Una belga en Tokio

ANNIE HODGSONǁ Amélie Nothomb llegó a mí por la recomendación de mi amigo Ernesto Castro Herrera, y con ella he iniciado en una travesía de no retorno, en una literatura llena de reflexiones sobre la vida cotidiana. Que en lo personal disfruto mucho por esas palabras con las que cualquiera se puede identificar.

Traducido del francés a varios idiomas, ganador del Gran Premio de la Academia Francesa y Premio Internet, otorgado por los lectores internautas. Este libro es abiertamente autobiográfico, corto y con la narración exacta para sumergirnos e identificarnos con una frustración humana: el campo laboral.

Estupor y temblores podrían parecer dos palabras puestas al azar, pero uno acompaña al otro. Sentimos un asombro exagerado cuando somos tratados de una manera diferente a la que idealizamos, y si a esto le sigue una serie de eventos que descalifica nuestra humanidad, podemos acompañarlos de temblores por no poder alzar la voz y defendernos.

Una joven Amélie de 22 años nos relata su admiración sobre una cultura algo rígida, íntegra y restrictiva. Debido a su lugar de nacimiento (Kobe, Japón, aunque hija de padres belgas), Amélie anhela encajar en la cultura nipona para volver a sus orígenes. Después de residir cierto tiempo en Bruselas vuelve a Japón para trabajar en una empresa de gran renombre llamada Yumimoto.

Los personajes de Estupor y temblores (1999) son tan interesantes y peculiares que nos llevan a desternillarnos de risa o a sentirnos frustrados con su actitud. En Japón, la jerarquía es algo que debe respetarse y Amélie desde el primer día causa una mala impresión al no notificar su presencia antes de reunirse con el superior de su superiora (si es que tiene sentido).

Esa costumbre japonesa de agachar la cabeza, cumplir con el deber asignado y no protestar si se le amonesta por algo insignificante era un ciclo que Amélie desconocía. Su primera tarea asignada es vista como sencilla, pero el receptor al que quiere impresionar piensa que ella no se esmera y desacredita su ingenio para redactar una simple carta. Estamos hablando de 1990, por lo que escribir una carta para luego enviarla como un fax era lo usual.

El lector empatizará con la joven e inexperta Amélie que tantea un mundo que ha admirado, cuyo funcionamiento real tarda en descubrir. Aún con ese sinsabor, siempre trata de ver el lado positivo tras los desplantes que sufre. En sus últimos días en la compañía cayó en el puesto más bajo posible, aunque con su actitud rocambolesca logró darle un giro a su situación y convertirlo en este precioso libro que nos llena de frases con reflexiones profundas y divertidas como la siguiente:

“La ventana era la frontera entre la terrible luz y la admirable oscuridad, entre los retretes y el infinito, entre lo higiénico y lo imposible de lavar, entre la cadena de váter y el cielo. Mientras existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad”.

Amélie no es la primera ni la última persona que tiene una experiencia agridulce en el ambiente laboral. Y no es necesario trabajar para una empresa japonesa para darnos cuenta de ello. Estoy segura de que más de algún lector lo ha experimentado y, por eso esta novela nos hace sentir que somos Amélie sufriendo esos incesantes acosos, siendo llamados tontos y faltos de sentido común. Lograremos identificarnos y simpatizar con nuestra protagonista escritora, que nos lleva a una época y ciudad donde la excentricidad no está permitida. Y si no lo está, entonces la haremos tolerable, o es lo que he intuido que Amélie intentaba a ratos, fallando miserablemente.

Es fácil entrever que, si bien la cultura abre una brecha entre unos y otros, también trae a flote esa superioridad que los asiáticos dicen tener sobre los occidentales. Es una de las cosas a la que hace alusión en este libro y por lo que resulta difícil juntar la cultura con la que fue criada y con la que nació. Todo aquel dispuesto a ser empático o divertirse con las desgracias de los demás y olvidar las suyas, les aseguro que no se arrepentirán y querrán ir por otro libro que nos puede ofrecer Amélie, tan irónica y reflexiva.

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