GABRIELA GONZÁLEZǁ El 20 de mayo de 1898 en Buenos Aires aparecía publicado en el periódico El Tiempo un artículo firmado por Rubén Darío, titulado El triunfo de Calibán, famoso por contener frases como: “No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros”. Tan severas palabras están dirigidas a Estados Unidos, pues en abril, tan sólo un mes antes, habían declarado la guerra a España, con el fin de hacerse con el control de Cuba, guerra que como sabemos acabaron ganando, y que no sólo se quedaron con la hegemonía sobre esta isla, sino también con la de Puerto Rico y Filipinas. El artículo causa revuelo y es posteriormente reproducido en varios diarios, revistas y demás publicaciones de la época, pues recoge la preocupación del resto del continente ante el expansionismo estadounidense. 

Curiosamente, compara a Estados Unidos con Calibán y a Latinoamérica con Ariel, ambos personajes de La Tempestad de William Shakespeare, y digo curiosamente, porque si leemos la obra, seguro que arrugaremos el ceño al descubrir cómo son cada uno y esa comparación nos haga ruido. Obviamente no es necesario haber leído a Shakespeare para entender el mensaje del artículo, pero haciéndolo todo toma otro sentido y analizaremos la profunda diferenciación que marcó Darío entre estas dos culturas enfrentadas en América, la anglosajona y la latina; pero no latina como la entendemos ahora, sino lo que era en su tiempo, lo latino como heredero de Roma y por ende de la Grecia clásica. 

En La Tempestad, Ariel y Calibán son dos esclavos de Próspero, el antiguo duque de Milán que fue traicionado por su propio hermano, y junto a su hija Miranda es expulsado y terminan naufragando en una isla; una isla en la que somete a sus únicos dos habitantes, por un lado, Ariel, que es un espíritu que ayuda fielmente a Próspero, en sus conjuros, en lo que inicialmente creemos son sus planes de venganza y retorno. Shakespeare mezcla magia y realidad; por el otro lado el nativo y demonizado Calibán, que se considera dueño de la isla y por lo tanto odia a Próspero. Sus diálogos son maravillosos, es imposible no celebrar las respuestas y ataques de Calibán contra Próspero: “Esta isla me pertenece por Sicorax, mi madre, y tú me la has robado. Cuando llegaste aquí, me acariciaste, me adulaste, me diste agua con bayas, y me enseñaste los nombres de la luz mayor y la pequeña, que alumbran el día y la noche; y así fue como te amé y te mostré las cualidades de la isla, las fuentes de agua dulce, los pozos salados, las tierras fértiles y las baldías… ¿Qué gané yo con eso? ¡Maldición!”.

“Tú me enseñaste el lenguaje, y mi único provecho es que ahora sé maldecir. ¡La peste roja te lleve, a ti que me has dado palabras!”.

La Tempestad es considerada la obra más enigmática de Shakespeare y se interpreta como una reflexión sobre el colonialismo y las luchas por el poder. Al ser la última escrita en solitario por el dramaturgo, muchos ven en ella la suma de todos sus conocimientos y en el último monólogo Próspero se despoja de su magia y hace un alegato directo al público, despidiéndose, se siente como un adiós del propio bardo. Estrenada en 1611, mientras se desarrollaba La Conquista de América, el nombre de Calibán viene de caníbal, Shakespeare sólo jugó con las letras, esto nos retrotrae a Colón llegando a las Antillas y su errada comprensión fonética al confundir Caribe con Caríba degradando en caníbal, convirtiendo esta palabra en sinónimo de antropofagia, ya que estas tribus hacían ingestas rituales de sus adversarios para adquirir sus habilidades y convertirse en guerreros más fuertes. Calibán es lo primitivo, lo salvaje.

A medida que avanzamos vemos también la similitud con la historia de la conquista de México o Perú, Ariel a la llegada de Próspero se encontraba bajo un hechizo de Sicorax y este lo libera; al igual que muchas poblaciones fueron liberadas por los conquistadores del yugo de los Aztecas e Incas, pero que fueron igualmente sometidas. Ese llegar en son de paz, el nativo recibiéndolos con hospitalidad, tal como se atiende a un visitante, para ser luego esclavizados y despojados; la traición tal y como denuncia Calibán. Ariel no insulta, trabaja con diligencia; cuando pide la prometida libertad, Próspero le recuerda el tormento en el que se hallaba y Ariel termina agradeciendo siempre. Indignante. 

