Ruinas, la obra de teatro

Qué sucede cuando juntás a nueve personas que superan los cincuenta años, quienes comparten una geografía y un hecho histórico en común. Qué sucedió en la víspera de Navidad de hace medio siglo. De estos nueve protagonistas ha surgido una puesta en escena: Ruinas o el eterno retorno a 1972. En menos de cincuenta minutos ellos nos harán recordar cómo lo vivieron aquel suceso.

MAYNOR XAVIER CRUZ

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6:06 minutos del viernes 28 de octubre de 2022. La obra debe iniciar. Han sido siete semanas de preparación, primero con ejercicios de escritura creativa: la memoria, el cuerpo y los objetos. Luego un poco de danza, y las últimas tres semanas ha sido de actuación. Los culpables que los han acompañado hasta este momento han sido tres: Madeline Mendieta, escritora, quien también coordinó el proyecto y la dirección general, Sterling Vásquez, maestro de danza y Marvin Corrales, actor y maestro de actuación.

Según comentó el equipo, también tuvieron consejos de Fabrizio Serra, un fotógrafo de los sitios patrimoniales e históricos, a quien le solicitaron sus puntos de vista sobre ciudades y escenarios desaparecidos.

En el salón Darío-Cervantes del Centro Cultural del España en Nicaragua (CCEN) el público los espera; tanto para ellos como para quienes han sido sus guías la recepción de  los espectadores ha superado las expectativas; desde hacía una hora empezaron a llegar familiares, amigos y otros a quienes les ha interesado el tema, pero no pudieron entrar desde las cinco de la tarde pues los actores realizaban su último ensayo en el escenario. No había que darles un adelanto, todo, tanto su vestuario como sus diálogos, debía ser una sorpresa para los espectadores.

Tras bastidores, los Lúdikos, como se han nombrado, esperan la señal para iniciar, saben que ha sido mucho el esfuerzo que han tenido que pasar para llegar hasta aquí, saben que muchos de sus familiares ocuparán los asientos del auditorio, y ellos son su público más importante de la noche.

El nombre del grupo lo han tomado de la palabra “ludos”, que significa “juego”.

Dos de los actores andan de saco, su traje formal (Manuel Ruiz Galeano y Eliseo Antonio Centeno), simbolizando que eran jóvenes adolescentes; seis usan una bata blanca (Ana Cecilia Sánchez, Juana  Francis Ulloa, Gloria Rizo Centeno, Ana Rosa Saavedra, Bertha Alicia Lezama y Eduardo de Jesús Cabrera), que simboliza a todos aquellos que el terremoto sacó de sus camas esa media noche; otra usa una túnica rojo vino (Melba Ruiz Galeano, hermana de Manuel), simbolizando las muertes, y el último (Marvin Corrales) usará una máscara que le cubre de la frente a la nariz y una túnica morada, él será el que iniciará y contará parte de la historia, ¿un narrador? Tal vez. ¿Un arlequín? Puede ser. También puede que sea un leproso al que se le cae la piel como esa Managua de hace medio siglo.

Las mayores del grupo son Melba y Ana Rosa; la primera tenía veinticinco años cuando el terremoto; la segunda, veinticuatro.

Melba Ruiz vivía con su familia en el barrio Largaespada.

—Del Busto de José Martí hacia el este —dice.          

Ana Rosa Saavedra en el barrio 15 de Septiembre.

—Yo pasaba diario por la acera del cine Margot, esquina opuesta de donde estaba en ese momento la Lotería Nacional —recuerda cuando era una joven.  

El trabajo para escoger a los actores fue una convocatoria por redes sociales, y quienes aceptaban ser parte de la puesta en escena debían tener dos cosas principales: voluntad y disponibilidad de horarios, porque algunas sesiones serían por la mañana, y los ensayos de actuación, un mes después, serían por la tarde. La mayoría vio la convocatoria y aceptó, otros se dieron cuenta por invitaciones de los seleccionados, y el último, se integró a los pocos días de iniciado el proyecto, pues alguien no pudo continuar.

La obra de teatro no tratará de revictimizarlos, será un viaje a la inocencia de ellos cuando sucedió el desastre, pues, aunque ya son adultos mayores, algunos no tenían ni diez años en 1972, otros apenas eran unos adolescentes en plena pubertad, y una de ellos tenía un poco más de veinte años.

Cada uno carga un recuerdo del que hará referencia en las intervenciones que hagan cuando inicie la obra: una madre que cosía ropa que estrenarían los hijos e hijas de quienes la han contratado; el cine Margot y los estrenos que tendría ese diciembre; las calles de Managua y hombres piropeándolas cuando fueron jóvenes en esa fecha de la historia.

Ellos fueron los terremoteados, como se les conoció en su tiempo, cuando se exiliaron en la casa de algún familiar cercano fuera de esa Managua destruida, de esa capital que perdió su brillo que la hacía destacarse entre las capitales de Centroamérica.

