NOEL ULLOAǁ Para la mentalidad indígena, al ver por primera vez a esta gente extraña, forasteros, con un color de piel que los hacia diferentes, pensaron que se trataba de sus dioses. No solo fue por eso el objeto de tal recibimiento. Si se piensa desde una perspectiva antropológica, Hernán Cortés y los demás guerreros de su séquito, vestían con armaduras de guerra, metales que relucían ante el asombro de los nativos y que los hacía pensar en su dios Huitzilopochtli o en Kukulcán, creador del hombre, el señor de la aurora, serpiente nube de lluvia, que se representa en esculturas llevando un tocado en la cabeza, mientras su cara emerge de las fauces de un jaguar. Fue esta idea del retorno de sus dioses la primera que prevaleció. Sin darse cuenta, en eso tenían algo en común los europeos. Ellos, como cristianos, también esperaban y siguen esperando otro retorno, el de Jesucristo, pero sabían que no llegaría en barcos, naves o carabelas, sino que descendería del cielo, como anunciaban sus sagradas profecías.
Ante la presencia de estos hombres-dioses revestidos con esta insólita apariencia, que venían sobre estas torres o cerros que flotaban en el mar, que disparaban un fuego estremecedor y tenían alguna clase de poder al que era imposible oponerse, no quedaba otra cosa que creer en este retorno. Con esta ventaja desde el principio de la conquista, los españoles tuvieron de pronto mano de obra, un ejército compuesto por los enemigos de los mexicas, abundancia de recursos y tierras para ser explotadas. Reclamaron el oro con afán inusitado a fuerza de tortura y violencia. No les interesaban los objetos de adorno y de lujo que ostentaba la nobleza mexica. Ni jades, turquesas, alhajas o plumas de quetzal o papagayo. Dejaron ver su ambición, sus intenciones y su perfidia. Poco a poco, fueron perdiendo esta aura de dioses con la que fueron revestidos y así se concretó esta segunda etapa, de impacto y de revelación, en la que los españoles dejaron de ser vistos como dioses para convertirse en enemigos, forasteros e invasores. Pero es preciso señalar que en nuestra historia universal algunas tribus o civilizaciones de cada continente fueron, en algún momento, igual de invasoras. Ninguna se salva de ese pecado.
En ese sentido, al llegar a este punto, es donde nos interesa destacar cómo los propios náhuatl rememoran estos acontecimientos, por medio de poemas y cantares, lo mismo que por sus dibujos o códices.
La invasión a Tenochtitlán, en algunos poemas, está descrita en un lenguaje de poema épico y nos permite tener una comprensión más cabal de la defensa de la ciudad y el significado que para ellos tuvo la derrota. No luchan solo por la amenaza del enemigo, sino por su cultura, su gente, los templos de sus dioses, sus casas. No podían ser dioses los que pretendían destruirles. Además, había en ellos esta conciencia de su imperio y de la pérdida que implicaba. Esto expresan algunos cantares en los que se lee:
¿Adónde vamos?, ¡oh, amigos! Luego ¿fue verdad?
Ya abandonan la ciudad de México…
Llorad, amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
Cantares Mexicanos. (Biblioteca Nacional de México).
Y este anónimo de Tlatelolco de 1528, conservado en la Biblioteca Nacional de París:
En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.
Desde otra perspectiva de los vencidos, hay que destacar la importancia de los dibujos e imágenes que tiene la capacidad de evocar los momentos claves de su ocaso. Quien visualiza los códices, puede darse una idea bastante completa de la conquista. Por ejemplo, en el Lienzo de Tlaxcala, sobre la matanza de Cholula (siglo XVI), se observan cuerpos desmembrados de los indígenas, así como lanzas, escudos, caballos y espadas amenazantes en su contra, mientras sus rivales ascienden sobre las escalinatas de un templo. Lo mismo muestra el códice Durán, refiriéndose a la matanza del Templo Mayor, un ataque a traición ejecutado por Pedro de Alvarado mientras los indígenas danzaban en una fiesta dedicada a su dios Huitzilopochtli. Ahí se ve la emboscada de los españoles que aparecen con espadas y lanzas alzadas. Toda la escena está revestida de un carácter sangriento y trágico con cabezas decapitadas y extremidades cortadas, en tanto que sangre fresca chorrea de esos cuerpos. Un tiempo después, ante tal devastación y mortandad, un testigo describió con horror aquella atmósfera pestilente: Todos van tapando su nariz con pañuelos blancos: sienten náuseas de los muertos, ya hieden, ya apestan sus cuerpos.
Otro códice no menos importante y de proporciones épicas, representa el asedio a la ciudad de Tenochtitlán en el que, según los testimonios dado a los informantes de Sahagún, hubo ruido de atabales mexicanos con todo ímpetu, trompetas, flautas y chirimías. Los españoles aparecen vestidos con armaduras y disparan desde sus bergantines los cañones entre las aguas revueltas y una lluvia de flechas caen sobre ellos. Del otro lado de la imagen, grupos de indígenas en canoas se defienden con escudos y lanzas. Otros parapetados en las murallas, reciben el impacto de los cañonazos. En esta misma guerra de conquista, destacó la osadía y heroicidad de los capitanes mexicas, sobre todo el nombre de Tzilacatzin, cuya figura gigante trazada a modo de Goliat o Hércules, en otra célebre ilustración, lanza enormes rocas contra los enemigos que se ven empequeñecidos.
Como consecuencia de la derrota de los mexicas, estaba previsto que el castellano, ante su avance y expansión, introdujera e impusiera su sistema, leyes, tributos, deidades y expandiera el verbo, las palabras con la que todo había empezado: barco, español, caballo, arcabuz, biblia. No obstante, la lengua de los vencidos no se extinguió. El náhuatl siguió presente, sobreviviendo y algunas palabras quedaron para siempre en el lenguaje cotidiano y en el paladar: chile, atole, choza, tiangue, chicle (tzictli), tomate, guacamole. Cuando se pronuncia, cuando se habla náhuatl, no es una lengua muerta, sino que pervive en a través de las épocas y las generaciones que se interesan por su estudio.
Con esta obra, Miguel León Portilla nos deja una lección que está registrada de forma implícita y que se resume en los siguientes términos: cuando un historiador, un intelectual o un lector curioso se adentra en las crónicas y testimonios de la conquista de América en general, no debe hacerlo con apasionamientos, ni romanticismos, tampoco asumir actitudes sentimentalistas, de resentimientos o peor aún, sentir culpas ajenas, porque tales ideas, alejadas de la razón, generan sesgos y prejuicios desviados de la realidad que no nos ayudan a analizar e interpretar con acierto y coherencia, un tema tan complejo como la conquista.
La voz de los vencidos está desde el pasado, clamando por su vigencia, por su memoria, como si dijeran “aquí estamos aún, aquí permanecemos”, en las costumbres, en las tradiciones ancestrales, en poemas y cantares mexicanos, en esas sólidas pirámides que aún permanecen, así como en los códices, monolitos, esculturas y pictografías.