Todos los estereotipos y estigmas que los colonizadores atribuyeron a los indígenas están presentes en Calibán, su tozudez, su inclinación al vicio, creerse de alguna manera inferior, y por ende necesitar siempre un amo, pues a la llegada de nuevos náufragos quiere cambiar a Próspero por Stefano, está presente también la idea de que sólo aprendían a la fuerza, para justificar así el horror, la tortura y la barbarie: “Esclavo mentiroso, te mueve más el látigo que la bondad”. Shakespeare nos muestra así, dos tipos de dominados, el leal y el rebelde, el que agradece y el que maldice.

Pero Darío no da este enfoque en su comparación, él apela a la cultura, al carácter, a lo humano, estamos hablando de un poeta, para él lo importante son las ideas, de ahí su predilección por Ariel. Cuando comparaba a Estados Unidos con Calibán se refería a la fuerza bruta, pues Ariel es un ser elevado, es el servidor de las ideas, representa el espíritu y el intelecto. Darío ve lo latino como encarnación de la belleza y la moral. Mientras que Calibán encarna a la materia, es el esclavo obrero, el del esfuerzo físico, representación de la producción industrial, del consumo y que a su vez es rastrero. 

El que compare a Estados Unidos con Calibán es una idea que ya había planteado en Los Raros, en la semblanza que hizo de Edgard Allan Poe, del que dice “un fenómeno literario y mental germinado en una tierra ingrata”, aquí también como en el artículo muestra la necesidad de dejar fuera de sus ataques a Poe y a Whitman, algo que me resulta por lo menos curioso y entrañable. En esta semblanza utiliza también el término de “ciudades de hierro”, que usa posteriormente en el poema A Roosevelt, describe también el caos y el ruido de las ciudades. “Calibán reina en la isla de Manhattan, en San Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con Edison, hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de Chicago. Caliban se satura de Whiskey, como en el drama de Shakespeare de vino”. Aquí compara a Poe con Ariel, aquí se centra en lo grotesco que puede resultar Calibán, todo queda en el plano de la moral, dejando de lado toda la razón que puedan tener sus palabras y reclamos a Próspero.

Y aquí es donde surge la gran contradicción: Identificarse con lo latino, es dejar de lado lo indígena, toda nuestra identidad, lo autóctono, a los afro descendientes y la propia mezcla de todo esto por adoptar una visión eurocentrista, sobre todo cuando Europa ha luchado y sigue luchando por la pureza de las razas, por no mezclarse. La mayoría de sus países han tenido y siguen teniendo políticas racistas, en extremo nacionalistas y chovinistas.

Sí, conservamos algo de la leche de La Loba, hablamos la lengua latina pero no por elección, no dejaron que nuestra cultura se desarrollara en paralelo con la española, nos aculturizaron, se esforzaron en europeizarnos. Hay tan pocos vestigios de lo precolombino y no sólo en lo material. Es chocante también el renegar de Estados Unidos para halagar a España, que no fue mejor que Inglaterra en lo que respecta a sus colonias.

Darío no es el único que piensa de esa manera, es una corriente traída desde Europa, ese enfrentamiento entre lo anglosajón y lo latino, desde las guerras que ha tenido históricamente Inglaterra contra Francia y contra España, y que en el nuevo continente se materializa entre la América anglosajona y la latina, como con todo, vinieron a reproducir sus conflictos a nuestra región. Para Rubén ser anglosajón es no tener cultura intelectual y lo latino es sinónimo de la moral y el intelecto de la antigua Grecia. Los que pensaban como él lo que querían era que nos desvinculáramos de Estados Unidos y nos esforzáramos en salir adelante por nosotros mismos, sin compararnos ni anhelar su estilo y ritmo de vida; desde entonces ya se veía que ese capitalismo no era viable para el resto del continente.

Darío identificó a Estados Unidos como nuestro enemigo, efectivamente, pero por las razones erradas, hay que entender ese cierto complejo de inferioridad, aún en los intelectuales de la época, pues desde siempre se ha hablado de América como El Nuevo mundo”, el de las democracias y sociedades jóvenes, lo que implica esa condescendencia europea, como si nuestra historia apenas empezó cuando ellos nos invadieron, que aún siendo un ilustrado, un artista, para ellos era un indio que había aprendido a leer, que se nutrió de los maestros de “El viejo continente”. Es cierto que la identidad es algo que se asume y no parte precisamente de la lógica, aún hoy, por ejemplo en León, que es mi ciudad y puedo hablar con propiedad, hay familias que se perciben europeos, distintos al resto, a los aindiados sutiaveños, por ser blancos y vivir en el centro o en las partes viejas de la ciudad, se creen descendientes de Pedrarias Dávila o de la mismísima Isabel La Católica.

