaje duraba una semana.

Nació el 25 de octubre de 1929, cuando la mayoría de las casas eran prefabricadas, pedidas por catálogo a los Estados Unidos; en 1930, los habitantes eran nueve mil, entre ellos, chinos, árabes, ingleses, miskitos, afrodescendientes y mestizos. En manos de los primeros dos estaba el comercio central, los chinos vendían abarrotes y los árabes, telas, ropa y calzado.

Hizo sus estudios de primaria en el Moravian School y su secundaria en el colegio Cristóbal Colón; en esos años, la vida estaba llena de «mercados flotantes amarrados a los muelles, idiomas alterables, cada uno con su irrepetible soecidad a cuestas; el hablador cobijo de los astilleros, los que sacaban al aire grandes quillas famosas y los que redimían caseros botes embromados; los patios de recreo escolar y el derrame oral de las cantinas».

En el colegio Cristóbal Colón, bajo la influencia de pedagogos españoles republicanos exiliados, recibió historia y pensamiento de izquierda.

A los doce años, se declaró ateo. Era el inicio de su rebeldía y de sus lecturas.

Por sus estudios escolares aprendió inglés, lo que le valió su trabajo en la aduana nacional en 1948, administrada por estadounidenses vestidos de kaki, el uniforme de la Guardia Nacional. Ahí, cada mes sellaba cajitas de madera que contenían lingotes de oro que iban hacia los Estados Unidos.

Ese mismo año tuvo una exhibición de sus pinturas en el Liceo Lola Soriano, en Managua, como parte de las actividades que se realizaron por su décimo aniversario. Al frente de este lugar, la Administración Nacional de Aduanas, donde trabajaba.

Esta exhibición le valió una beca por parte de Somoza para irse a México. Su maestro, el abogado y poeta de Masaya Santos Cermeño, promotor de esa exposición, estuvo feliz por la noticia.

Partió en agosto de 1948 para convertirse en pintor, por ello estudió en la academia de San Carlos de la UNAM.  Apenas iba a cumplir diecinueve años.

Vivió en México D.F., en una casa para estudiantes en la colonia Condesa. En aquel tiempo, esta ciudad empezaba a ser una algarabía urbana de sonidos y colores: tranvías amarillos recorriendo el interior de la misma, cilíndricos sonando a toda hora, anuncios comerciales en las estaciones de radio, cabarets con sus respectivas damas de salón, el cine en blanco y negro ofrecía nombres de los primeros héroes y divas populares: Cantinflas, Tin Tan, Jorge Negrete y Pedro Infante, Dolores del Río y María Félix.

Se graduó en 1955 como Maestro en las Artes Plásticas. Durante esos años también estudio francés y tomó cursos libres de Literatura Hispanoamericana. Lo primero en el Institut Français d’ Amérique Latine (IFAL) y lo otro, en la UNAM.

Su nombre empezó a sonar en 1963, cuando tenía treinta y cuatro años de edad y catorce de vivir fuera de Nicaragua. Tenía dos poemarios publicados, Hay una selva en mi voz (1950) y Arquitectura inútil (1954), ambos publicados por la editorial Amatista en el D.F.  

El tercer libro de poesía no vería la luz, Calendarios sin domingo, lo destruyó para dedicarse la prosa, aunque en ella no dejó de impregnarle el carácter lírico.

Por el premio que le dio Casa de las Américas por Los monos de San Telmo —mil dólares de la época— pudo alejarse de la ciudad e irse a un puerto pequeño donde se dedicó por un tiempo a escribir a máquina esa su primera novela:  Trágame tierra.

La mayoría de sus textos los ubica en el terreno nacional sobre todo con temas referentes a la costa caribe, trasmitiendo lo que han sufrido sus habitantes desde que fueron incorporados a Nicaragua, con duras críticas a sus principales caudillos de finales del siglo XIX y principios del XX.

Balsa de Serpientes es su única novela ambientada en México, la escribió mientras trabaja por la tarde en la agencia de publicidad Doyle-Dane-Bernbach. Había decidido terminarla, para eso ocupaba las horas de la mañana. No le importó ganar la mitad de su salario con tal de dedicarse por entero a ella.

—Ahí trabajó con Teresa Struck (destacada publicista mexicana) y fueron grandes amigos. La agencia de publicidad ganó un premio con un anuncio de la VW que él escribió   —recuerda su hijo.

La novela salió publicada en 1976, cuando ya no estaba en esa agencia y ahora era el director de Radio Universidad Veracruzana.

De México volaría a Costa Rica, ahí se trabajaría para el CSUCA, primero como director de la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), luego como director de Asuntos Culturales Centroamericanos.

En esta editorial, publicaría su libro de cuentos Trece veces nunca en 1977 —en Nicaragua se imprimiría hasta en 1985— y antes de renunciar a su cargo, editó y publicó el libro de Alejandro Serrano Caldera, Dialéctica y enajenación.

—Para mí fue una feliz coincidencia —recordaría Serrano— pues los originales se los había presentado antes a su antecesor, el poeta y novelista hondureño Julio Escoto.

Cuando la revolución sandinista se volvió una referencia internacional retornó a Nicaragua, su vida de emigrante sería parte del pasado, lo esperaban otros oficios, lectores y escritores que lo considerarían un maestro del relato nacional.

*Evangelina, mi tesoro sentimental

3

—¿Cómo se conocieron tus padres?

