Chiricana y sus mandamientos

ENRIQUE GRANADOS

            —Cacaraca-cacaraca, cacaraca-cacaraca —gritaban como locas las gallinas al enterarse de la desaparición del gallo Ruperto.

            Cacareando buscaban por todos lados, buscando, cacareaban a todo mundo, cacaraca-cacaraca, preguntaban por el susodicho.

            Nadie dio información concreta, nadie sabía dónde estaba, su desaparición era un misterio, y se necesitaba información para rescatarlo o hacerlo regresar, según las gallinas, al localizarlo, procederían como las mujeres enculadas, que por amor a su autoestima suplican a su rey no las abandone aunque dicho rey no las quiera y las maltrate, era mejor guardar las apariencias. Con esa actitud la gallina Chiricana no se identificaba, y mientras buscaban, ella parlaba:

            —¡Uuuh, cuando lo encuentre, de la cresta lo voy arrastrar y le daré tortol hasta que se le haga un nudo en el pescuezo! Ya teniéndolo amarrado le voy a advertir ¡Conmigo ningún gallo juega!

            El resto de gallinas interpretaron lo dicho por Chiricana como un acto normal, celoso y posesivo. La intención no contradecía el espíritu competitivo que existía entre ellas, del que se ufanaban y lo relucían con peculiaridad, principalmente, en la intimidad que cada quien tenía con su majestad.

            Era necesario alguna pista para poder localizarlo, tenían la esperanza de encontrarlo vivo y si estaba herido con sus alas cargarlo, aunque estuviera jugado de hembras o de Ceguas; aunque estuviera sucio, borracho y hediondo, lo importante era tenerlo mandando en el gallinero y mejor si se encajaba sobre sus espaldas y las sacudía, eso las hacía sentirse protegidas y ya por último, lo querían por orgullo aunque estuviera muerto. De esa decisión, Chiricana no estaba de acuerdo.

            Es que no había manera que aceptaran su ausencia, inclusive, hubo un momento en que ya no escucharon explicaciones de su desaparición porque también le tenían terror a la viudez y por insensatez cayeron en la negación.

            —Píooo, píooo, píooo —los pollitos también gritaban, casi enloquecidos llamaban a su papá, que era el mismísimo Ruperto. Piolaban a la par del cacaraca de las mamás gallinas, por temor al abandono, pues ya conocían de la tristeza de algunos amiguitos cuando estos perdieron a su padre, ¡los aterraba el desamparo!

            Todos gritaban con justa razón, tremenda sorpresa les dio el queridísimo Ruperto, el ungido y único gallo del gallinero, al convertirse en humo, magia que fue muy desagradable para los dependientes, inseguros, adoradores del jefe, amantes del culto a la personalidad, idolatras de los imprescindibles. En medio de preocupaciones, incapacidades e interrogantes, Chiricana, única hembra que conservó la calma, parlando alto les dijo:

            —Qué raro, ¡no pudo avisar a su familia!, ¡de nadie se despidió!, no gritó, ¡auxilio!, y ni siquiera rastros dejó donde murió, ¡uhhh! —exclamó sus dudas Chiricana, y a la vez invitó a la reflexión.

            Aquel gallinero al oír por segunda vez a Chiricana, los invadió el pánico y el pesimismo y hasta llegaron a pensar que había muerto, fue cuando se apoderó de ellos el sentimiento de viudez y de orfandad.

            —Esto ya se puso fregado, ¿ y ahora cómo vamos a vivir sin gallo?, ¿qué será de mí sin él?, si los que hay, están muy pichones y, para cuando estén listos, ya ni para sopa serviré — afligida preguntaba y reflexionaba Pinta.

            —¿Quién sabe? —respondió Ceniza y agregó—. Estamos igual, tampoco sé qué hacer, el gallo me resolvía todo. Jamás  en mi experiencia me sucedió algo semejante. Más bien me sobraban pretendientes. Fíjense ustedes, encontrarme a estas alturas sin gallo que me pique, y tan rico que lo hacía el tal Ruperto. ¡Ayyy!, ¡qué desgracia la mía y la de ustedes! —dijo sin proponer alternativas.

