Algunas casas son amargas

ERNESTO CASTRO HERRERAǁ En el libro La furia, publicado por la argentina Silvina Ocampo en 1959, encontrarás uno de sus cuentos más reconocidos y extraños: La casa de azúcar. Lo único que tenés que hacer es seguir a una pareja que se acaba de mudar a una casa y quedarás encerrado en habitaciones luminosas donde el amor no es más que misterio y la identidad es una cortina de florecillas que se rasga. Al leerlo quedé impresionado porque lo ordinario se vuelve extraordinario ―la cotidianidad despedazada por el asombro―, y también por la maestría con que la autora lo relata: frases breves y poéticas; dardos que te lanzan Cristina y su esposo mientras todos a su alrededor juran y perjuran que Cristina no es Cristina, sino Violeta.

La historia inicia con una mujer supersticiosa que además de que nunca compra frutillas en diciembre por temor a lo desconocido, vive únicamente en casas nuevas, pues cree que el destino de anteriores ocupantes es capaz de influir en su vida. «En ningún momento mencionaba la mía», aclara el esposo, «como si el peligro la amenazara solo a ella». Al comprometerse buscan un sitio para los dos, y él, harto de rondar la ciudad donde las opciones posibles están ya rentadas o vendidas, convence a Cristina de mudarse a la casa de la calle Montes de Oca, recién reformada, que tiene jardín y un teléfono. Le asegura que está nueva e impoluta. La casa es tan bonita que parece de azúcar. Pura apariencia, obvio, ya que pronto se descubre el engaño al ver cómo Violeta, que vivía allí antes, se apodera de Cristina.

¿Y quién es Violeta? No vas a saberlo con certeza. Ni siquiera al llegar a la última línea. Para mí Violeta es una memoria colectiva, casi demoniaca, experta en poseer a cualquiera que logre conocerla. Para Cristina, quién sabe, tal vez una gemela villana en la cual siempre quiso transmutarse. Para la comunidad era una femme fatale, una cantante y una zorra, idolatrada y escupida por igual. Y para el esposo de Cristina (y narrador), Violeta es una ladrona rapaz e inmisericorde.

Por mucho tiempo cavilé el porqué, a pesar de estar indignado, este hombre se resigna a ser un voyeur ante los hechos del caos. Es decir, estás presenciando a tu esposa convertirse en alguien más, ¿y solo observás desde una esquina? Cristina se compra un vestido rojísimo, escotado y de terciopelo, que no es su estilo en lo absoluto. La escuchás cantar mientras cierra las persianas, algo que no hacía previo a la mudanza. Y las visitas inesperadas: mujeres que le regalan perros, mequetrefes que telefonean con insistencia, travestidos que irrumpen en la sala rastreando a su reina y señora. La llaman Violeta. Cristina responde que no, que no es Violeta, que están equivocados, pero en su voz es clara la indecisión. «Canto con una voz que no es mía», confiesa después. «Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita», sigue diciendo. ¿Y el esposo qué hace? Nos lo cuenta como testigo, víctima colateral, alejando los focos de su protagonismo. Nos lo cuenta y eso es todo.

Desconcertante. Alguien que asiste al funeral y llora, aunque temeroso de acercarse al féretro. En la batalla contra los amantes que pululan la casa a hurtadillas, su esposo es el contrincante más débil. Remueve el barro tratando de develar quién era en realidad Violeta, cuál es su paradero y la causa de que su poder esté derrumbando su existencia entera. Sin embargo, se conforma con conocer dónde se origina el vendaval sin detener su paso, dejándose arrastrar en silencio.

¿Por qué? Encontré un cortometraje basado en este cuento, bajo el mismo título, dirigido por Ricardo Miguel González y presentado por el Instituto Cubano de Radio y Televisión en el 2012, donde el esposo, con acento caribeño y un poco más guapo y eufórico que el personaje de Ocampo, explica: «Me convertí en una sombra tratando de que Violeta no supiera la verdad. Como si ella se estuviera sumiendo en un mundo en el que yo no tenía cabida». La culpa, por supuesto. Al fin y al cabo fue él, quien llevó a Cristina a esa casa. Fue él quien mintió.

En este punto es claro que La casa de azúcar no trata en sí sobre el cuestionamiento de los otros, sino de nosotros mismos. Y, quizá, también sobre el abandono de la propia identidad, que a veces resulta tan cansina y absurda.

Una tarde el narrador (que nunca revela su nombre) halla a Cristina mirando las vías de las locomotoras, asomada sobre el parapeto de hierro. La riñe, pues no le gusta que ande sola. Ella se defiende:

―Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme.

Preciso, pensé. Justamente eso es este cuento de Silvina Ocampo: irte sin irte.

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