—La hermana de mi mamá salía con mi tío, que era hijo de los dueños de la casa donde se hospedaba mi padre. Obvio mi tía y mi tío luego se casaron. En esa casa fue que mis padres se conocieron.

En 1969, el nicaragüense se casó con la mexicana maestra de danza Evangelina Villalón, una mujer morena y delgada que se empezaba a destacar en las academias de baile en este país; ese año la editorial Diógenes S. A. publicaría su novela Trágame tierra, finalista en 1968 del premio internacional de novela Siex Barral, del que antes habían sido ganadores Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Carlos Fuentes, y en 1970, José Donoso.

Villalón siempre estuvo cerca de él; mientras ella fundaba el Ballet Contemporáneo de Xalapa, de la Universidad Veracruzana, él fungía como director de la radio de esa universidad en 1973.

«En la que tenía que hacer todo: guionista, locutor, director, sonidista, etcétera», le contaría a la periodista nicaragüense Ángela Saballos, en una entrevista que ella le hiciera a principios de los años noventa, cuando el escritor acababa de retornar de la Alemania, donde estuvo por un semestre como escritor residente de la  Fundación Heinrich Böll, en Langebroich.

Cuando Chávez Alfaro se fue a Costa Rica, lo acompañó y formó parte compañías de danzas en este país centroamericano, luego, el escritor caribeño retornó a Nicaragua en 1979, ella, en nuestro país, fundó la Escuela Nacional de Danza.

Adolfo Esteban, su primogénito sería otro de los acompañantes en sus viajes.

—Ellos nunca me dejaron solo. Fui afortunado de crecer en una cuna de arte; conocí a Gabo, Julio Cortázar, Eduardo Galeano y muchos más, pero como amigos de la familia y cercanos míos.

 Villalón fue madre de sus dos hijos, Adolfo, nacido en México en 1971 y Gabriel, nicaragüense, 1983, este último murió ahogado en Pochomil cuando apenas tenía tres años de edad.

«Fueron tiempos tristes y duros para ellos en medio de la guerra que campeaba en Nicaragua», recordaría Saballos, quien los acompañó cuando se enteró de la muerte del pequeño.

Evangelina volvió a México en 1986, para ser parte de otras academias de Danza, su esposo, se iría por tres años a Hungría como embajador, de paso, haría investigaciones sobre sobre la historia de la Costa Caribe nicaragüense.

Aunque se separaron, jamás dejó de estar pendiente de él.

El 28 Marzo de 2006, la Unión Nacional de Artistas Plásticos y la Fundación Carlos Garzón decidieron darle un reconocimiento al escritor; como su salud estaba muy deteriorada, fue ella y Ramón Chávez, hermano de Lizandro, quienes  lo recibieron en público.

Después, Garzón la acompañó y le entregaron la medalla en privado.

—Gracias —alcanzó a decirles el enfermo escritor.

 A las dos semanas moriría.

*Y percibí la mancha eléctrica lamiéndome las orillas de la carne

4

Con la noticia de su salud quebrantada, amigos no dejaron de visitarlo; Ramón, Teresa, sus hermanos, y Miriam Cantillano, su enfermera estaban a su cuido desde entonces.

Los dos últimos reconocimientos que le conceden son el de miembro honorario de la Academia Nicaragüense de la Lengua y el otro fue la Orden Carlos Garzón, el primero en diciembre de 2005, por sus cincuenta años como escritor, y el segundo, a finales de marzo de 2006. Habría cambiado esas distinciones por regresar a su Bluefields natal, por lo enfermo que estaba se impidió ese viaje.

El calendario católico marca la fecha como Domingo de Ramos, era el 9 de abril de 2006. Mientras el resto de la gente dormía porque apenas había pasado una hora después de la medianoche, una enfermera iniciaba una conversación con alguien que pronto iba a morir.

—¿Quiere decirme algo? —preguntó Miriam Cantillano y se acercó a la cama donde reposaba el enfermo.

El escritor sabía que eran sus últimas palabras; triste a sus sesenta y seis años y con el cáncer carcomiéndolo por dentro apenas tuvo fuerzas para contestarle:

—Adiós.

A la una y diez falleció.

Sus hermanos avisaron la noticia a su hijo, quien no pudo asistir a su entierro; su muerte dejaría un vacío dentro de la literatura nacional. Era el narrador que inició como poeta.

—¿Se sienten abandonados muchos escritores? —fue la última pregunta que le hizo Edward W. Hood en 1992.

—La gente que produce en forma gremial es la que se siente más abandonada. Porque el que produce en una órbita individual, se las arregla y resuelve las cosas a su manera —le contestó.

A su hijo le quedaría de herencia sus escritos, once en total: uno de ensayos,  dos de poesía, tres novelas y el resto de cuentos (incluyendo una antología), también sus cartas escritas a máquina en correspondencia con algunos autores tales como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa; además los libros inéditos, entre ellos El balcón de la luna llena (novela) y Púrpuras montañas (cuentos). Lo que inició con su poemario Hay una selva en mi voz,  finalizó con su novela Columpio al aire, en 1999.

«Lizandro fue un mestizo costeño, que miraba al país desde el otro lado, y eso es muy difícil de encontrar en alguien que ve a Nicaragua distinta a la tradicional, que siempre hemos tenido en el Pacífico… », diría Sergio Ramírez.

Cuando enterraron a Lizandro, el sol terminaba de recorrer las tres cuartas partes del cielo.

NOTA: Las fotos pertenecen al álbum familiar de Adolfo Esteban Chávez.

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