NOEL ULLOAǁ La técnica literaria del escritor noruego Jon Fosse (1959) con la que ha tenido éxito en su teatro y en sus novelas, consiste nada menos que presentar los diálogos de sus personajes con una economía de palabras para transmitir lo esencial, así como en captar lo que sucede en silencio (a veces sin darnos cuenta), en nuestras conversaciones cotidianas, en el intercambio de miradas, en los diálogos comunes o íntimos tras una pausa larga o breve cuando nos detenemos a pensar o reflexionar en lo que vamos a decir o bien lo que nos abstenemos de expresar. Siempre parece haber algo en esos instantes y parafraseando a Fosse, estas pausas en su escritura o en sus escenas que se encuentran a menudo, pueden significar mucho, lo mismo que poco. De ahí que en su obra Alguien va a venir (1996) estos recursos utilizados con frecuencia, cumplan una función capital al momento de su lectura o de su representación.
En Alguien va a venir, una pareja llega a una casa vieja y aislada en una pendiente. Este podría ser un lugar idílico para cualquier enamorado con un paisaje amplio frente a ese mar frío y peligroso, silencioso y vasto, como los describe el autor en el drama Yo soy el viento (2007). Pero si vemos la historia desde un ángulo más objetivo, si pensáramos que en este sitio no hay nada más que un equilibrio entre el silencio y la paz de esta naturaleza alejada de lo humano, parece que ellos son intrusos en medio de esa tranquilidad que con su presencia llegan a perturbar. Habrá gente ahí, habrá alguien y esto equivale a voces y palabras. Esta pareja piensa que este espacio será solo para ellos, que huyen, si bien no de todos, de algunas personas que, por alguna razón, quizá por la diferencia de edades (él tiene cincuenta y ella treinta) o por otras que no se explican muy bien en la obra, se empeñan en separarlos y esa casa será un espacio exclusivo en el que no tendrán que preocuparse de las miradas críticas y de los prejuicios. Luego hay una sensación de que aquello es demasiado para ambos. El mar y el cielo se ven demasiado grandes e inabarcables para seres tan pequeños y ese todo parece desolado donde nadie podría escucharlos, solo él y ella podrían hacerlo. Con su llegada, dejará de ser una casa vacía porque ambas existencias van a ocuparla. Sin embargo, no deja de sentirse solitaria y es esa sensación lo que parece estar ahí y no desaparecer como si se tratase de un fantasma acechando en cada rincón. Los personajes conviven entre muebles viejos, el mar como símbolo de lo infinito, el miedo a la oscuridad, el frío penetrante y hostil en la noche. Todo esto soportado en compañía.
Al considerar esta idea, el hecho de que nuestra conciencia medite sobre la inmensidad de las cosas, del individuo que contempla este mundo con su cielo y sus estrellas, desamparado de los dioses, nos lleva a pensar en el mero espectador, como los personajes diminutos que pintó Caspar David Friedrich dentro de sus grandes paisajes. Ahí es donde el ser percibe su debilidad, su miedo primitivo ante las fuerzas que rigen la naturaleza. En este pensamiento, cabe la frase de Schopenhauer en su obra El Mundo como Voluntad y Representación:
desamparado frente a la violenta naturaleza, dependiente, entregado al azar, una nada evanescente frente a poderes enormes…Cuando nos perdemos en la consideración de la infinita magnitud del mundo en el espacio y el tiempo, cuando meditamos sobre los milenios transcurridos y los que han de venir, o cuando el cielo de la noche nos trae realmente ante los ojos innumerables mundos, penetrando así en nuestra conciencia la inmensidad del universo, entonces nos sentimos reducidos a la nada. (204-205).
Esa sensación a la que refiere Schopenhauer es la que siente al principio la pareja que va a instalarse en aquella casa. Ante esa inmensa soledad, los temores y la atmósfera de lo sombrío, el rugir del viento y el espacio que tienen ante sí, les hace pensar en las amenazas que ambos podrían enfrentar:
Imagínate cómo será en otoño
en la oscuridad
con toda la lluvia y la oscuridad.
Un mar que rompe en blanco y negro
y solos tú y yo
aquí en esta casa
Y tan lejos de la gente.
(Alguien va a venir, Fosse)
Este alejamiento de la pareja que siempre huye de algo se encuentra presente en otro drama titulado Un Día de Verano, en donde una mujer recuerda la última vez en que vio partir a Asle, su esposo y cómo este desaparece en el mar a bordo de su barco de madera, entre la noche y la tempestad. Aquí vuelve a servir como contexto una casa antigua, el fiordo y el mar noruego:
LA MUJER JOVEN:
Bueno la verdad es que acá no pasa mucho.
Es cierto.
Pero es esto lo que buscábamos.
No queríamos vivir más allá.
En la ciudad.
ASLE:
Sí
Pero es demasiado tranquilo.
No se ve gente.
Casi no hay autos.
Apenas algún ruido de motor cada tanto.
Allá abajo en la ruta.
