ALDO G. ALDANAǁ Empatizar con un asesino, en este caso, con los asesinos, no creo que haya sido la intención de Truman Capote al escribir A sangre fría, iniciada en 1959 y publicada en 1966, una novela que podría ser, más allá de una crónica, más bien un testimonio pormenorizado de los acontecimientos acaecidos en una localidad de Kansas, USA, llamada Halcomb el 15 de noviembre de 1959, la masacre de una familia completa: Herb, padre, Bonnie, madre, Nancy y Kenyon, hijos, conformaban la familia Cluttler, a manos de dos ex presidiarios que por entonces gozaban de libertad condicional, Dick Hickock y Perry Smith. Testimonio que abarca horas antes de la tragedia; y días, meses y años que sucedieron a ésta, finalizando con la ejecución de los asesinos.
Hablo de la empatía, porque en más de una ocasión he escuchado decir esto respecto de la novela. Lo que sí puedo asegurar, al leerla, es que su escritura debió de suponer un peso muy grande para el autor, no sólo porque caló toda la información referente a las víctimas que no conoció y toda la información de los victimarios a los que sí conoció, que vio a los ojos, escuchó, y sobre todo, la gran cantidad de personas implicadas cuyos testimonios se van desarrollando en la novela.
Hay una carga emocional increíble, se perciben que fueron emociones desenfrenadas en algún punto, y controladas en otro, lo que permitió el desarrollo de los acontecimientos iniciados el 15 de noviembre de 1959 y finalizados el 14 de abril de 1965, cuando los asesinos fueron ahorcados en Landing.
“Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror», de esta manera describirá Capote lo que los habitantes de Halcomb experimentaron los días que sucedieron a la tragedia. La familia Cluttler con Herb a la cabeza era el prototipo de familia “bien”, moralmente aceptable, próspera y respetable, típica podría decirse, de las grandes llanuras centrales de USA, donde el cristianismo protestante históricamente había sembrado sus raíces muy hondo, y ha afianzado un estatuto moral que conforma aún las estructuras sociales de esos pueblos casi rurales, donde es fácil entender porqué era tan sorprendente que a esas “personas buenas” a las que Dios había colmado de bendiciones. Nancy era un ejemplo de chica activa en su congregación y respetable en todos los sentidos, Kenyon un chico pacífico y anodino, Bonnie que, a pesar de ser considerada rara, y que a todas luces sufría de algún proceso depresivo severo, era una “buena esposa”, y Herb, el gran Herb, intachable en toda regla, que a pesar de los problemas de su esposa que la incapacitaron en su papel, él había logrado formar a tres hijas de una moral impecable (las dos hijas mayores estaban casadas y vivían fuera de Halcomb) y un muchacho que tenía buenas perspectivas para convertirse en todo un ejemplo. ¿Por qué a ellos?. El lector percibe esa conmoción luego de haberse tragado todo lo que invierte Capote para que conozcamos a la familia, sus quehaceres, sus rutinas, sus relaciones con el resto de la comunidad.
Pero también vamos conociendo a los asesinos. Si el lector no tiene antecedentes de la historia, fácilmente se dejará tentar por la vuelta de los acontecimientos, dejándose sorprender por todo lo sucedido. Va conociendo el perfil de los asesinos también por sus actividades cotidianas, enmarcadas en “hacer algo” en casa de los Cluttler pero, ¿Fue necesario asesinarlos también?
Algo que deseo remarcar en esta reseña es la hábil forma en que Capote tejió el descubrimiento de la escena sin caer en el morbo de las descripciones, se quedan conmigo, las reacciones de los amigos, del novio de Nancy, de los demás pobladores, la incertidumbre, el peso de una noticia sin explicación, la zozobra de la sospecha.
Ya luego concentrados en los asesinos y su meteórico viaje luego de los asesinatos hasta su captura. Y, supongo que, al centrarse en ellos, se le puede acusar a Capote de algo distinto a lo que me parece es su verdadera intención, darles voz, y sin embargo sirve para entender algo que no parece tener explicación. Evidenciar la tragedia de la vida de otros siempre es incómodo, para todos aquellos que no han sentido ni mínimo de discriminación en algún momento de su vida, o vivido bajo el fuego cruzado de una familia que se desbarata o simplemente sentir placer con la maldad. No creo yo que Capote buscara la justificación de los asesinatos, presenta todo la información de la que dispuso de una manera magistral, sin coaccionar una opinión favorable, pero sí, dejando en evidencia la realidad de unas vidas destruidas, que destruyeron otras, y siempre de una sociedad indiferente, muchas veces cruel. “Nada es tan común como creer que los demás tienen parte de culpa de nuestros fracasos, del mismo modo que es también una reacción corriente olvidarnos de aquellos que han tenido algo que ver en nuestros éxitos” manifiesta un amigo de Smith al analizar la carta que a este le enviara su hermana Bárbara, análisis en lo que también reza: “Hay, en el convencionalismo, una dosis considerable de hipocresía”.
Por esto causó furor la posibilidad de justificar el asesinato, aludiendo, a un problema mental. Las capacidades mentales de los asesinos fueron analizadas durante su proceso, a uno de ellos, se le diagnosticó esquizofrenia, grado uno, y al otro un trastorno de personalidad. Ambos asesinos ofrecen todo un cuadro de estudios que bien servirían para un capítulo de MindHunter, pero el hecho de que la tragedia los volvía culpables se impuso, no sin dejar de un lado el debate.
A medida que nos acercamos al final de los asesinos, y al final de la historia, el contacto con ellos, el debate por lo “injusto” del proceso, vamos dándonos cuenta de la reacción de éstos a medida que pasa el tiempo y cómo esperan el último día. Cómo reaccionan, cómo responden, y cómo contemplan, ambos, lo que hicieron a la luz del tiempo y la soledad. También conocemos a otros asesinos, en el corredor de la muerte, sus breves historias condensadas por Capote en esta parte última de la novela y vaya, es un deleite a veces insano, toparte con que, lo que concibes como maldad, ser malo, venganza, con la naturalidad con que ésta puede anidar en el corazón de personas que, bajo el tormento de sus propias cargas, desean satisfacer tan sólo algo de lo que, al final del día, les causa dolor. Por esto quizás Capote menciona cómo se sentía uno de los detectives invitados a la ejecución: Había en él, un aura de exiliado, de criatura herida, que el detective no podía dejar de ver. En las ejecuciones mismas salen a flote todas esas emociones que nos confrontan con las convenciones, tal es el caso de otro de los detectives que dice: “Ya, y lo de ahorcar al hijo de perra ¿qué? ¿También eso se hará con una puñetera sangre fría?”, escandalizado por la indiferencia de los carceleros ante lo que se estaba viviendo. La muerte también se había vuelto una costumbre para ellos.
La relación con el duelo es ampliamente desarrollada en toda la novela, tanto de los relacionados con las víctimas como de los mismos asesinos que vivían sus propios duelos. La escena final donde Dawey, el detective al que hago referencia en el párrafo anterior, y Sue, la amiga de Nancy que descubriera el cadáver de su amiga, ambos ante la tumba de la familia en ese cementerio idílico de Garden City (Me encantaría conocerlo, sólo por que algunos cementerios me gustan mucho), habían pasado casi seis años de la tragedia, y apenas un año de la ejecución de los asesinos, quizás menos; ahí estaban ellos, ante un recuerdo que los uniría el resto de sus vidas, una tragedia, cuatro muertes que ni la dos muertes de sus autores podría remediar.
