GABRIELA GONZÁLEZǁ El cine siempre ha sido un reflejo de la sociedad, sus miedos, sus anhelos, fantasías y temores, desde sus albores los monstruos no han dejado de poblar la gran pantalla. A veces vemos con condescendencia o con aires de superioridad el cine primigenio o clásico, tachándolo de ingenuo o naif, pero la verdad es que hay películas que realmente aterrorizaron a sus espectadores, películas que retratan a la perfección los horrores de la realidad, que nos enfrentaron cual espejo a la miseria del hombre y la maldad, películas que dieron forma a los monstruos y miedos modernos.

Una de esas películas fue La parada de los monstruos (Freaks, 1932) de Tod Browning, a la que el público inmediatamente calificó de demasiado grotesca. La polémica es porque muestra de forma directa, a un gran número de artistas y fenómenos de feria genuinos, personas con amputaciones, malformaciones y varias discapacidades como: unas siamesas unidas por la pelvis, “El torso viviente”, “La mujer ave”, “El medio hombre”, varias personas con microcefalia apodados “pinheads” y una pareja de enanos, en torno a la cual gira la trama.

La historia se desarrolla en un circo ambulante en Francia, una guapa trapecista seduce al enano Hans, que acaba de recibir una herencia, se casa con él con la intención de quedarse con su dinero; hasta aquí la película era casi una exhibición de seres deformes como el título indica pero luego da paso al terror. Hay un pacto de hermandad entre los “monstruos”, un pacto para sobrevivir en el mundo de los “normales”. Si te metes con uno te metes con todos. Y se desata la brutalidad.

La película se estrenó brevemente en el cine, sin embargo hoy en día es considerada un clásico de culto, inspirando a muchísimas películas, series como American Horror Story: Freak Show, o artistas como Ramones o la fotógrafa Diane Arbus que se dedicó a retratar a marginados, no exenta de crítica, y cuya foto de un par de gemelas sería la inspiración para Stanley Kubrick en su particular visión de El resplandor. La verdad es que a día de hoy sigue causando incomodidad ese desfile de desgraciados, pero aún más el hecho de que en realidad son sólo seres abandonados, excluidos, que se han visto orillados a ser explotados por necesidad y supervivencia y ver de frente el daño que producimos cuando alguien no entra en los cánones pues no nos gusta y nos produce rechazo.

Nuestra atracción por los monstruos parece ser algo innato, nos atemoriza lo que no entendemos, pero también hay cierto encanto en lo desagradable, y como todo lo que se pueda rentabilizar lo explotaremos, la gente con sus rarezas se convirtió en un espectáculo, un entretenimiento. Durante el siglo XV hasta el XVII era común encontrar “Gente de placer” en las cortes europeas, se trataba de enfermos mentales, personas con enanismo o niños con malformaciones que los nobles seleccionaban por su rareza o carácter, para servir como distracción para los miembros de la familia y las visitas; y a la vez demostrar su bondad para con los desfavorecidos. Un ejemplo claro lo encontramos en Las Meninas de Diego Velázquez

Detalle de “Las meninas”

Que te eligiera un noble o un rico era como ganar la lotería, la mayoría de la gente pobre se veía orillada a la mendicidad o terminaban siendo exhibidos en los llamados “mercados de monstruos”, un negocio tan rentable que se raptaban niños sanos a los que mutilaban, desfiguraban o encerraban en cajas de madera para mermar su crecimiento y ser vendidos.

Todo lo dicho anteriormente se cumple por completo con el protagonista de nuestra siguiente película, El hombre elefante (1980) de David Lynch, este es quizá el monstruo de feria más famoso y mejor documentado, apodado así por los numerosos tumores que llenaron su cuerpo. El horror en esta película es que es una historia real y seguro aún más terrorífico de lo que se nos mostró, pues la película empieza y se centra en el encuentro con el Dr. Frederick Treves y cómo este encuentro cambia su vida; poder contar su historia, conmover algunas conciencias y llegar hasta nuestros días.

David Lynch desde el principio quiere que conozcamos a Jonh Merrick y no al fenómeno, nos muestra la oscuridad y la dualidad de la sociedad, capaz de lo mejor y lo peor, capaz de infringir dolor a inocentes para complacer nuestro morbo y curiosidad, sin importar nuestra clase social. Es increíble cómo una persona a la que no logramos ver por su deformidad, no vemos sus expresiones, sus ojos, ni entender claramente lo que dice pero aún así nos traspasa con su ternura y compasión. A veces te preguntas porqué la vida es tan cruel con seres tan inocentes, sólo Lynch podía retratar toda la humanidad que tenía dentro El hombre elefante.

Merrick, nació en Leicester, Inglaterra en 1862; sin ninguna deformidad, estas aparecieron casi a los dos años de edad. Nadie lo quería, nadie se le acercaba, sólo su madre, pero como la desgracia nunca viene sola, muere cuando él sólo tenía diez años. El padre vuelve a casarse y su madrastra sería su peor enemiga, lo maltrata, no lo alimenta y le exige que trabaje. Empieza como vendedor ambulante, pero con ese aspecto es obvio que aquello no funcionaría, la gente se espantaba, trabajó en una fábrica hasta que los tumores se lo impidieron, es así como termina en la indigencia y luego como monstruo de feria, todo esto lo contó el propio Merrick, ya que escribió una pequeña autobiografía. 

El verdadero Jonh Merrick

Y es que era una persona sensible, culta  e inteligente. Famoso es el pequeño pero gran poema que escribió, toda una lección de dignidad y humanidad, la primera estrofa es suya y lo unió a la segunda, que pertenece a uno de sus poemas favoritos del poeta y escritor de himnos cristianos Isaac Watts.

Es cierto que mi forma es muy extraña,
pero culparme por ello es culpar a Dios;
si pudiera crearme a mí mismo de nuevo
procuraría no fallar en complacerte.

Si yo pudiese alcanzar de polo a polo
o abarcar el océano con mis brazos,
pediría que se me midiese por mi alma.
La mente es la medida del hombre.

¿Qué es un monstruo?, ¿Quién es el monstruo?, afortunadamente este concepto ha evolucionado en la cultura popular y audiovisual, algo hemos evolucionado, lo bello y lo siniestro coexisten y al pensar en un monstruo ya no pensamos en lo físico, sino en la malas acciones, violencia, malos tratos, asesinatos; porque bajo una buena apariencia se puede albergar la verdadera monstruosidad.