La jauría es un hacha

MARIO LANZAS BENAVENTEǁ He vuelto a la lectura de La Jauría, a reconocer de nueva cuenta a su autor, Rafael Mitre y a su libro, ganador del primer lugar de la convocatoria del Centro Nicaragüense de Escritores en el 2012.

Casi una década después, la obra aún conserva la inmaculada solidez de su estructura, la contundencia del lenguaje, las atrocidades propuestas en sus versos, las sorpresas desmedidas que lo acompañan y el violento espíritu con que se apodera del lector desde la aparición de los epígrafes iniciales hasta llegar a ese poema tan despiadado como inmenso: “El Mar”.

Y mientras eso ocurría me acordé de una frase del maestro Franz Kafka que bien la pudo decir para ese momento único por el que atraviesa todo lector cuando hace una pausa reflexiva en medio de la persecución en que se transforma la lectura misma: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros». La jauría es un hacha.

En el prólogo, Henry Petrie afirma que este libro está escrito “en silencio y sigilo”. No se equivoca. Los poemas de La jauría fueron concebidos acaso en su totalidad bajo el ala de las madrugadas, con un largo aliento de desvelos, aprovechando los rítmicos pasos del silencio convocado para tejer la “jauría impía” que termina mordiendo el perro de sus sueños en una y hasta seis partes como si fueran, dice Mitre: “la conciencia de mis multitudes”.

La jauría es Rafael Mitre, la voz literaria de Erick Benavente, su alter ego si se quiere, la personalidad abstracta que se adueñó del verdadero o son verdaderos los dos.

Los conozco a ambos, desde niño a Erick, y desde adulto a Mitre, hablar con cualquiera de los dos es a la vez una de las claves para entender la forma y el fondo de su obra, las otras claves van desde el verso que no escapa al escrutinio del que lo lee, bien en silencio y mejor en voz alta, pasando por el tanteo de ciego desesperado queriendo encontrarse con la gula de los colores que se perdieron en las profundidades del hocico llamado jauría.

La jauría son también personalidades, que “cambian en el espejo” y descubren silencios, es una jauría lejana, multi-suicida, inexorable; no cesa en su afán de “replicar las bestias que no existen”.

Es un recorrido bestial, capaz de envolver las emociones en cápsulas, las angustias reverberando hacia todas las direcciones posibles e imaginables, como cuando se lee en voz alta “Mirar por la Ventana…”, (porque es así como se debe leer este poema), pues manda a “tocar recuerdos/ a sobarlos/ como gatos sobre las piernas”.

En este punto habrá que detenerse para saltar contra el techo, pues lo que sigue es espiritualmente asfixiante: “la angustia pone cuatro paredes”, y más adelante remata, no para terminar sino para preparar el siguiente golpe: “parecen saltar perros por un pedazo de muerte”.

Es al mismo tiempo un confesionario donde no hay sacerdote, solo la estola sagrada que es el propio oído del lector que se vuelve una caja de resonancia y no lo puede evitar si pronuncia las palabras mágicas:

“Mi memoria es una mosca sorbiendo calendarios.

Mi piel,

mis estornudos,

mis excrementos

inventan el polvo de los caballos que no vienen…”

En la jauría nada es gratuito, ni pasar de página, ni digerir las hostias, ni lamerse las heridas que van dejando los perros anteriores, porque el siguiente puede ser tan tierno como rabioso en su embestida.

Esta jauría grita sin que nadie la oiga, aunque se apodera del que se acerque a su gravitación, tomándolo del cuello, sumergiéndolo a su gusto y antojo, hacia la despampanante ruta de intranquilidades que ha diseñado, pues resulta que también está hecha de sueños, sueños como trampas, trampas como manos que sueltan al ave que muere por volar.

Estos sueños no disimulan el sabor de las noches que fueron cuna para ellos, tienen impregnado el olor de las madrugadas escondido en las pausas o en los cambios de luces con que pretenden engañar al descuido, en el tiritar de las distintas siluetas que aparecen como sombras, monstruos o amantes, pasando frente a la conciencia, lentamente, como balas perdidas que buscan con sumo cuidado donde pernoctar.

Ejemplo de ello es el poema la luna en la bóveda: “el día se ha ido lejos, y esos otros pequeños son los pasados; los recoge como alfombras y se los fuma”.

Llegamos a El Mar, dominado por preguntas que son al tiempo respuestas, certezas y dudas, descripciones y osadías, abrir y cerrar de puertas, todo condensado en una inmensa ola que todo lo anega: “¿Se abren las puertas de las pupilas/ y el mar trae/ entre escombros, el corazón a la arena?”  

En fin, la jauría es setenta y dos páginas, y cada una es un firmamento estrellado a capricho, lunar de pronto, constelado estrepitosamente desde el punto donde se origina la mirada, desafiando las leyes del ruido que hacen los perros en el horizonte cuando olfatean el trozo de carne que los ha vuelto insensatos, incapaces de ocultarse de la noche, aunque lo cierto sea que no quieren ocultarse.

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