            —Siempre lo he dicho —intervino Búlica—, sin gallo no somos nadie, nosotras, solas somos una desgracia, la vida y alegría que teníamos se la llevó Ruperto, yo a él le pertenecía, por eso estoy en peligro, a menos que suceda un milagro ¡Que Ruperto reviva! ¡O aparezca un gallo igual a él, de los encantados, de esos controladores, exigentes, rudos, fijados, crueles amorosos, de rencores pasajeros, de esos que picotean a cada rato! —triste y esperanzada parloteó la hermosa gallina.

            —A mí no me vengan con el cuento que sin Ruperto estamos muertas —retomó la charla Chiricana—, que somos dependientes, débiles, incapaces de picotear nuestro propio destino, que debemos esperar para ser salvadas por un príncipe encantado, déjense de cuentos de cenicientas y de hadas, ¡ya déjense de chochadas!, con la paja no se resuelven los problemas, tal vez así piensan los gallos, ubiquémonos, somos gallinas, ¡y de las buenas! Hagamos la diferencia, ¡nuestros hijos esperan! La naturaleza nos recuerda que somos penconas, por no decir «güevonas» y como pruebas están las sartas de huevos que ponemos. En todo caso, son algunos gallos los pendejos, no saben lo que se perdieron. Aunque en realidad, gallos y gallinas se necesitan pero en una relación de tana-catana, con reciprocidad. Tampoco crean que al no estar Ruperto el mundo se acabó, quien así piense se equivoca; somos nosotras las que vamos a resolver la ausencia del irresponsable —dijo la líder mostrando autosuficiencia.

            Chiricana era decidida, luchadora, siempre estaba en acción, creía ser capaz de mejorar su entorno y ser protagonista de cambios importantes. Se caracterizaba por enfrentar con firmeza los problemas de la vida. Después de platicar con las gallinas y pollitos, terminó diciendo:

            —¡Vamos!, agarremos «al gallo por la cresta» —era su dicho— y para que se quiten la idea, sigamos buscando a Ruperto, convénzanse de su realidad, aunque el bandidote solo él sabe a dónde está, vivo o muerto, por la gran «goma» que le resultó de las borracheras que se puso en otros gallineros, o quizás nos quiere probar, saber si podemos sobrevivir sin él, después, ante nuestra desgracia, aparecer como héroe. Ya les digo, a mí me tiene sin cuidado ese vago desamorado. Yo no sufro por el que no me quiere, mucho menos por un mañoso. Les advierto, si aquí aceptan nuevamente a un macho, espero que sea bueno, conforme a nuestro Mandamiento, de lo contrario, esa alimaña se las dejo, por favor entiendan, si alguien importante desaparece, el mundo no se detiene, ¿saben por qué? ¡Los imprescindibles no existen! Imposible y peor si es un caso como el de Ruperto.

            —Cacaraca-cacaraca… Píooo, píooo… —continuaron gritando por el invisible gallo, pero con otra mentalidad.

            El día pasó y del animal Ruperto ninguna pista se encontró. Las gallinas y pollitos desistieron hasta que oscureció. Muchos por la desolación y la impotencia, esa noche no conciliaron sueño.

            Al amanecer del día siguiente, el gallinero fue sorprendido con el cacaraca de  Chiricana.

            —¡Qué agradable! Un despertar con un nuevo canto —dijo Búlica muy animada.

            —Mi mamá Chiricana hoy me levantó con su bonito canto —contaba en el jardín la pollita Piquina a sus amiguitos.

            La gallina ejemplar, después de orientar los quehaceres de la comunidad, se integraba a trabajar. Era la primera en levantarse y lo disfrutaba porque le gustaba cantar, en sus horas de descanso jugaba con los pollitos a la Gallina Ciega, y le daba tiempo para sus prácticas de baile. No había pasado un mes cuando el gallinero duplicó la producción de huevos, en esos días Pinta dijo:

            —Yo creía que por no tener gallo, sería improductiva y que por soltera pronto moriría, pero ya me di cuenta que en esta vida de cualquier manera puedo seguir dando guerra.

            —Pues yo también pensaba que sin gallo no éramos nada. Claro, todavía no me conocía de lo que era capaz ¡Qué ignorante estaba por creer que mi felicidad el gallo la determinaba! —habló Ceniza como recién alfabetizada.

