BRENDA GÓMEZǁ Es increíble a veces cómo algunas escritoras parten de un hecho o personaje para elaborar toda una novela, ya sea realista, fantástica, de terror, o en el caso de El Retrato de casada de Maggie O’Farrell, de ficción histórica. Son algunos rasgos humanos, los más particulares, los primeros en aparecer en los trazos de un lienzo, los diferentes destinos o anécdotas el componente para el cuerpo del cuadro, y la coloración sombría o armónica para saber qué interpretación darle al rostro en la pintura ya finalizada.
Pero es la pluma y la imaginación desbordante, las que plasman el momento en el que el corazón enferma, el momento en el que los protagonistas van apagándose, o resurgiendo de las peores circunstancias. Es entonces cuando los lectores observamos y aprendemos los distintos tipos narrativos; contemplamos la astucia con que la escritora nos guía al personaje que más nos gusta o hacia donde quiere llevarnos con sus planteamientos.
De todos estos componentes está hecha esta novela, ambientada en Florencia, a mediados del siglo XVI, Lucrezia, tercera hija del gran duque Cosimo de Medici, es una niña callada y perspicaz, cuando muere su hermana María , justo antes de casarse con Alfonso d’Este, primogénito del duque de Ferrara, Lucrezia se convierte en el centro de atención del duque que se apresura a pedir su mano, y el padre de esta a aceptarla. A partir de este hecho, lo único que está claro es lo que se espera de ella: que proporcione cuanto antes un heredero que asegure la continuidad del título.
Me parece novedosa la forma de contar de Maggie, la historia sirve para ver que aún perteneciendo a esas altas esferas y por muchas habilidades que se posean, las mujeres estábamos destinadas sólo a procrear. O’Farrell con su destreza narrativa nos acerca a Letizia, vemos cómo esta acaba convirtiéndose en la imagen opuesta de sí misma, cómo va siendo anulada, entrando en una decadente espiral donde un episodio de maltrato es seguido de un bombardeo de amor, quedando atrapada en un círculo de manipulación.
Existen muchos ejemplos de este estilo de retratos, como la súper ventas Tracy Chevalier que creó la posible vida que pudo tener “La joven de la perla” retratada por Vermeer, o Gioconda Belli recreando los pasajes más dramáticos de la vida de Juana I de Castilla en su novela El pergamino de la seducción.
Hay otra con el mismo escenario que O’Farrell, pero aborda distintas cualidades en los personajes, se trata de Un sombrero lleno de cerezas de Oriana Fallaci, quien nos sumerge en su árbol genealógico, donde la superación de todos sus antepasados se enfrenta a la fatalidad del destino, doscientos años hay de diferencia en la ambientación de las historias, la de Maggie y Oriana, pero se llega a la misma conclusión: Todo se trata de poder y nosotras somos la moneda de cambio con la que, los hombres, sean estos pobres o poderosos, sellan sus pactos.
Pero hay también otro tipo de retrato, el que parte desde un hecho real, el que rescata memoria y nos ayuda a interpretar la vida; un ejemplo claro es El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, un libro sobre su hermana, fallecida el 16 de julio de 1990 a causa de feminicidio, una mujer brillante y audaz que careció del lenguaje necesario para identificar, denunciar y luchar contra la violencia. Rivera Garza, hace mediante algunas cartas de Liliana, un exhaustivo trabajo de investigación, una dignificación de ésta y de todas las víctimas.
El pasado hace trabajar la memoria, el lenguaje nos atraviesa, anotar palabras y crear el perfil de alguien es lograr un cambio de sensibilidad. ¿Deberían nuestros jóvenes talentos abocarse a este estilo? Yo digo sí, porque nuestra historia no está aún contada.
