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Crónicas de la conquista en la voz de los vencidos (primera parte)

Fecha: 12 noviembre, 2023Autor/a: Elviejolibreroblog 0 Comentarios

NOEL ULLOAǁ De las diversas crónicas, cartas y diarios dados a conocer por los españoles acerca de la conquista de América, siempre era la voz del vencedor la que figuraba oficialmente en esos textos. Todos los datos y descripciones sobre personas, plantas, lugares, costumbres y, sobre todo, el oro y demás riquezas que abundaban en este continente, ofrecían la imagen de un paraíso que despertó el interés codicioso de muchos aventureros, frailes y capitanes que ansiaban conseguir fortuna en esas tierras que llamaron el Nuevo Mundo. Ellos fueron los que escribieron numerosos testimonios sobre este trascendental acontecimiento, marcado por guerras, invasiones, matanzas, alianzas de españoles con indígenas, saqueos y destrucción parcial de las culturas aborígenes. Sin caer en una absurda justificación, es importante aclarar que cualquier proceso de conquista, antes y después del siglo XVI, no tenía intereses humanistas, ni intensiones piadosas o consideraciones simplemente religiosas, al contrario, implicaba realizarla con excesos de violencia y barbarie en ese siglo guerrerista de imperios poderosos que se imponían a fuerza de espadas, cañones, ballestas y arcabuces.  

 Ante ese escenario, en el que la historia oficial era escrita por los vencedores, hubo personajes curiosos, religiosos letrados y cronistas que se interesaron por la memoria histórica de aquellos pueblos sometidos para conservar la interpretación que ellos tenían de la conquista, pero no solo eso, también existen “fuentes pictográficas”, poemas, cantares tristes, testimonios, entrevistas y traducciones en náhuatl consignadas y ordenadas en la obra Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista (1959) del historiador y antropólogo mexicano Miguel León Portilla.

 En su libro, no trata de pintar de un solo color la acostumbrada leyenda negra, ni pretende servir al discurso político que proclama con voz falsaria, rasgarse las vestiduras por el pasado, como campaña para otros fines e intereses, sino de evocar y de seguir los momentos que cambiaron por completo la vida de sus habitantes, tanto en México-Tenochtitlán, como luego aconteció en otras partes de América que tuvieron el mismo destino.

 Entre los conquistadores, frailes e inquisidores hubo quienes se empeñaron en destruir y quemar cualquier vestigio de las culturas aborígenes (ídolos, estelas, esculturas, códices) que consideraban como herejía, de acuerdo con su concepción ortodoxa del catolicismo, donde toda imagen ajena a la de sus santos, apóstoles y mártires era demonizada. El caso más infame y de triste recuerdo fue cometido por Fray Diego de Landa (1524-1579) quien, en un auto de fe en Maní, Yucatán, el 12 de julio de 1562, ordenó quemar varios objetos sagrados de los mayas.

Por su parte, Fray Toribio Benavente Motolinía (1490-1569), Fray Diego de Durán (1537-1588) y el cronista de Felipe II don Antonio de Herrera (1549-1625) nos hablan de la importancia que tenía para los indígenas no solo llevar registro de la llegada de los españoles a su territorio, sino también la memoria de sus antiguallas en una especie de enciclopedia hecha de hojas, así como un calendario y otras enseñanzas que eran transmitidas por tradición oral o recitadas.

 Entre las excepciones afortunadas que se propusieron dar voz a los vencidos para dejar registro de sus sufrimientos, padecimientos y necesidad de asegurar la memoria de los hechos acaecidos durante la conquista y colonización se encuentran las denuncias del fraile dominico Bartolomé de las Casas (1484-1566)  con  base de escritos y sermones, la voz de protesta de fray Antonio Montesino (1480-1540) o, en un plano más importante, el relato en náhuatl de algunos ancianos sobrevivientes a la conquista, recogidos por estudiantes indígenas de Fray Bernardino de Sahagún en 1528, que rememora una serie de presagios, apariciones extrañas, prodigios en el cielo, fenómenos inexplicables y todo lo que aconteció a medida que fueron avanzando los españoles.

