BRENDA GÓMEZǁ En las misteriosas regiones de los sueños se encuentra el poder ver de cerca las monumentales estructuras con las que se impone Europa, la madera haitiana con la que construyeron algunos puentes, los techos de las catedrales o edificios más simbólicos, la plata mexicana, el oro del sur, todos los metales preciosos de nuestra América. Si veo a Europa con otros ojos puedo decir que me pertenece.
Es el año 1900, y Rubén Darío se prepara para su peregrinación por el viejo continente. Ya el poeta era un colaborador habitual de “La tercera”, una página del periódico “La Nación” reservada para los autores de prestigio. Aun así, está a la espera de una carta de recomendación para poder cubrir la “Exposición Universal” que tendría lugar en París. Ocurre, emprende el viaje, y es la oportunidad para perfeccionar su prosa a través de un estilo muy personal: la crónica.
Visita Turín, luego Génova, Pisa, Roma, cabe todo. El recorrido de los sentimientos porque solo son tres meses. Señala Francisco Fuster que ese recorrido cultural puede verse reflejado en once crónicas datadas de su “Diario de Italia”. Es también ese periodo el que le da a Darío la posibilidad de ver con ojos críticos la realidad que se esconde tras las loas, porque es ahí (citando a Fuster) “donde se adentra en esa ciudad-monstruo que era el París de fin de siglo para revolver sus tripas y sacar a flote toda la inmundicia”.
Es normal idealizar Europa, pero son innumerables las veces en la que otros migrantes como yo, expresan su decepción por el cambio radical de sus vidas, de las malas condiciones y comodidades de las que carecen aquí. En el momento en que Rubén Darío, el 20 de abril de 1900 empieza su primera crónica, anticipa la interrogante ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Al percatarse que los propios parisinos se van lejos al llegar tanta gente de otros países a la exposición. Dejamos de contar pero jamás de empatizar.
El cálido consuelo para él es decir que: “París se ve que es buena, quedará por la vida, en la memoria de los innumerables visitantes que afluyen de todos los lugares del globo”. Sí, querido Rubén, Francia tiene rostros del Extremo Oriente, y caras bronceadas latinas, hay habitantes que no son considerados locales a pesar de haber nacido en ese país. A pesar de que su presencia es el inmenso movimiento de la ciudad, los declara sin virtudes, pero tampoco dicen cuáles son esas para hacerlos dignos. Todas las razas llegan como en otros días de siglos antiguos acudían a Atenas o Alejandría.
El cálido consuelo, y cita a Goethe: “El arte empieza en donde acaba la vida”. Y es entonces cuando Darío se quita la venda para lo mundano moderno, y le da chance a las ideas de pequeños carpinteros y albañiles que con sus brazos y manos le dan forma a los pensamientos y cálculos de los artistas e ingenieros. Sí, querido Rubén, te molesta que los parisinos pasen desdeñosos y se rían de que un chino no sabe cómo colocarse el sombrero de copa, pero ¿a qué se viene, para qué hacer tan largo viaje sino para contemplar las maravillas? París es tan nuestro como lo es Puerto Príncipe.
Pero son nuestros propios paisanos los que te desnudan, los que se burlan al verte con el traje de diplomático, y antes de eso está el porqué del idioma, la aniquilación de nuestra lengua, desconocer que nos han dejado como herencia un vínculo y no un intercambio de cultura. “No son temas reales los que aborda en su literatura”, eso dicen, y en la obra Dariana no quedó fuera ni siquiera la prostitución (léase la última crónica de la cobertura a la exposición), son tus propios paisanos los que no han encontrado las bellas faces infantiles que has sabido pintar, que no identifican las distintas modificaciones en el tiempo, que hemos recibido la muñeca, el tambor y desgraciadamente el sable.
Paseo por tus calles parisinas, me bajo en la estación de “Blanche” que significa blanco, para subir a “Montmartre” a pie. Somos despojos pero no me siento así, el marfil oriental, los tesoros de Bagdad… en tus poemas confiesas tus anhelos y caídas. Yo te persigo Rubén, en busca de ese cisne que me interroga. Amar, amar, amar siempre, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo. No hace falta venir hasta aquí para saber que León es mi Roma y también mi París.
Quedan voces Rubén, queda el legado de Mallarme, de Zola. Te preguntaste en tu poema “Agencia” ¿Qué hay de nuevo en el mundo? Mientras en La Haya se incubaba la guerra. Teñías de moderación el poema “A Colón” cuando solo querías gritar la frase de ¡Desgraciado Almirante! Recorro estas calles, intentando recordar quién soy, recitando sus versos: ¿fue juventud la mía, la de toda nuestra gente? E intento reconocer las fragancias. Que no sos universal porque no te leen por estos sitios, dicen tus adversarios que abrazan su herencia imperial, y ¿cómo serlo? Si tu propio país está ciego.

Siento pena de mí misma por saber tan poco de la obra de Darío y sobre todo por recordar que hasta llegué a odiarlo en la secundaria, por la forma en que me fue enseñado hay mucha tarea por hacer y sobre todo hay que empezar por uno mismo
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