GABRIELA GONZÁLEZǁ El embarazo es algo bastante delicado, mágico, estamos creando una nueva vida, pero también, si lo pensamos, es tétrico, hay alguien creciendo en tu interior y se alimenta de vos, creándose una simbiosis; lo que hagas le afectará y viceversa. Bien podría ser uno de los mayores terrores para una mujer, que eso que está dentro quiera dañarte, que sea un monstruo dispuesto a acabar contigo desde adentro.
La historia de El quinto hijo de Doris Lessing, empieza con una joven pareja, ambos se caracterizan por ser conservadores, por ir a contracorriente. En el Londres de los sesentas, del rock, hombres con cabellos largos, mujeres en minifalda y de la liberación sexual, ella presume que sigue siendo virgen, aguardando al que será su marido y él presume de ser tradicional, de buscar una mujer para el matrimonio y querer muchos hijos y criarlos “como antes”. Se conocen en una fiesta, en la que obviamente ninguno está bebiendo, mucho menos bailando ni participando de la algarabía. Se casan inmediatamente e inmediatamente se queda embarazada.
Podríamos decir que se trata de dos idealistas, dos inocentes que quieren crear un mundo aparte. Pero en realidad me hizo pensar en esos movimientos de jóvenes que están teniendo impulso en las redes sociales, de chavalos que exigen o esperan, sin ellos serlos, la virginidad en sus parejas, con un discurso misógino y retrógrado o las “Trad wifes”, esposas tradicionales, que aspiran a vivir, al menos mientras están encendidas las cámaras, como en los años cuarentas y cincuentas. Década muy idealizada, sobre todo por los anglosajones, que aún no quieren creer que esas postales idílicas sólo eran propaganda comercial e ideológica en el contexto de la guerra fría. En cada época habrá estúpidos reacios al cambio y a la evolución, que se adhieren a cualquier tontería para parecer listos, pertenecer a algo y poder crearse una personalidad en torno a eso.
Pero la pareja parece feliz, nace su primer hijo, incluso las familias de ambos, antes en desacuerdo con sus prisas, celebran y se unen; así hasta que tienen cuatro, dos niños y dos niñas. Entonces Harriet decide parar, tener un descanso, la meta es tener al menos seis u ocho hijos pero está exhausta, pues un embarazo desgasta y la realidad se impone, esa felicidad sabíamos que acabaría, hay una tensión subterránea, que se siente entrelíneas. Surge un imprevisto, Harriet está nuevamente embarazada.
Este embarazo es distinto, el feto es muy fuerte, la maltrata, siente como “pezuñas o garras” rasgando su piel; siente que quiere salir antes de tiempo. Cuando las cosas no te salen a como planeas, se busca culpar a alguien, aunque sea tu hijo. Empieza a sentirlo como su enemigo, teme lo peor y con el parto se cumplen sus presagios, el bebé es “musculoso, amarillento, largo”, con “ojos de un amarillo verdoso” y “gruñe, resopla y ruge”. Es incapaz de responder a sus muestras de cariño, todo de parte de él le parece una agresión. Su fuerza es descomunal, igual que su hambre, sus hermanos le temen. Ben, el quinto hijo, ha llegado para destruir a su familia.
En este punto de la trama me es imposible no pensar y comparar con Tenemos que hablar de Kevin de Lionel Shriver, el cómo esas dos madres son incapaces de generar una conexión con sus hijos, están cansadas, el cansancio puede hacer que cualquier cosa parezca siniestra, la hostilidad del día a día va abriendo una enorme brecha. En ambas novelas los niños al crecer se van haciendo más malvados, más fuertes, van aumentando las agresiones, mascotas que repentinamente aparecen muertas. A diferencia de Ben, la monstruosidad de Kevin sólo es mostrada a su madre. Y se nos muestra el dolor de ambas, el reproche de todos por haber parido a un monstruo. Pero que el lector no espere una presencia demoníaca como en El bebé de Rosemary de Ira Levin, la naturaleza de Ben nunca nos es descubierta.

Lo que empezó como una historia con tintes de terror corporal, es también una crítica a esos burgueses que con el dinero de sus padres ricos pueden permitirse sus caprichos, casas enormes y costear la manutención y educación de todos los hijos que quieran tener, pero que dan lecciones de crianza, cuando no se ocupan ellos realmente del cuidado de sus hijos. Esa gente que con superioridad presume de no ver televisión, de que sus hijos tampoco y que los entretienen con juegos “como antes”. Pero que en cuanto uno se sale de sus cánones de belleza o comportamiento, es excluido y cualquier cosa vale con tal de tenerlos fuera de sus vidas.
Y aquí está otro punto crucial, el desprecio por lo distinto, Doris Lessing con maestría, en un principio nos hace temer por la familia, pero poco a poco vemos a esas víctimas como verdugos, toda la familia, todos, desprecian a Ben, nadie se esfuerza, ni siquiera hacen un mínimo intento por comprenderlo, por integrarlo. Como cualquier niño, Ben aprende por imitación pero sus hermanos no quieren esos horribles ojos ni su expresión de idiota fija sobre ellos. Paul el cuarto hijo es demandante y dependiente, siempre quiere atenciones, todos lo miman porque es lindo, mientras que Ben, que es independiente, es rechazado por que es feo. Desgraciadamente hay muchas familias con estas dinámicas. Todos contra uno.
Otro tema que lo impregna todo, es la maternidad, el sentir que nunca nada es suficiente, ser consciente de que tu hijo es monstruoso y desagradable, que sólo te genera asco y repulsión. “Babadook” (Jennifer Kent, 2014) es una película que aborda muy bien la oscuridad que se puede albergar en las relaciones madre/hijo, ese amor/odio. Harriet salva a Ben de una institución donde David su marido lo ha internado, un lugar horrible y frío donde se deja morir a niños deformes, pero es incapaz de estar a su lado y cuidarlo, lo deja en manos de extraños, que vague por las calles. Lo que podría ser un acto heroico y de redención, es en realidad un acto para demostrar que ella es buena, debe elegir entre ser una buena persona, no quiere esa muerte en su conciencia, o ser una buena madre para los demás hijos; con ese acto se hundirá por completo la familia, nadie se lo perdona, todos se alejan, es la desintegración total.

Este es un libro que nos trae desde la luz y la esperanza, hasta las tinieblas y la destrucción. Quien conozca un poco la vida de Lessing encontrará una capa más en esta lectura, ciertos paralelismos, ella dejó a sus hijos mayores con su padre al divorciarse, para poder seguir sus ideales, tiene un tercer hijo con el que parte de Zimbabue a Londres y así dedicarse plenamente a la escritura. Hecho que nunca dejó de lamentar y que siempre está presente en su literatura. Este libro da para mil interpretaciones, muchos críticos lo comparan con Frankenstein o La metamorfosis, ojalá llegara a esas cotas de popularidad y se leyera más, a pesar del Nobel, sigue siendo de esas autoras que permanecen en el plano de lo académico. Esta es una historia imprescindible sobre conflictos familiares, para entender que la maternidad como todo, puede ser una bendición o una maldición, un obstáculo o plenitud. Cuenta con una continuidad llamada Ben en el mundo, imposible de encontrar traducida, pero cuando la lea, continuaré contando sobre este fascinante y enigmático ser.
