ALDO G. ALDANAǁ Todo lector en algún momento tiene contacto con el arte de la palabra y el dulce hechizo de una historia, contada por una voz emocionada que toma forma en nuestra conciencia o es experimentada por los sentidos. Siempre he dicho que mis primeros libros leídos fueron Cuentos de Barro (1933) de Salrrué, María (1867) de Jorge Isaac, Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo. Sin embargo, buscando en mis recuerdos, caigo en cuenta que la literatura me había tocado mucho tiempo antes.
Tendría entre siete u ocho años, o quizás menos, y recuerdo que mi mamá ponía en una radiograbadora un cassette que tenía seis cuentos narrados, no podría precisar por quien, ni de donde salieron, pero eran grabaciones muy bien hechas y ambientadas, y contenían los cuentos clásicos que han invadido la cultura occidental y se han colocado como referencia de la literatura infantil clásica: El gato con botas, Ricitos de Oro, Los tres cerditos, Caperucita roja, Aladino y la lámpara maravillosa, Blanca Nieves y los siete enanitos.
Pasaría mucho tiempo para saber el origen de estos, sus respectivos contextos y el por qué eran tan reconocidos a nivel mundial. Pero las imágenes que estas grabaciones recreaban en mi mente nunca desaparecieron. Recuerdo que los escuchaba mientras hacía algunas tareas, o jugaba de otras cosas, desde entonces creo yo que tengo la necesidad de tener un ruido de fondo para hacer cualquier tipo de actividad, la música no funciona mucho conmigo como con otras personas en este sentido.
En honor a ese niño que disfrutó tardes enteras escuchando, y que nunca supo a donde fue el cassette con esos cuentos, me he sumado a la iniciativa de El Viejo Librero y comentar sobre literatura infantil. Recomendaré para ello dos obras que poseo en mi librero, ambos de la colección de Ediciones SM titulada El barco de vapor, especializada en literatura infantil, la primera es Rabicún (1997) de Patricia Barbadillo y La sopera y el cazo (1990) de Michael Ende, el primero es una colección de cuentos, el segundo es un sólo cuento.
Rabicún es un minúsculo planeta súper perezoso que tarda un año en dar una vuelta completa al sol, donde existen dos pueblos, Pueblo Alto sobre la montaña, y Pueblo Bajo en la llanura, los separa un río, junto al cual está un bosque de pinos, donde se levanta el palacio del Rey de Rabicún. En cada pequeño cuento la autora retrata situaciones concretas que se infieren: discriminación, igualdad, migración, libertad, tolerancia. Las situaciones van desde una aventura de niños de los dos pueblos que se escapan en la noche, el acoso que los niños hacen a un personaje anciano y amante de la naturaleza, el conflicto entre vecinos, la inicial fascinación ante personas diferentes que luego se transforma en discriminación, la protección del medio ambiente, el valor de la amistad, la cooperación, etc. La particularidad de esta colección de cuentos es que pretenden servir como recurso didáctico a un artículo específico de la constitución española.
Este libro lo he leído un par de veces, y hay que decirlo, es amena la experiencia de dejarse interpelar desde la aparente ternura de una historia infantil que aborda temas o conflictos de personas adultas y que lo han sido desde siempre en la historia de la humanidad.
En La sopera y el caso, Michel Ende (más conocido por ser el autor de La historia interminable), encontramos figuras que nos remiten a los grandes personajes de la literatura universal para niños: Dos parejas de reyes, que tienen un príncipe y una princesa, dos reinos separados por una montaña (izquierdo y derecho), y una pariente muy, muy, muy lejana, con un nombre tan rimbombante como divertido, Serpentina Cascarrabias, que, enfurruñada por que no la invitaron a las respectivas fiestas de los nuevos príncipes, les regala a uno un cazo y al otro una sopera, que sólo juntos, producirían una sopa deliciosa, nutritiva e inagotable, no hay que decir que el Reino de la Izquierda era archienemigo del Reino de la Derecha.
Estoy seguro que recordarán algunos cuentos de los hermanos Grimm, pero hay que decir que Michael Ende toma estas figuras bien conocidas y les da una vuelta, convirtiendo este cuento en una alegoría divertida de, también en este caso, los grandes conflictos humanos, la incapacidad que exhibimos ante el diálogo y el reconocimiento de la igualdad del otro, y también, y esto sí que es utópico, la idea de que el amor vence todo.
Tomar de nuevo estos libros y releerlos fue una experiencia amena y aunque es bien cliché la frase de “volver a tu niño interior”, yo más bien diría que conectar con la mirada limpia con la que fuimos conociendo el mundo en su momento a veces es catártico, limpiamos las toxinas argumentales de que todo está dado y nos abrimos a la posibilidad de la sorpresa.
Recuerden, fuimos niños, y aunque no todos en el mundo han tenido la suerte de que les cuenten cuentos, nunca se es demasiado viejo para disfrutar de un cuento para niños.