Este artículo Rubén lo escribe también como apoyo a varios políticos e intelectuales que se mostraron contrarios a la guerra y que habían participado en La Conferencia Internacional Americana, celebrada en Buenos Aires y que menciona en el propio escrito, entre ellos estaba su admirado amigo Paul Groussac, ese al que en Prosas Profanas, un par de años antes había dedicado Coloquio de los centauros. El artículo creó una corriente de pensamiento, dos años después el uruguayo José Enrique Rodó escribió Ariel, explayándose en las ideas ya expuestas por Darío, dando paso al Arielismo.

Debían de pasar muchos años para resignificar el concepto de Latinidad e invertir nuestra identidad, ver a Calibán con otros ojos e identificarnos con él y no con Ariel, hoy en día no apelaríamos nunca al eurocentrismo, ni a esa concepción aristotélica y sustancialista que ve la identidad como algo puro, o sos Ariel o sos Calibán, sos indio o europeísta, latino o americano. Pensar así nunca nos ha sido conveniente, nunca nos ha potenciado, es absurdo que desde América nos sintamos españoles, franceses o italianos, todo lo contrario, nos sentimos orgullosos de nuestras raíces y de las mezclas, que al fin y al cabo es lo que ahora somos. 

Es pasmoso ver cómo cada uno de esos temores y denuncias hechas en El triunfo de Calibán se cumplieron, y siguen vigentes, valiéndose del Pan-Americanismo, en todo el siglo XX Estados Unidos apoyó e instauró gobiernos que sirvieran a sus intereses, provocando grandes crisis sociales y políticas que estallaron en guerras, impidiéndonos un desarrollo justo en todos los aspectos. Ese “América para los americanos” de la doctrina Monroe ha mutado en “Make America great again” y se pretende materializar en la construcción de un muro en su frontera sur, para esterilizarse de México y por ende del resto del continente. Ya la guerra comercial no es sólo con latinoamericana sino global. 

Al igual que con Ulysses S. Gant y Theodore Roosevelt este nuevo gobierno estadounidense será un gobierno de las corporaciones. Darío habla de empresarios de los ferrocarriles y especuladores como Jay Gould o James G. Blaine, hoy el norte nos sigue amenazando, los  nombres de los magnates han cambiado, hoy se habla de Elon Musk, Mark Zuckenberg o Jeff Bezos, todos alineados y apoyando a la nueva presidencia que será beneficiosa con sus intereses. Nunca ha habido una fortuna de tal calibre como la de Musk; ni Rockefeller, Ford o J. P. Morgan, es una configuración total hacia lo económico, todo el poder en manos de una sola persona que ha demostrado tener ideas peligrosas para los derechos y libertades humanas. Desde sus tribunas y empresas la mentira es un modus operandi, la realidad deja de ser importante, sólo importa lo que se consigue con esas tácticas, nada es casual todo es medido, son empresas que venden y trafican con el odio, cuentan con personal pagado y cualificado para extender sus fakes news en la red y mantener así el poder, dirán lo que les aporte votos y lo consiguieron.

He empezado a ver hilos en X que finalizan con alabanzas a Musk, “protector de las libertades”, “líder del futuro”, que nos llevará a Marte, sí, a ti pequeño troll de internet; todo muy mesiánico, inquietante y demencial. Te entiendo Darío, más de cien años después y vivimos la misma zozobra, el continente siendo machacado y dejándose guiar por los intereses del norte; continuamos siendo los dominados. En el orden mundial eurocentrista y anglosajón, no dejamos de ser una región pobre, hay que asumirlo, somos de aquí y eso no es victimismo, es aceptar que no manejamos el mundo nosotros, no somos centro de poder y ni siquiera nos acercamos a tal posibilidad. Hemos sido y seguimos siendo la eterna promesa, donde todo está por hacer. 

Pero hay quienes me digan: “¿No ve usted que son los más fuertes? ¿No sabe usted que por ley fatal hemos de perecer tragados o aplastados por el coloso? ¿No reconoce usted su superioridad?” Sí, ¿Cómo no voy a ver el monte que forma el lomo del mamut? Pero ante Darwin y Spenser no voy a poner la cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo la gran Bestia”. 

Darío, son éxodos masivos, a diario perecen muchos en los desiertos, ríos y carreteras, intentando llegar a esa tierra prometida, México se ha convertido en una inmensa sala de espera para poder entrar a Estados Unidos y con nuestra humanidad y esfuerzo inmolarnos y seguir alimentando a Behemot.