            —De igual manera yo pensaba; en verdad les digo, estaba peor que ustedes, me sentía tan débil que llegué a creerme muerta por la ausencia del afamado Ruperto —dijo Búlica sintiéndose liberada.

            —Como dice el dicho —intercedió Chiricana—  «no hay mal que por bien no venga». Nos hemos empoderado de nuestro potencial, ya sabemos de lo que somos capaces, eso no quiere decir que vamos a rechazar a los gallos, no cabe que por uno la paguen todos, al contrario, cuando detectemos a uno bueno y muy galán, sin discreción aprovechemos en atraerlo y no solo con el cuerpo del que saben ellos es caliente, atractivo y muy original sino también con nuestro ingenioso cacareo del que saben poco, oportuna circunstancia para hechizar con nuestra cultura femenina, ¿qué tal?, si enaltecemos su ego en lo literario con un cuento como el Gallo de Oro o le declamamos el poema El Espuelazo Cacareado, creaciones referentes en galleras y famosas en el mundo aviar, A eso se le llama ¡enamorar!, ¡piropear! ¡Uuuh, ese macho siendo bueno jamás lo dejaríamos escapar! ─habló bien femenina.

            La gallina responsable, debido al entusiasmo y posibilidad de convivir con un verdadero gallo no se dio cuenta que mostraba parte de sus atributos físicos, con inocencia y buenas poses dejó ver sus rollizas, altas y bien formadas piernas, hermosura que complementó con el erguido tallo rosado de su pescuezo, el que coronaba con el capullo real de su cabeza, una exhibición extrema para conservadores y peligrosa para reyes irresponsables, porque esta reina siendo como era, podría utilizar ante cualquier agravio, sus atractivas piernas para dar patadas violentas y su pescuezo bello como hulera y ponerle piedras para su defensa.

            Con la escuela de Chiricana, la vida en el gallinero marchó a las mil maravillas.

            Sucedió que un día de tantos apareció el tal Ruperto y llegó cantando nada más y nada menos que «El rey»:

            Yo sé bien que estoy afuera

            pero el día en que yo me muera

            sé que tendrán que llorar…

            llorar y llorar, llorar y llorar,

            dirán que no me quisieron,

            pero van a estar muy tristes

            y así se van a quedar…

            Después de aquel canto no hubo aplausos ni abucheos, solo se escuchó:

            —Quisquiriquis-quis-quis, quisquiriquis-quis-quis, quisquiriquis-quis-quis.

            Era la risa desencajada y nerviosa del cantante, misma que quiso explicar; chistosamente quería ser escuchado, decir el porqué de su canto, de su risa y las razones de su ausencia, sin embargo nadie quizo oírlo, a nadie le interesaba su historia, su presencia era un pésimo recuerdo, para su mayor desgracia, las gallinas y pollitos lo vieron con sumo desprecio, fueron indiferentes.

            Estaba en esas dificultades cuando apareció Tencho, otro gallo, que se movilizaba por la comunidad aviar. Ruperto pensó en aprovechar al transeúnte, del que creyó era su salvación, porque en otras ocasiones lo pensado le había resultado y esa oportunidad prodigiosa no la iba a desperdiciar. Por eso, ante las gallinas y pollitos, al transeúnte le dijo:

            —Oíme Tencho, ya sabés que yo sé que tus espuelas son de «jaña», tus garras, pico y cresta no son de color natural, te las pintás del color de tu preferencia, quiere decir que vos sos un gallo infiltrado, además, tu canto es lastimoso como el de una fémina de ópera y de lo que te digo no te podés negar, a menos que me lo contradigás, pero lo aceptaré hasta después que me hayas ganado una pelea.

            —Mirá Ruperto, ya me habían dicho que tu pico era respetable por lo dañino y ahora creo que es más peligroso que el de la Tula Cuecho y Gertrudis Traña. Han dicho de que sos parrandero, vago, ahuchador, irresponsable, falso y maldoso, hoy lo he comprobado y  presiento que por algún interés buscas conflicto, me estás diciendo cosas infundadas y aunque no me guste el duelo de espuelas, haré una excepción porque no permitiré que te salgás con la tuya, lo que me has dicho no lo puedo perdonar. Ya nos vamos arreglar, ¡como gallos!, ¡preparate!, ¡voy a ponerte en tu lugar!

