BRENDA GÓMEZǁ Caminando despacio, en medio de una cuadrícula invisible, Paul Varjak va recordando la primera vez que subió a su apartamento, con una única ventana, paredes estucadas y con el humo del tabaco marcado, a pesar de los inconvenientes, se dice a sí mismo: “Me embarga una tremenda alegría notar en el bolsillo la llave de esta casa”. Y es que una de las particularidades más agradables del narrador de Desayuno con diamantes es esa atención por los detalles: en las letras torpes, en las notas llenas de garabatos, en la gente, y por una chica en particular: Holly Golightly. De dónde pudo salir aquella mujer que cantaba canciones nómadas, agridulces, cuyas letras sabían a pinar y pradera.
Publicada en 1958, Desayuno con diamantes es una de las obras más célebres del escritor estadounidense Truman Capote. Muy lejos estamos de tener otra imagen que no sea la ya marcada por la adaptación cinematográfica y no tanto por el libro. Pero esas interrogantes que tenemos sobre ambos personajes no se logran apreciar dentro del film, que si bien es cierto, goza de la gran interpretación de Audrey Hepburn y George Peppard, pero la de esos dos solitarios que se encuentran y de que no tendrán un final feliz está solamente en sus páginas.
Él, un aspirante a escritor, y ella, una de esas jóvenes provincianas que salen con las aspiraciones de comerse el mundo, pero en su intento se encuentran con la cruda realidad. Holly tenía apenas 14 años cuando escapó de su casa y 19 cuando ya vivía en el mismo bloque de apartamentos que Paul, para entonces ya ella había renunciado a ser inteligente y había decidido mantener y actuar con el grado de inferioridad con el que se logra mover en las altas esferas.
Capote con esta novela describe de forma magistral la frivolidad, desde luego el autor escribió para gente inteligente, para lectores que supieran albergar a esos dos personajes y reflexionar sobre esas incógnitas que nos deja entre líneas. ¿De qué huía Holly? ¿Por qué esos anhelos pueblerinos no pueden ser contemplados como esos estantes que sostienen los diamantes de Tiffany’s? Sin embargo Truman no oculta nada de los demás personajes, te cuenta con frases precisas que, la belleza de esa mujer es lo que hacía tener a hombres esperando en su puerta, enamorados, malolientes y borrachos, buscando al juguete de turno, alegre para ellos pero en el sentido de que ella no lo era.
A pesar de las advertencias que estos mismos manifestaban de ella, Paul decide demostrar un poco de interés, y es ahí cuando todo surge, cuando sabemos el propósito del autor que, a pesar de ser ya uno de los más consagrados de su generación, utiliza la dinámica de este personaje femenino para explayarse en temas considerados inapropiados para la sociedad conservadora norteamericana. Mientras más quiere saber Paul de Holly “la viajera” se encontrará con el mismo efecto de la leña cuando está verde, que humea pero que jamás llega a encenderse.
Su título podría definirse como esa idea que tenemos los pobres de lo que significa la riqueza, lujos, belleza, opulencia y seguridad. La propia Holly solía decir que: «en un lugar como ese no podría pasarle nada malo, porque sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes». Pero también podría interpretarse como esa búsqueda de un hogar donde al fin sintiera paz, pues ella misma es consciente que si encontrase algo así podría dejar de ser esa chica “viajera” que siempre está de paso, compraría unos cuantos muebles y le pondría, por fin, un nombre al gato.
