ALDO G. ALDANAǁ No recuerdo en qué momento aprendí a tenerle miedo a la oscuridad, y con ella a las horas nocturnas; pobladas de seres fantásticos, aparecidos, fantasmas, y eventos sin explicación alguna, o por lo menos coherente. Puedo precisar que antes las noches cercanas a la Semana Santa y las de esa misma semana también me aterraban más que otras, porque desde muy chico, entendía que durante esos días, en que Cristo moría, el Diablo y todo su séquito andaba con más libertad, para hacer de las suyas con los pobres mortales (es que vamos, que de niño uno cree que los humanos no son tan malos como el Diablo, luego nos vamos dando cuenta, y con verdadero espanto, que no es así).

Ya luego entró en mi vida Halloween, o más bien Hollywood, con Viernes 13 y Jason, Pesadilla en la calle Elm, y toda la parafernalia de aventuras estudiantiles en bosques oscuros o lugares solitarios, que siempre terminaban muy, muy mal. Y entonces mi cerebro entendía que además de Semana Santa también había que tener miedo durante el mes de octubre.

Creo que, más o menos, este imaginario colectivo que comparto con gran parte de latinoamericanos, donde la transculturización ha hecho de las suyas, ha seguido el mismo camino, transmutando, reinventándose, adaptándose y plegándose al discurso comercial del otoño, las calabazas, y el fabuloso día de brujas.

Bajo este panorama quiero comentarles sobre “El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro”, estrenado en octubre del año 2022 en Netflix, una serie de 8 episodios, independientes entre sí, que tratan de concentrar la esencia de historias de terror, pobladas de fantasmas, magia y criaturas siniestras, sin dejar a un lado los conflictos que cargan los personajes, sus monstruos internos.

El cineasta mejicano no dirige ni un solo de los episodios, pero los introduce todos, con una breve reflexión o anticipo de lo que encontrará en cada “curiosidad” del Gabinete, dando a conocer el nombre del director, ilustrado con un elemento clave en la trama del episodio y una miniatura a modo de caricatura. Comentaré tres de los que más me gustaron y las razones. 

El séptimo episodio es La inspección (The viewing), dirigido por el italiando Panos Cosmatos. Un millonario cita en su mansión a cuatro personajes dispares: una astrofísica (que me recordó a Vilma la de Scooby Doo), un escritor, un telequinético y un compositor. Este episodio sugiere desde el principio que “algo” pasará luego de ser recibidos en una peculiar y sofisticada sala de estar, que demuestra los excesos de su dueño. La conversación incluye licor y drogas, y el afán altruista del millonario por conocer la opinión de cada uno, desde sus campos de conocimiento, con respecto al objeto que les quiere mostrar. El manejo técnico del episodio, instando siempre a  que el espectador piense que algo está pasando dentro de cada uno, con planos que me recuerdan mucho a los recursos usados en la película Requiem por un sueño. Si bien es cierto que puede parecer predecible el episodio, me gustó mucho la intención de querer mostrar la desmedida ambición de este millonario, que a como mecenas obsesivo, intentan entender, tomando de sus invitados lo necesario, lo imposible, lo inexplicable. Sabe que lo que hace lo puede llevar a la muerte, pero no le importa correr el riesgo, egoístamente los llevará a todos, para él no valen nada, su conocimiento es lo único que le importa, sin importar que todo termine mal. 