            Las gallinas y pollitos vieron que los dos animales saltaron y chocaron, hubo un destello del que salieron plumas, polvo y algunos pedacitos de pellejo, de allí ambos cayeron; unos pollitos decían que fue como un encuentro de dos rayos; otros, un choque de Trenes; y hubo quienes lo determinaron como un encontronazo de dos aviones. Las gallinas opinaron unánimes «Fue un choque desproporcionado, entre el bien y el mal y este último salió apaleado».

            Lo cierto es que después del impacto, Tencho cayó parado, intacto y con sus pertrechos completos, eso sí, estaba erizo como puercoespín y sorprendido porque vio a Ruperto caer empelotas, desnudo totalmente y de allí el pobre corrió como pollo vivo y pelado, alguien dijo, «listo para ser horneado». Corría despavorido y tapaba con un brazo su cloaca y con el otro cerraba el pico, iba desesperado y desplumado en dirección al monte.

            Mientras eso sucedía, unos pollitos recogieron las plumas y las guardaron en una bolsa, habían solicitado permiso a sus mamás gallinas, querían vestirlo y aconsejar a su padre, pues les daba pena su comportamiento, tampoco querían que anduviera encuerado.

            Las gallinas estaban encantadas por lo sucedido; Tencho, además de ser un gallo  guapo, parecía reunir las cualidades que buscaban. Por tal razón reaccionaron con doble piel de gallina, cuentos y poemas, maneras de coquetearlo. Él, con su actuación valiente, ejemplar y moralizante de inmediato fue admirado y en un ras-flas, amor a primera vista, despertó intereses eróticos; logró que las  nerviosas gallinas se desinhibieran, que por enamoradas se perdieran en el laberinto emocional del deseo.

            Al cantar el himno Cacaraca, Tencho se quedó parado. Después de la solemnidad las gallinas alegres abrieron y sacudieron sus alas; abanicaron al macho, le enseñaron las plumas más vistosas y partes atractivas del cuerpo, lo enamoraron con todos los fierros, domado o convencido estaba cuando lo rodearon, en ese instante cualquier cosa podía suceder, fue cuando Chiricana, a pesar de estar también estimulada, interrumpió los festejos de la posible orgía y como responsable de aquel gallinero dijo:

            —A ver, a ver, gallinas, controlémonos, despierten, despierten que ya tenemos experiencia, no nos vayamos de pico como lo hicimos con Ruperto, lo correcto es que antes de entregarnos, preguntemos al elegido si está dispuesto a cumplir con los mandamientos que rigen en nuestro gallinero. A ver Tencho, poné atención, vamos hablar de un asunto serio, así que por el momento déjate de estar con ese tic de baile nervioso, porque si no cumplís podrías quedar igual o peor que Ruperto.

Mandamientos que debe cumplir el gallo:

Uno, ser atento con su harén y sin preferencias cumplir con sus obligaciones.

Dos, no maltratar a ningún ser viviente, mucho menos a los del gallinero.

Tres, trabajar desde temprano en función del desarrollo de su especie, después colaborar con los demás.

Cuatro, ser honesto, no mentir ni escaparse de sus obligaciones.

Cinco, evitar el malgenio o mal carácter.

Seis, promover la educación y aconsejar con el ejemplo a los pollitos

Siete, generar deporte, humor y diversión.

            —Si Tencho está de acuerdo que lo diga en este momento, de lo contrario tampoco que calle, pero que se prepare para correr, porque no queremos perder el tiempo con farsantes.

            Tencho contestó:

            —Soy un gallo de buenas costumbres y me encantan los retos. Acepto y me someto a estos mandamientos.

            —Si cumplís, las gallinas te recompensaran, será tuyo nuestro reino, serás nuestro bombón y te llamaremos «El Rey Pimpollo». 

Enrique José Granados Torrez, León, Nicaragua, 15 de julio de 1959. Escritor nicaragüense dedicado la literatura para niños y niñas. Ha publicado textos con excelente crítica, la colección de cuentos El Aprendiz (2016) y Chirigüin-güin (2018) las novelas ¡Secretos! (2017), Aventuras del cadejo (2018) y Maravillas de la pelota (2020). También ha publicado numerosos cuentos en el periódico Hoy. Es miembro de Acción Creadora Intercultural (ACIC).

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