De pride-fundis

BEKER DÍAZǁ

—¿Y vos ya sabías que ese tal Oscar Wilde era maricón? —fue la primera cosa que me espetó algún amigo cuando le comenté lo mucho que había disfrutado de la lectura de El retrato de Dorian Gray.

—¡No! —le contesté—. ¡Era un Señor Homosexual!  

El comentario puede aplicarse a muchos casos, y sirve siempre de dato curioso, y no sé si usado en sentido peyorativo, en reuniones de improvisados literatos o críticos de época con gustos conservadores. La cosa es así: ante la santa sociedad nunca fue (o es) gran cosa el aporte de un artista a su disciplina, fuera un genio o un individuo más, lo realmente importante era la vida que hubiera llevado. Este sesgo se acentuaba más entre sus coetáneos si el individuo en cuestión era homosexual. Esta “particularidad” hacía que todo el mérito de la obra pasara a segundo plano, cediendo ante la mirada inquisitiva de Iglesia y Sociedad.

Ejemplos no faltan, y las referencias a ellos con palabras despectivas siempre añaden burla y perjuicio: “El cantante de Queen era cochón”, “El García Lorca era jotito”, “Da Vinci se la comía”. Risas de los “straight” en cualquier círculo de bohemia. Ni el mismo nazareno se ha librado de que se le juzgara homosexual por esa particular cercanía con Juan.

Con lo anterior, viene a la mente con rapidez el caso del mayor dandy de la historia, Oscar Wilde, el dublinense que cautivó a una Inglaterra victoriana y que disfrutó tanto de la gloria como sufrió la miseria y desprestigio. Los mismos que lo ensalzaron en su época de éxitos y que lo recibían entre palmas, entre ramos, fueron también quienes le dieron la espalda y le condenaron después, como se lee en los archivos de su proceso judicial, por “cometer actos de vergonzosa indecencia”.

Con una crianza y educación de primera categoría, una madre escritora y un padre cirujano, Wilde intentó desde muy joven huir de su identidad gay, tratando de enredarse con chicas de faldas largas. Se sabe que estuvo incluso enamorado profundamente de Florence Balcombe, a quien llegó a cortejar. Esta, sin embargo, le fue esquiva y prefirió al vampiro, no al dandy: se casó con Bram Stoker.

Herido, Wilde se marcha a Londres en busca de la belleza. La encuentra en un hombre, un periodista, de quien se enamora. Esta vez decide no huir de su identidad. Vive lo que siente y se encuentra a sí mismo un buscador de belleza, que es lo único que merece ser amado, se halle en hombre, mujer, flores o el resto de la naturaleza.

Escritor aficionado desde sus tiempos de estudiante, con cierta fama de poeta y narrador se aventura al teatro. Escribe Vera o los nihilistas (1880), donde ya deja entrever su carácter sarcástico y su sentido del humor. Sabía lo que en su interior se gestaba, y decidió transmitirlo mediante su don literario. Se valió de su capacidad creadora para burlarse del puritanismo de la época.

Así fue que se convirtió en un Lord Henry, cosmopolita y seductor, amante de la belleza, personificación misma de él, en quien vuelca sus sentimientos de atracción hacia su propio sexo, y a quien le debe la hazaña de lograr que la Londres de la era victoriana aplaudiera, sin saberlo, al orgullo gay.

Amó cuanto pudo la belleza, y la personificación de ello a sus ojos estaba en Lord Alfred Douglas, el amor de locos que lo llevó a renunciar a una esposa, a un hijo, a una familia, a ser expuesto ante la sociedad como un inmoral. Fue el mismo padre de Lord Douglas, el duque de Queensberry quien le haría la mayor de las afrentas, dejándole una nota en el café que frecuentaba Wilde, la cual decía “Para Oscar Wilde, ostentoso sodomita”.

Se equivocó al no reconocer su identidad luego de haberse burlado de la sociedad en sus escritos, luego de haber escrito en La importancia de llamarse Ernesto (1895) “¿por qué me niegas los sándwiches de pepino y tú no paras de comerlos?”. Se sintió ofendido por la acusación (no sin razón del duque) y quiso defender su fama de dandy, pero la sociedad y él mismo no estaban listos para tal proceso.

Esta misma obra contiene exquisitos “pitorreos” hacia la figura del hombre correcto de época, en la figura de Jack, el personaje principal, quien adopta el nombre de Ernesto para casarse con Gwendolen. Desde el título, un error de traducción, puesto que en Inglés original era The importance of being Earnest, a trivial comedy for serious people, haciendo alusión a la severidad con que debía actuar el hombre. El juego entre Earnest (severo, serio) y Ernesto (el nombre) se perdió en su traducción al español.

Así como le alabaron por su obra tan prolífica e ingeniosa, así le abofetearon y condenaron por su opción sexual. El mismo Lord Douglas le traicionó abandonándole a su suerte. Pobre amante ingenuo de la belleza, que se olvida del mito de Narciso, que solo se ve a sí mismo, porque se asume bello y perfecto. Él era tan solo una náyade ilusa, que no sospechaba su sino fatal.

Así nuestro señor del sarcasmo se encontró reducido a tan solo un prisionero que se sincera consigo mismo y con el ser amado, Douglas, mediante las cartas desde la celda, De profundis (1905), donde hallamos a un Oscar herido, nostálgico, expuesto.

Reconoció tarde su propia identidad, tal vez necesitó pasar por el castigo absurdo para reconocerse él mismo, y no fue hasta entonces cuando comprendió que no era un Earnest, como quería la sociedad. Aun así, con todo lo que vivió, nadie como él supo ponerle a la vista sus flaquezas a la sociedad y recibir un aplauso a cambio, fue por ello, y con justa razón, un Señor Homosexual.

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