Sin temor a equivocarme como tercer episodio fue el titulado Afuera dirigido por Ana Lily Amirpour. Acá es posible destacar como la aparente tranquilidad de una historia cotidiana, una mujer que en su trabajo siempre se siente fuera de lugar por su físico, destacando la figura de sus compañeras, que son un claro guiño a ese prototipo de mujer que Hollywood nos vendía muy bien en los ochenta, rubias, perfectas sofisticadas, guapas, sexys, y nuestra protagonista, con una puesta de maquillaje y juegos de cámara geniales, que acentúan su rasgos nada agradables. Iniciará un viaje a su autodestrucción, donde se combinará lo paranormal y la fantasía, ilustrando el precio que le toca pagar a todas aquellas personas que no logran resistir la presión de afuera, del que dirán, de la necesidad de aceptación, de encajar. La intención de este episodio no es otro que alcanzar del espectador una reflexión, la necesidad de empatizar ya resulta imposible con la protagonista, que no se detendrá por más que le digan que tiene habilidades que la pueden colocar sobre sus compañeras idílicamente perfectas (aunque una de ellas sea asesinar animales para disecarlos, en lo que es verdaderamente un prodigio). Cuando hablaba de la ilusa visión que los niños tienen de los adultos que pueden ser menos peligrosos que los fantasmas me refería a la perturbadora complejidad que encierra la mente humana, la capacidad que esta raza ha demostrado de darnos muestras de los peores actos monstruosos que se pueden imaginar, teniendo origen, sin lograr justificación, en la más absoluta de las soledades. La protagonista de esta historia llevará la necesidad de embellecer lo de fuera sin importar que su interior sucumba a la maldad absoluta. 

Y ya para terminar, El sueño de la casa de la bruja dirigido por Catherin Harwicke, basado en un cuento de Lovecraft, donde se aborda un monstruo, rara vez tomado en cuenta en nuestro trato razonado con los temores, desechado incluso como un problema digno de nuestra atención, banalizado al punto de no entender a sus víctimas, hablo del duelo. Si bien es cierto que en el último episodio El murmullo, que se basa en un relato de Guillermo del Toro, también se aborda el duelo, me conmovió un poco más la vida del protagonista de El sueño de la casa de la bruja, interpretado por Rupert Grind (Ron Weesley para los potterhead). Un hermano que nunca fue capaz de sanar la partida de su hermana, tanto así que dedicó su vida a estar y buscar siempre el contacto con ella, con su fantasma y luchar por regresarlo a la vida a cualquier precio. El duelo se vive en distintas situaciones, no solo relacionado a la muerte, el colapso de una relación amorosa, de una amistad de años, el despido repentino de un trabajo al que has dedicado esfuerzo y dedicación, la pérdida de una mascota, el perder algo, te coloca en una situación de sanar una herida que se abre; es un camino tortuoso, del que nunca se tiene la seguridad plena de terminarlo nunca, y de que, dependiendo las circunstancias podría sobrepasarte. Tal es el caso del protagonista de este episodio, renunció a su vida por el deseo único de volver a ver a su hermana, de rescatarla del lugar donde está, para ello invertirá sus años luego de la muerte, siendo parte de sociedades espiritistas, siguiendo cualquier pista, lo que lo llevará a enfrentarse cara a cara a la maldad, ilustrada por la siniestra bruja en un bosque de almas perdidas. 

Si bien es cierto que el resto de relatos plantea una necesidad apremiante de entender lo que nos inquieta, lo relacionado siempre a la oscuridad, es decir a la ausencia total de luz, eso que se nos está velado, me concentro en estos tres porque esos monstruos que pueden causar el peor de los daños, siempre nacen en el corazón de una mente, a veces lastimada, a veces adolorida, a veces necesitada de atención, afecto o escucha. La monstruosidad de la raza humana inquieta menos si se cuenta a través de fenómenos paranormales, porque horroriza aún más escuchar la metódica forma de matar que asesinos seriales aplican, o la forma de captar utilizadas por abusadores de todo tipo para someter a sus víctimas, para encontrar placer.

Desde siempre ha sido atenuante para la sociedad mandar a la oscuridad a las criaturas nacidas en la mente humana y las puntuaciones del mal por sus acciones. Así es cada gabinete que Guillermo del Toro nos va abriendo, las curiosidades al final nos resultan tan conocidas, tan actuales que nos llenan de espanto, más que las ratas de un cementerio, más que un demonio de otro siglo encontrado en los tesoros de un lote de cachivaches misteriosos, más que una pintura monstruosa que cobra vida, más que pájaros que nos mandan mensajes de fantasmas. Al final del día nuestra mente y nuestra almohada son los que nos esclavizan y tienen el poder de dirigir lo que haremos al día siguiente.