Algunos de ellos fueron docentes, contadores e ingenieros civiles y esta noche serán actores y actrices.

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Sábado 23 de diciembre de 1972. 12: 35 de la medianoche. Una luna llena cruzaba el cielo nocturno; para muchos de los sobrevivientes era de las más hermosas que habían visto, y fue la que los iluminó cuando el fluido eléctrico dejó a oscuras a toda la ciudad.  Medio minuto de movimientos telúricos. 6,2 en escala de Richter hicieron escombros más del setenta por ciento a esa Managua llena de edificios y de casas de adobe.

La población nicaragüense apenas superaba los 2,5 millones de habitantes y en la capital habitaban al menos el veinte por ciento de la población total.

Eliseo tenía dieciséis años en ese momento; vivía en el barrio San Sebastián.

—Yo iba en un taxi hacia mi casa pues venía saliendo de otros lugares de vida nocturna en Managua cuando vi las casas cayéndose y salí del taxi y corrí hacia mi casa.

Los edificios y casas cayeron como si hubieran sido construidos de cartón y lodo.  En algunas calles el derrumbe de los edificios fue acompañado por incendios. Los que lograron salir de sus casas estaban en ropa interior o ropa de dormir, el movimiento hizo que saltaran de sus camas y buscaran dónde refugiarse.

Manuel Ruiz vivía en Barrio Largaespada, del Busto de José Martí hacia el este.  

—Al momento del terremoto venía caminando de la Mansión Luis Somoza, una cuadra abajo, media cuadra al sur. Iba en dirección sur —recuerda.

Tenía diecisiete años en ese momento, la misma edad que Bertha Alicia, quien vivía en el Barrio Blandón.

Escaparates quebrados; una ciudad sin energía eléctrica, gente atrapada con paredes apretando su cuerpo contra el pavimento; familiares que quedaron sepultados en los escombros.

—Yo vivía en la Colonia Nicarao, cerca del Huembes —recuerda Gloria Rizo, tenía dieciocho años en aquel momento.

 Las más jóvenes eran Juana Francis Ulloa y Ana Cecilia, la primera tenía doce años y  la segunda siete. El terremoto, así como al noventa por ciento de la población, las tomó desprevenidas en sus casas, durmiendo.

Querido Niño Dios, hoy es 23 de diciembre y algo va a pasar; ninguno de los habitantes de esta capital se lo espera y esta carta no llegará a tus manos.

Se estima que la cantidad de muertos superó las 20 mil personas. Hubo mucha ayuda internacional durante esa semana y al año siguiente Santana y su grupo tocaron en la capital; quien les abrió el concierto fue Mario Moreno Cantinflas, uno de los actores más reconocidos en toda Latinoamérica desde mediados del siglo XX.

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El escenario está conformado por objetos que conservan de esa época: libros, retratos, almanaques, un ropero con un afiche del concierto de Santana en 1973. Parte de su memoria y de sus archivos personales. A la derecha del público está un pequeño altar con algunas imágenes y fotos de los que fallecieron, es un homenaje a ellos. También está una guitarra eléctrica marca Fender, que perteneció a René “Manito” Mendieta, quien con su banda Los Hellers fueron los teloneros del concierto de Santana en 1973. “Manito” era el padre de Madeline Mendieta.

Inicia la obra con un poema en la voz de Madeline Mendieta que suena en voz en off, después del poema, de fondo, sonará la melodía La tumba del redentor, que simbolizará el éxodo de los managuas hacia algún pueblo o ciudad más segura que la que habitaban, de José de la Cruz Mena, conocido como el divino leproso, un músico nicaragüense nacido en León a finales del siglo XIX; conforme la obra va avanzando sonarán dos canciones más:  Ruinas y Amores de Abraham.

Un tic, tac de un reloj estará sonando desde el inicio hasta el final, solo interrumpido por las melodías de la Cruz Mena, y los poemas de entrada y salida en la voz de Mendieta.

Cada protagonista leerá una carta dirigida al Niño Dios, como era la costumbre días antes de cada 24 de diciembre, en la que se pedía un regalo para navidad, era el premio por haberse portado bien todo el año o por pasar el grado. De fondo se escuchará la melodía villancicos navideños.

“Querido Niño Dios… yo quisiera que me regalaras”, “Querido Niño Dios me gustaría que…”.

Y así pasará cada uno, expresando lo que quiere de obsequio: una enciclopedia en español para saberlo todo (Melba), que resucite a su patito que tiene unas horas de muerto (Eduardo), un viaje a conocer alguna playa de Managua (Gloria), una ambulancia de juguete (Eliseo), una maquinita de coser (Juana), una muñeca rubia con colochos (Ana Rosa), unos patines y unos zapatos de tacón (Ana Cecilia) y otras más.

Es esa parte de la infancia y adolescencia retratada. Ese contraste intergeneracional de esa época con la actual. Los juegos infantiles, las rondas versus la infancia y adolescencia actual.

