El diario de una institutriz

MARGARITA HERNÁNDEZǁ  Es real el hecho que Otra Vuelta de tuerca presenta un reto y dudas que animan a los lectores a terminarla en poco tiempo. Y también a una segunda lectura necesaria para disfrutarla otra vez.

¿Relato real confesado por el arzobispo pe Canterbury a Henry James o simple un relato terrorífico sensacionalista de parte del escritor estadounidense, apelando a la naturaleza morbo e impúdico?

Hemos de tomar en cuenta la época y el ambiente en que se desarrolla esta historia: un grupo de amigos y conocidos en una casa de estilo victoriano relatando historias de terror en una noche de vísperas de Navidad.

Douglas, el narrador, nos intriga con la historia de la institutriz, quien descubre  que están malignamente poseídos; Flora por la antigua institutriz, la señorita Jessel y el caballerito Miles, por el señor Quint, antiguo servidor de la casa, fallecidos en formas misteriosas y lascivamente vinculados.

La paciencia del lector y de los oyentes de la historia poco a poco desenreda varias situaciones de carácter sexual que proponen una constante serie de preguntas que nos sumergen dentro del juego psicológico míticamente morboso.

¿Eran tan inocentes los niños? ¿En ellos, bien y mal tiene razón de ser?

Henry James, consiente del desarrollo físico de los niños, enmarca la historia tomando el tiempo del despertar carnal de los mismos de acuerdo a la edad, exploración y curiosidad para llegar a escandalizar al lector de la época.

¿En realidad la institutriz miraba apariciones o era un producto de su imaginación? ¿De quién estaba enamorada la institutriz de Douglas, del caballero de Harley Street, del jovencito Miles o del miserable espectro del sirviente Quint? ¿o era su posible naturaleza sexual reprimida que no le permitía tener voluntad  criterio, ni objetividad? ¿Ella observaba a los niños o eran ellos quienes la observaban?

El escritor explota la paciencia y la razón a medida en que te volvés omnipresente dentro del relato y casi que podés tocar la piel de los espíritus, condenados a sufrir errantes o de seguir viviendo en los cuerpos infantiles y así dar libertad su retorcida y sucia relación carnal.

Esta es la mágica sensación que nos deja Otra vuelta a la tuerca: una profundidad psicológica terriblemente pasiva  y perturbadora.

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