Por otra parte, está ese extraño presentimiento que repite la mujer y que da sentido a la obra Alguien va a venir. En efecto, ¿qué pasaría si alguien llegara? Entonces se rompería ese equilibrio de dos. Un tercero ya no es tú y yo. ¿Cómo podrán lidiar con otro sabiendo que está cerca de ellos? Esa sensación de alguien que vendrá y no los dejará sentirlos solos es la que alteraría esa realidad.
De pronto esa incertidumbre se hace certeza. Aparece el otro en la escena. Un hombre, el otro, con sus palabras, sus gestos, sus insinuaciones, su presencia. Se establece un diálogo entre ella y el otro (el extraño) que después resulta ser el vendedor de la casa que llega para conocer a los nuevos propietarios. La pareja descubre que serán vecinos, pues el lugar resulta tan desolado que la casa más próxima es la de él, quien es, sino un ermitaño, una existencia solitaria que intenta tener algún contacto con los más cercanos. El vecino se interesa por ella, la busca, la mira con deseo y trata de coquetearle, lo que provoca el giro de la trama cuando se desatan los celos del hombre y hace que, de un plano existencialista en el que estábamos inmersos, aparezcan de pronto los demonios de las pasiones humanas, y aquello que sería el hogar donde ellos estarían juntos y felices en medio de ese ambiente, ahora se torna insoportable por ese tercero que ha llegado. Lejos de ser un hogar, ahora todo es reclamo, voces altisonantes, inseguridades, acusaciones.
Por un momento, ellos se distraen viendo los muebles viejos, el olor impregnado de las cosas y así, la merodeadora presencia del otro se hace cada vez agobiante y persistente después de su aparición. El otro se retira por un tiempo muy breve y luego toca la puerta, solo después ellos descubren que tienen todo el derecho de no dejarse molestar y no dejarlo ingresar. Todos también tenemos ese derecho de no dejarnos molestar y a veces no nos damos cuenta. No abrir la puerta, no responder las llamadas telefónicas, ni los mensajes de texto, no conceder entrevistas, no aceptar invitaciones o negarse a las apariciones públicas, como lo ha hecho Fosse. Se trata de dejar que el otro se aburra y se largue, negarle la posibilidad de perturbarnos.
Al fin, la pareja entra en una habitación con retratos en las paredes, mientras el hombre sigue de pie en la puerta esperando a ser recibido. La escena está hecha de silencios y miradas (ella mira por la ventana, el vecino, que ha entrado al fin, le mira la cadera, se nos dice) y de nuevo, la pareja contempla lo que hay en derredor impregnado de abandono, de recuerdos y de una abrumadora sensación de soledad. La presencia del otro les provoca desasosiego, se intenta explicar cómo este intruso personaje que ha irrumpido en aquella tranquilidad, le halla sentido a su existencia patética en ese ir y venir en el que insiste para mostrarles la casa y fastidiarlos de esa manera con sus miramientos y sus visitas inoportunas.
Después, la pareja se distrae de su conflicto observando los retratos de los antepasados de la casa. Todo está abandonado, el olor a vejez se ha apoderado del lugar.
Fosse logra recrear en esta relación, una serie de situaciones que, por medio de los diálogos, los conflictos y el ambiente en que transcurre, le imprimen una dimensión filosófica, aunque bastante depurada de sus conceptos debido a que, en el teatro, el estilo y la prosa se desarrollan por medio de diálogos y monólogos.
Lo que quizá llame la atención en el teatro de Fosse, es que está hecho de estampas de paisajes noruegos: fiordos, las costas, el mar, las olas y las embarcaciones, son símbolos constantes en el espacio-tiempo de sus obras y poseen una categoría literaria que capta esa atmósfera nórdica tan común para sus habitantes y ese espíritu que la impregna.
Sin embargo, el sello de Fosse está en algunas escenas hechas de silencios, pausas, miradas, paréntesis, como recursos aparentemente inútiles que ha sabido aprovechar. Él es consciente de estos elementos que están presentes y ese ritmo que cohesiona con el lenguaje mediante sus frases que seguramente perfeccionó con su oído de músico cuando aprendió a tocar la guitarra y el violín durante su adolescencia.
En algunas reseñas y ensayos que se han escrito sobre este autor, puede leerse: “lo suyo tiene más que ver con la musicalidad y el ritmo”. (Diario La Tercera). “Este lenguaje esencial se traduce en una extrema economía verbal, en una escritura minimalista” (López Antuñano, 2017, p.7). Sin duda, pero también hay algo autobiográfico en estas situaciones que crea con absoluto dominio, pues creció en una comunidad rural cerca de los fiordos noruegos y de pequeño, en un salón de clase, descubrió el miedo de leer en público.
Sus frases en el teatro marcan el compás entre lo que se dice y lo que se indica, es decir, las meras referencias del escritor, lo que sucede entre los actores cuando no hablan, cuando solo miran en esos juegos de silencios y miradas a los que Fosse llamó en su discurso al recibir el Premio Nobel en 2023, como “la mera tentativa del habla” o el “discurso mudo”. De todo esto se deduce una filosofía que él mismo ha admitido, esto es, concebir el acto de escribir, la literatura, como un acto de contemplación introspectiva que significa un escape de sí mismo en donde escucha desde dentro antes de escribir y de expresarse.