La historia de la conquista de México —y que es válida para gran parte de América— se desarrolla, en un primer momento, entre la superstición, los presagios, la angustia, el asombro y el miedo. Luego se tornó en violencia con el asedio y las matanzas, incluyendo el impacto y el esparcimiento de las pestes, hasta llegar a la derrota. Todo eso palpita y se reconstruye en esas páginas, con personajes y pueblos que fueron parte de ese contexto, como la gente de Cholula, las mujeres de Tlatelolco que lucharon lanzando sus dardos, las acciones de los líderes y capitanes como Motecuhzoma (o Moctezuma), Opochtzin, que se vistió con un ropaje exótico de quetzal “para espantar a los enemigos” por órdenes de Cuauhtémoc, así como la figura de Malinche o Malintzin, quien había sido una esclava del cacique de Tabasco desde que era una niña y luego fue entregada a Cortés en los mismos términos hasta convertirse en doña Marina, cuyos conocimientos del náhuatl, maya y después español, permitió una comunicación y un entendimiento más directo.     

En conjunto con los códices y poemas que aparecen a lo largo de los capítulos, esto nos da una idea de la mentalidad indígena, su visión del mundo en aquel tiempo, su interpretación y conmoción, antes y después de que pasaran a ser vasallos de otro amo.

Las profecías y los presagios eran importantes en el imaginario indígena. Como en las civilizaciones antiguas que buscaron respuestas en las estrellas y los fenómenos celestes (en Babilonia surgió el horóscopo cerca del año 500 a.C. y en Egipto, el calendario por medio de la observación del firmamento con el objetivo de regir sus fiestas religiosas y controlar las crecidas del Nilo), los mexicas relacionaron las señales en el cielo y en la tierra con sus dioses, a quienes hacían ceremonias mediante sacrificios humanos. Por esta razón, ante la serie de augurios ocurridos antes de la llegada de españoles, entre los que se menciona una llama con espiga de luz atravesando el cielo, que no era otra cosa que un cometa, el incendio espontáneo en la casa del dios Huitzilopochtli o la mujer que lloraba en la noche pronunciando el lamento de hijitos míos, ¿a dónde los llevaré? (antecedente de la Llorona), estos no podían ser más que advertencias, mensajes, el aviso de que algo importante ocurriría. Aunque se mantuvo la expectativa, nada en concreto pudo deducirse de aquello. Ni en el fuego, ni en el agua, ni en los sueños hallaron respuestas. En vano resultaron los esfuerzos de los magos, chamanes o hechiceros de Moctezuma para dar alguna explicación.  Acostumbrados a la guerra, a recibir tributos de los pueblos a los que ellos sojuzgaban, dedicados a un activo comercio, situados en una ciudad hermosa y abundante con templos, canales, mercados, jardines y calzadas, a los mexicas les precedió la fama de guerreros valientes. Impusieron obediencia, la pax mexica, pero se granjearon el odio y la sed de venganza de los que ellos oprimían y les habían despojado de sus tierras. Entre ellos, los tlaxcaltecas y tetzcocanos, quienes después se aliaron con Hernán Cortés durante su travesía hacia México-Tenochtitlán.

 Poco a poco aquel mundo fue experimentando un cambio irreversible. En una época como esa, la del siglo XV, de imperios y hegemonías navales, de conquista y expansión, de mercantilismo y por tanto de necesidad de recursos y de riquezas es fácil deducir que esa parte del mundo que constituía un inmenso paraíso, una mina de oro que acabaría llamándose América, tarde o temprano sería objeto de conquista. 

Fue en ese encuentro, en esa colisión de civilizaciones y tribus aborígenes con europeos del otro lado del mundo, donde ocurrió el verdadero y mutuo descubrimiento, esto es, que la tierra era más grande de lo que pensaban y no solo estaba poblada de griegos, romanos, hindúes, chinos, otomanos, sino también de mayas, araucanos, aztecas, incas, guaraníes, etc.., cada uno con la impronta de su propia cultura y cosmovisión. Sin embargo, dentro de esa comunidad de nobles, guerreros y chamanes, existía una jerarquía con privilegios, dominio por la fuerza, tributos, guerras, esclavos. No era un reino idealista, de utopía y bondad, habitado por montaraces o “buenos salvajes” como se quiso interpretar en el siglo XVIII por algunos filósofos y pensadores como Rousseau (1712-1778), sino un lugar que poseía sus propios vicios, defectos y virtudes como en toda civilización.

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