Olivia de Havilland, cuando el cine reflejaba dramas reales

BRENDA GÓMEZǁ Una actriz, tres películas y algo muy de nuestro tiempo: repasar a través del cine algunas circunstancias cotidianas. No es que esto sea una paradoja más de la vida, pero sí, es un hecho que a veces la realidad se parece más a un escenario de confrontación.

Probablemente como espectadores en muchas ocasiones nos hemos sentido identificados con algunos personajes o no, pero al tratarse de Olivia de Havilland todo indica a que sí. Y es que hablamos de una de las grandes figuras de la época dorada de Hollywood, ganadora de dos premios Oscar, activista por los derechos de las artistas en un panorama que encasillaba a las actrices a interpretar personajes dóciles, siempre cautivas de los estudios y sus infames contratos. Con su hermana la también actriz Joan Fontaine tuvo una de las rivalidades más conocidas. En esta ocasión recomendare tres de las películas más inolvidables dentro de su trayectoria cinematográfica.

En La vida íntima de Julia Norris (1946), aparece un personaje con carácter, se trata de una joven que pasa una noche con un piloto y queda embarazada. Éste muere durante la guerra y ella, para evitar los juicios de valor, entrega a su hijo a otra familia, la cual le permite mantener un acercamiento con él. Transcurre el tiempo y Julia se convierte en una persona melancólica, un personaje magnífico para mí, una mujer que no teme a la soledad, y quien espera mucho del amor. Sí, Julia Norris, para quien ese sentimiento tendría que durar toda la vida, alguien que encontró el valor suficiente para decir las cosas que jamás se atrevería. El filme destaca, porque se puede apreciar el ejercicio de la retrospectiva, como un acto que puede llevarte a recuerdos demoledores; A ella estos recuerdos la llevan hasta su padre, quien menciona una de las frases más hermosas para reparar la vergüenza que siente al defraudarle: “No somos como los que juzgan, nos queremos”.

El mayor misterio son las personas, por supuesto, en Nido de víboras (1948), nos mantenemos en intriga por una mujer que luego de sufrir una crisis nerviosa en su matrimonio es internada en un psiquiátrico. Además de observar el trato y las condiciones de esos centros, vemos el peso que soporta alguien tras la muerte de su padre siendo una niña, y a quien el trauma de culpabilidad le impide aprender a diferenciar el cariño paternal con otra figura masculina. Lo más visionario para mí es la atmósfera que se crea en la película cuando en la protagonista se reavivan las heridas que la hicieron recaer.

Somos un rostro que a veces nos abandona, sin duda. En La Heredera (1949), adaptación de la novela de Henry James “Washington Square”, Catherine Sloper, una rica, tímida, inocente, y poco atractiva mujer, es pretendida por un apuesto joven. Ella se enamora de él apasionadamente, pero su padre se opone a la boda y amenaza con desheredarla. Hasta ahí pareciera un drama sin final feliz, pero como espectadores, quienes muchas veces creemos saberlo todo, reconoceremos cuál es el trasfondo de esa vida aparentemente simple, y qué queda después de años soportando la comparación con una imagen perfecta de mujer, idealizada hasta volverse irreconocible.

La última década nos ha ofrecido grandes éxitos cinematográficos, pero no dejan de ser un producto cuyo propósito es simplemente comercial, y aunque tengan su dosis crítica, la gente sigue sin querer analizar la realidad en voz alta. Redescubrir estas tres películas de esta gran actriz puede servir como ejemplo de que el cine es capaz de contar los dramas más conmovedores. Son de fácil acceso en la red, te aseguro que vale la pena. La gente trabaja, se divierte, se enamora, se entretiene, ya lo dice Ricardo Piglia: “Bajo la apariencia de normalidad, el terror persiste, pero a veces una filtración deja ver la cruda verdad”. Aprovéchala.

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