La tela con la que está hecha esta novela

BEKER DÍAZǁ Lo bueno, si breve, dos veces bueno, lo dijo Baltasar Gracián en su compilado de aforismos en el siglo XVII y al día de hoy puede seguirse aplicando, siempre que no sea una cosa de sensualidad. Sobre esto me detengo a pensar ocasionalmente, cuando tengo un bloqueo lector, por ejemplo.  Recurro entonces a la brevedad del cuento, de una novela corta, o  algún poemario no tan abstracto, como los de ahora, que no tienen tanto que decir porque el hombre se cansa. Muchas veces el primer obstáculo con que nos topamos al enfrentarnos a una próxima lectura es la densidad de la misma. Quizá por eso puedo contar con los dedos a los lectores del Ulises, de El conde de Montecristo, y otras similares de gran número de páginas. Yo mismo inicié la lectura de Las uvas de la ira de John Steinbeck  hace algunos años, pero me rendí pronto. Por eso recurro a lo bueno breve. No negaré que he disfrutado de reencontrarme con el hábito lector en los Doce cuentos peregrinos, como en Rebelión en la granja, El túnel, Aura, La metamorfosis.

En ese navegar por la ribera he encontrado a Alessandro Baricco y su novela Seda (1996). La inicié sin tanta expectativa, en minutos conecté con los personajes y su austera vida. Baricco venía de un relativo éxito tras publicar Océano mar (1993), pero es Seda su obra capital. Opta por las frases cortas y descripciones concretas, sin charreteras ni ornato innecesario. Los sesenta y cinco capítulos que la conforman no suelen pasar de una página, y bastan un poco más de cien de estas para desarrollar una historia que vale la pena. “Lacónica y sutil”,  opina Vargas Llosa.

Nos hallamos en el siglo XIX, en una pequeña aldea de Francia, el narrador omnisciente nos presenta a Hervé Joncour, un joven comerciante que se asocia a Baldabiou, líder de su aldea, para probar suerte en el negocio de la seda. Al principio las cosas van bien, pero llegan los malos tiempos, y los gusanos de la seda no se siguen comercializando.  Los socios deben buscar rutas alternativas, siendo su mejor opción, aunque también la más peligrosa, ir a Japón, el paraíso donde se halla la mejor seda del mundo. Hervé Joncour parte, dejando a Hélène, su esposa, y a sus amigos, en la aldea, esperando verle nuevamente. Es en esta empresa de ultramar donde nuestro ¿héroe? conoce al Hara Kei, contrabandista de gusanos de seda. Junto a este último se halla una mujer, quizá una esclava, una doncella, o una sacerdotisa, no se nos aclara. Hervé Joncour se enamora de ella, y busca los medios para seguir viajando y poder verla, aunque no le hable, ni entienda su idioma.

No, no es una historia de amor, ni de aventuras, ni de enrevesados mensajes morales. Es una especie de umami, difícil de concretar en palabras.  Es como la nada entre las manos. Sus personajes no se construyen con intención de enseñar, sino solo narrar, cosa nuestra son las interpretaciones. 

La obra es ligera, se disfruta de corrido, y no precisa referencias. La sencillez de su lenguaje, la neutralidad de su narrador y la invitación a la imaginación de los hechos, van hilando un velo sobre el que pueda reposar y adormecer el bloqueo lector. Al menos eso me ocurrió a mí. Ha sido una buena, breve, buena lectura. Ahora sí puedo volver a  Steinbeck.

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