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Cadáver exquisito: una novela sobre el lenguaje, el poder y las pérdidas

Fecha: 10 diciembre, 2023Autor/a: Elviejolibreroblog 0 Comentarios

ROSA MAIRENAǁ En octubre los miembros del Club Azul… leímos la novela Cadáver exquisito (2017), de la escritora argentina Agustina Bazterrica. Es una obra distópica centrada en un escenario probable en el cual el canibalismo se ha legalizado e incluso legitimado socialmente.

El protagonista Marcos Tejo trabaja en el frigorífico Krieg que faena «cabezas». O en palabras toscas y llanas: trabaja en un matadero donde sacrifican humanos criados exclusivamente para el consumo masivo, como si fueran reses. Además de la metonimia (que consiste en utilizar una parte para referirse al todo), se utilizan otros recursos lingüísticos como los eufemismos para atenuar la cruel realidad. Por ejemplo: «procesar a alguien», en vez de «asesinarlo»; «carne especial», en vez de «carne humana»; «producto», en vez de «humano»; o «alimento», en vez de «persona». En la misma línea, los anglicismos son criticados: «no los llaman dedos. Les dicen fresh fingers, como si las palabras en inglés pudiesen resignificar el hecho de que se están comiendo los dedos de varios humanos que hace unas horas respiraban».

Desde el capítulo uno la voz nos anuncia la importancia del léxico: «Media res. Aturdidor. Línea de sacrificio. Baño de aspersión. Esas palabras aparecen en su cabeza y lo golpean. Pero no son solo palabras. Son la sangre, el olor denso, la automatización, el no pensar». En la trama de la novela, el lenguaje contribuye a moldear la perspectiva social hasta lograr que la población mundial dejara de cuestionarse si es moralmente correcto comer a humanos y lo asumiera como la salvación para consumir proteínas e incluso lo volviera una práctica cotidiana. Así, la palabra «transición» adquiere el significado del proceso en el que el canibalismo fue normalizado. Sin embargo, con este término se busca ocultar sucesos despiadados como la quema de animales y el asesinato clandestino de personas, principalmente inmmigrantes, para comerlas.

Por otra parte, la zoomorfización (humanos convertidos en ganado) nos lleva a los lectores a reflexionar sobre temas como el poder, donde las únicas posibilidades son: ser el comensal o el platillo. También, se usa el sustantivo «carroñeros» para nombrar a los grupos marginales representados, despreciados por la sociedad que se ven obligados a cometer los actos más viles con tal de sobrevivir; frente a los grupos de millonarios que se pueden dar el lujo de cazar humanos como un deporte. Asimismo, otro cuestionamiento al poder se realiza mediante el señalamiento a la  manipulación del gobierno: ¿inventó el virus para reducir la superpoblación y la pobreza?, ¿Convenció a la humanidad de defenderse de las mortales heces de pájaros?, ¿se alió con las empresas de paraguas para obtener jugosas ganancias?

De igual manera, esta es una novela de pérdidas. En principio, se nos muestra la pérdida de la humanidad, de nuestros valores, del respeto a la vida ajena. Además, se aborda la pérdida física de la madre y la pérdida simbólica del padre del protagonista a través de la demencia senil. Esta representa la idea de que la única forma de sobrevivir en este mundo inhumano es a través de la alienación. Otra pérdida importante es la de un hijo, que puede llevar a la pérdida del matrimonio y de la pasión por vivir.

Sin duda, este libro no te deja indiferente. Es un llamado a la reflexión para el lector: ¿Qué hubieras hecho vos?, ¿Cómo está tu sentido de humanidad? En mi caso, cuando alguien muere, no suelo asomarme al ataúd para despedirme. Prefiero recordar a la persona como era en vida, quedarme con los recuerdos de los momentos compartidos. Sin embargo, días posteriores a la conclusión de la lectura tuve la oportunidad de visitar la necroteca de una universidad de Nicaragua, como parte de un recorrido por las distintas facultades de esta Casa de Estudios Superiores. Era la primera vez que veía un cuerpo humano tan expuesto, sin las capas más externas de la piel. Aunque en mi familia hay algunos médicos, yo no soporto el dolor ajeno, no podría suturar una herida sin que me tiemble el pulso. Soy incapaz de hacerle daño a un animal. No podría sobrevivir en ese mundo distópico en el que tendría que comerme a un semejante para sobrevivir.

Mi experiencia lectora habría sido muy distinta si hubiera leído la obra luego de esta visita. Con honestidad, tal vez no habría podido concluirla. Las descripciones de la autora se fijarían para siempre en mi imaginación de una forma tan perturbadora que no me dejarían ni volver a probar la carne, pues aunque se trate de cadáveres, siguen siendo humanos y no han perdido su dignidad. 

Finalmente, me quedo con la reflexión de la autora en torno a lo que sí me interesa como lingüista: «(…) hay palabras que encubren el mundo. Hay palabras que son convenientes. Higiénicas. Legales».

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