GABRIELA GONZÁLEZǁ Nicaragua es un país pobre, por lo tanto siempre irá por detrás en todos los aspectos, creo que la generación crecida en los noventas, es la primera del país en crecer con la presencia constante de la televisión; por las mismas limitantes económicas no en muchos hogares se tenía acceso a la literatura, esta triste realidad hacía y hace que en el día a día la prioridad sea el sustento de la familia, así que, en la televisión, a través del cine, muchos tuvimos este primer contacto con la literatura, viendo todas esas películas que pasaban en horarios infantiles y como niños sabíamos que eran para nosotros.

He sido siempre muy curiosa, me gustaba saber nombres, términos y conceptos, por lo que siempre me gustaba ver los créditos iniciales y los finales de las películas, y anotar y anotar en mis libretas. Anotaba que la película que acababa de ver estaba basada en un libro aunque fue con los años que llegaron a mí sus nombres, Frances Hodgson Burnett, Roald Dalh, Charles Dickens, Alan A. Milne, Jack London, Alejandro Dumas, Mary Shelley, Julio Verne, Rudyard Kipling y muchos más.

Los pocos libros infantiles y un enorme libro de cuentos que tuve los guardé siempre como verdaderos tesoros; al vivir en el campo y mi madre trabajar en la ciudad me llevaba mucho para leer, aprender y distraerme, supongo que no quería que la echara de menos durante la semana. Le agradezco que a pesar de las limitaciones, pude conocer las lindas y simples enseñanzas sobre la amistad de el oso Winnie y sus amigos; haberme dado al complicado Charlie Brown y al adorable Snoopy, a Mafalda, aunque Mafalda para mí no era ese personaje contestatario de las historietas, al que no le gusta la sopa y que habla de los grandes temas existenciales, para mí era la niña que en un folletín me aconsejaba a contarle a mis padres mis problemas: si alguien me obligaba a hacer cosas que yo no quisiera o si alguien quería tocar indebidamente mi cuerpo; enseñanzas más que necesarias en la infancia. Agradezco que siempre guardara el suplemento infantil de La prensa llamado “Cabito”, en mi mente ha perdurado como divertido y didáctico, lo disfrutaba, ¿algún lector lo recuerda? Me moría por participar en esos eventos y sorteos.

Entrada en la secundaria y siendo adolescente buscaba en la biblioteca de mi colegio, sin éxito, las cosas de estos apuntes, la situación mejoró cuando pude ir a los ciber cafés y a este milagro que nos dejó el siglo XX llamado Internet, y así ya un poco mayor poder comprender cosas que de niños pasamos por alto, seguí creando más listas y añadiendo más nombres y más referencias. Las hermanas March dejaron de ser unas preciosas caricaturas que jugaban a ser chicos y montar obras de teatros caseras, ya por el cine sabía que la historia iba más allá, con la novela encontré más profundidad de la que podía pensar. Siempre tendré una especial estima por Jo y Marmee.

En el amor a la lectura influyen también los buenos maestros, yo conté con suerte, tuve una muy buena, apasionada de la poesía, nos recomendaba y leía poemas, a veces nos gustaban, a veces nos conmovían y a veces también pensábamos que era una ridícula; pero cuando algo te gusta ese germen queda, nos enseñaba a ver más allá del sentido estricto de las frases y las palabras, a apreciar a Darío por supuesto, que es casi una religión en los colegios leoneses, nos hizo leer a autores del siglo de Oro español, los clásicos latinoamericanos, títulos más allá de los recomendados por los libros de texto. Y como toda curiosa seguí y sigo haciendo listas y más listas.