Devoir à la maison: la casa y la oscuridad

DANILO RAYOǁ En La Fuga (Quiebraplata, 2022), Berman Bans nos lleva por un pasillo nostálgico hacia épocas en las que contrastan ideales, realidades y sueños. De la diferencia de clases y la pesada herencia política de un país furioso, a la implacable selva citadina, los nueve relatos de este libro muestran la capacidad narrativa de Bans para arrancarle trozos a la memoria de una Nicaragua cercana. En esta reseña, nos enfocamos en una pieza clave de esta colección: «Devoir à la maison».

En sólo siete páginas retrata las aspiraciones y sufrimientos de una o más generaciones. El narrador omnisciente duda entre mantener su rol o convertirse en protagonista. La tentación está ahí, en el inexorable advenimiento de la hipocresía de Bibi, una muchacha de clase alta que lucha contra la necesidad de no herir, y en la tragedia de Susana y Eduardo, hijos de un padre, otrora rico y acomodado, que lo han perdido todo, excepto ciertas pretensiones.

Sin esperarlo, Bibi se convierte en la espectadora de una obra en una casa que, como refugio fugaz, sostiene lo poco que creen tener Susana y Eduardo. La casa y su entorno tienen voz: hablan los portones rechinantes, molestan los ladridos lastimeros de perros invisibles, conmueve la devoción de un chofer sin faz, incomoda el metálico lamento de ollas vacías, confunde el paradero de una figura materna y, por supuesto, oprime la oscuridad, una negrura que lo envuelve todo y que se cuela por las rendijas. 

Todo se ha acabado. Las malas decisiones políticas de un hombre acaudalado lo han llevado a la quiebra. Atrás han quedado sus dos hijos y, posiblemente, una madre en transición de este mundo al otro, o de patrona a proletaria. De uno de sus hijos, Eduardo,  no esperaba mucho. Siempre fue un vago, despilfarrador y protector de otros desde la comodidad que su posición ofrecía, pero de Susana, su princesa, todo. Es en ella en quien ahora,  su padre desde la cárcel, ha puesto todos sus anhelos. Por eso, con lo que su limitado feudo permite, Susana sigue en clases de francés, la lengua refinada que la separa del rebaño, factor que, al menos a los ojos de sus pares, la deja mantener la cabeza fuera de las arenas sociales movedizas. Y es precisamente por esto que Bibi, aparentando paridad y comprensión, la visita.

En cualquier otro escenario, sus juveniles diálogos multilingüísticos —magistralmente logrados por Bans—, hubieran pasado desapercibidos, pero en esta casa, donde hasta las paredes se esfuerzan para ocultar las desgracias, no es así.

Ahogándose en anglicismos, Susana trata de justificar lo indefendible y no encuentra el asidero que busca para mostrar algo de valía. La llegada de Eduardo no le ayuda en nada y, salvo la sorpresa y excitación que ello provoca en Bibi, detona la completa destrucción del salvavidas social que Susana creyó haber encontrado.

Bibi se esfuerza por procesar lo que observa, tratando de mantener intacto el andamio de su amistad. Los hermanos se culpan y se gritan, las verdades se revelan, el narrador omnisciente y Bibi observan, estupefactos e inútiles, en busca de una ruta de escape.

La naturalidad de los diálogos permite al lector entrar en la acción de la historia y le ayuda a empatizar con lo que sugieren los conflictos de los hermanos. Un logro narrativo de Bans es la fuerza que tienen los personajes ausentes: el Sr. Juárez, Hilaria y los perros invisibles. 

La tarea en casa resulta ser más que eso. Para Bibi significa una introspección hacia los límites de su amistad, a lo realmente valioso en una Nicaragua noventera que, mirando al norte como modelo, se ha disfrazado de estándares que sólo pueden sostenerse con las apariencias. Para Susana, sin embargo, la devoir le ha revelado todo: ¡está sola y desnuda en un mar citadino! Y la casa es una isla a punto de perderse entre la tormenta, el prisma que descompone el color de sus anhelos y los convierte en la dura realidad. Susana no tarda en darse cuenta: debe volver sobre sus lodosas huellas, custodiada por el auténtico hedor de la vida difícil y de sus perros, y por el pesado velo de sus carencias.

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