Una novela llamada Castigo divino

MAYNOR XAVIER CRUZǁ Sí, lo he repetido en algunas ocasiones: Castigo divino (1988) es mi novela preferida.

Puede ser que para algunos lectores sea un poco voluminoso, pues son más de cuatrocientas páginas en las que la tensión está en todo momento y a veces sentimos que es culpable, otras que es inocente y el juicio es una pantomima política contra un tipo que le tocó ser testigo y principal sospecho de las muertes que le endosan; para los amantes de las novelas negras, leer Castigo divino será de lo mejor que leerán escrito por un centroamericano.

Pero hablemos de los hechos de cómo llegué a ella: recuerdo que para mi quinto año de secundaria en el 2005  la docente de Español recomendó salirnos un poco de los temas tradicionales sobre Rubén Darío y alguno de sus libros, o de los temas de las drogas, ETS o ITS y trataba de dejar en mi grupo de investigación (cuatro conmigo) algún legado y propuso que leyéramos Castigo divino (1988) de un escritor nicaragüense llamado Sergio Ramírez Mercado.

Juro que el titulo y la religión protestante de mi docente me hicieron imaginar que algo de teología tendría el libro en cuestión y a regañadientes acepté que ese libro fuera nuestro tema monográfico. Ahora el asunto era encontrarlo.  

Algunos de los integrantes emprendimos la búsqueda del libro a la ciudad más cercana, Sébaco, a decepcionarnos que las librerías de esa ciudad, como también en muchas otras del país solo venden papelería para asuntos escolares, no venden libros.

Con algunos contactos pude saber que alguien lo tenía en tal ciudad y luego el libro se perdió. Durante un mes de búsqueda y agotadas todas las opciones, se tendría que ir por él a Managua.

En el pueblo había un leonés y en sus tertulias etílicas hablaba de historia y una noche que lo escuché con detenimiento, entre sus insultos y momentos de explicaciones de geopolítica le pregunté sobre el libro en cuestión.

—¡Vaya! —exclamó—, parece que alguien le interesa la historia de Oliverio Castañeda y su amigo El Globo Oviedo, “Globo” porque era gordo. Sí, tengo un ejemplar de ese libro pero está un poco desgastado.

Era falso, no estaba desgastado, estaba casi destruido.

Dos días después de nuestra plática me entregó el ejemplar, al que le hacía falta la portada y era la primera edición.

Cuando lo abrí se partió en dos mitades desiguales y decidí que esa primera mitad fuera leída por uno de nuestros compañeros de grupo. Quise ser el último para no decepcionarme si la historia era sobre teología con un final moralizante.

Un mes después fue mi lectura.

Pude notar la emoción con la que los tres amigos míos hablaban del juicio contra Oliverio, o cómo había confusión con los testimonios. Además, ese grupo en la novela llamado “la mesa maldita” hacía especulaciones y averiguaciones sobre el envenenamiento de las víctimas, me tocaba descubrir si la emoción sería contagiosa.

Confieso que el uso del flash back del juicio, el lenguaje jurídico aplicado más las contradicciones de los testigos, los géneros periodísticos encontrados y las conversaciones de los integrantes de la mesa maldita me hicieron que no despegara el libro, quería saber si Oliverio era el culpable o no de los envenenamientos y encontré la respuesta escondida en uno de los capítulos finales.

Es Castigo divino el inicio de las novelas negras en Nicaragua, un género explotado por pocos autores nacionales, no es para menos, el género policial y negro requieren un lenguaje más especializado, aunque nos muestran unas ciudades y los vicios que la carcomen, personajes crudos que no son prototipos de bondad y buenas costumbres.

Desde el momento que lo terminé, luego la defensa en secundaria (al menos solo hablamos del tema sin presentar el libro) y durante un año regresaba a esta novela, pues con los detalles que antes le mencioné más su técnica cinematográfica podía tomarlo por cualquier capítulo y sentirme un testigo que asiste al juicio de este galán guatemalteco que vivió en León en los años treinta del siglo pasado.

Ahora tengo un  ejemplar publicado por Alfaguara y no me he atrevido a sacarlo de su empaque.

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