El hombre que creó una ceguera blanca

MAYNOR XAVIER CRUZǁ Tengo la costumbre de llegar tarde a muchos autores, y creo que en parte eso ha ayudado a comprenderlos mejor cuando me he sentado a disfrutar de sus obras, fue así que llegué a este portugués del que no sabía nada en mis inicios de lecturas a mediados de 2008, cuando apenas llevaba en mis cuentas al menos una veintena de novelas leídas, pero ya notaba porqué los escritores leídos eran tan buenos en su oficio.

José Saramago era un escritor raro y crudo para mi inicio como lector de novelas. Él tenía cierta sutileza de burlarse de temas religiosos, volviendo a los protagonistas bíblicos seres de carne y hueso, quienes debaten sobre el proceder de ellos mismos o del Ser superior y he sabido de lectores que han abandonado la lectura de El evangelio según Jesucristo (1991) y Caín (2009) por esos cuestionamientos.

Su fórmula de los puntos y seguidos para los diálogos es tan novedosa y antiacadémica, que da un golpe a la vista a quienes están acostumbrados a la belleza gramatical, es un estilo saramaguiano notable cuando vemos que otro escritor lo usa, una de la que vi que lo usó con mucha maestría fue Laura Restrepo con su novela Delirio (2004), y de quien, para sorpresa, este portugués fue jurado cuando la colombiana se hizo del premio Alfaguara.

Saramago también usó otra fórmula novedosa: la de privar de nombres a los protagonistas de sus novelas, esos rostros anónimos del que solo sabemos de ellos por alguna característica o su participación cuando hablan. (Imagínense la quebradera de cabeza que será para esos lectores académicos que buscan una tal simbología que proviene de los nombres de los protagonistas de novelas.)

La primera novela que leí de él ha sido la que más me hizo admirarlo: Ensayo sobre la ceguera (1995). Sí, una novela  sobre ciegos. Raro ¿no?

En una ciudad cualquiera, empieza a ocurrir un extraño fenómeno: los habitantes empiezan a quedarse ciegos, y no es una ceguera normal, sino que es blanca, un punto a favor del escritor al inventarnos una enfermedad ocular, pero sigamos con la historia: Contada con un narrador omnisciente asistimos a esta distopía y acompañamos en el sufrimiento a los protagonistas que van apareciendo, y nuestro lazarillo es la esposa del primer ciego, la única persona que no ha sido contagiada y la que se da cuenta de todo lo que ocurre a su alrededor.

Con esta novela, asistimos a la crudeza de los seres humanos cuando la ceguera los hace ser parte de un campo de concentración por orden gubernamental, quienes quieren evitar la propagación de la enfermedad, y adentro de este campo, empezarán las jerarquías y las crueldades por otro grupo de ciegos.

Algo que tienen en común las distopías y las pandemias es que nos demuestran las barbaridades que es capaz de hacer la gente como supervivencia, y en Ensayo sobre la ceguera podemos sentir lo que vivió cada uno de los personajes desde que perdió la vista.

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