En aquel momento Eduardo tenía ocho años.

—Mi casa quedaba en el Barrio San Cristóbal calle 7, casa 17; del puente “El Paraisito”, tres cuadras al sur y media cuadra abajo —dice.

A mitad de la función uno de los actores ha mostrado al público un objeto conformado por un menudo garrote y en uno de sus extremos cuelgan dos líneas de cuero, algo parecido a un azote artesanal; ha preguntado qué es, algunos compañeros contestan que es una tajona y el que ha sacado el objeto dice que era algo no podía faltar en cualquier casa, siempre estaba colgado en una de las paredes de la sala: era para corregir a los hijos cuando se portaban mal.

Después, algunos de ellos harán referencia a los objetos que eran de cuero: zapatos, fajas, las carteras como una simbología de los parientes cercanos de esa tajona.

Luego hablarán de los olores y las sensaciones: las fritangas, los enamoramientos, el olor gofio, la Purísima.

También de los juegos infantiles que han desaparecido con el paso de las décadas.

4

—Aquí están nuestros muertitos —dijo uno de los actores.

—Silencio de la noche, doloroso silencio —corea el resto.

La obra casi finaliza, los juegos infantiles han quedado atrás, también los sones navideños, sus años en primaria y los recuerdos de los primeros amores, ahora son ellos ante el horror de recordar su casa destruida, de saber que han perdido a un familiar, de saber que su Navidad es el caramelo agridulce que les llegó de regalo ese 24 de diciembre.

Ana Cecilia no era de Managua, ella vivía en León.

—El terremoto lo viví en la finca de mi abuelita Adelayda, que queda en la comarca Chácara Seca y ella despertó a todos sus nietos y uno de mis primos le preguntó que qué había pasado y ella dijo «Managua se cayó».

Para quienes despertaron a medianoche en la capital era casi lo mismo.

Cuando Ana Cecilia volvió a León conoció a algunas familias que habían emigrado a esta ciudad.

—De forma peyorativa les decías «los terremoteados» —recuerda.

Atrás han quedado estos recuerdos, atrás ha quedado la convocatoria de inicios de septiembre de este año.

Al son de un ritmo tropical de Santana los protagonistas se mueven; las mujeres llevan un rebozo atado a su cintura y el más joven de los actores se desprende de su túnica blanca y se va al centro del escenario; debajo de su túnica lleva una camisola blanca y un pantalón gris con rasgaduras en las pantorrillas.

—¡Viva Chepito Areas! —grita.

Vuelve a gritar el nombre y esta vez el público reaccionó.

—¡Viva! —corearon. 

Luego baila y el resto de los actores también lo hace.

5

—En España, a alguien se le ocurrió subastar una rosa  —dijo Marvin Corrales, quien se ha quitado la máscara y tiene una rosa en sus manos—; cada pétalo valía miles de dólares y la gente la compró. Luego esos pétalos fueron lanzados por las calles de Madrid    —agrega y se acerca a las primeras filas del público donando los pétalos de su rosa.

6:57 de la noche la función termina. El público se ha puesto de pie mientras los aplaude. Los actores están tomados de las manos e invitan a Madeline Mendieta que se una a ellos para agradecer la asistencia del público.

Los aplausos siguen.

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¿Cómo se mide el impacto de una obra de teatro? ¿Por su escenografía? ¿Por su argumento? ¿Por sus actores? ¿por un local abarrotado de público? ¿Por quienes se quedaron aplaudiendo durante un minuto cuando la obra terminó? ¿por esa emoción que trasmite el público hacia los actores? Todo eso ha pasado la noche de hoy.

Atrás quedan los recuerdos de ese mundial de beisbol Nicaragua contra Cuba en el Estadio Nacional, atrás queda la voz de Sucre Fresh narrando ese partido; la Radio Mundial y sus radionovelas, atrás quedan los recuerdos de la Avenida Roosevelt, de la Avenida Bicentenario, del Instituto Ramírez Goyena; atrás quedan los escaparates de las tiendas ofertando sus juguetes y la ropa para estrenar ese 24 de diciembre; atrás queda el recuerdo de familiares emigrando a otras ciudades, con las pocas pertenencias subidas en una carreta o las largas filas de carros escapando de la ciudad,  que les quitó sus casas, trabajo, amigos o familiares; atrás quedan esas fosas comunes que se hicieron para sepultar cadáveres y cadáveres que iban apareciendo conforme los días iban pasando, atrás queda ese ferrocarril que su sonido va desapareciendo hasta que a principios de la década de 1990 se volvió el recuerdo del transporte terrestre que cruzaba más de la mitad del Pacífico de Nicaragua, y en el que familias enteras usaron para paseos con sus hijos o para conocer otros municipios.

Querido Niño Dios, aunque han pasado cincuenta años, estos pequeños adultos aún te recuerdan. Abajo el telón, la obra ha terminado.

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