ALDO G. ALDANAǁ A finales del año 2023 una amiga que vive fuera del país, quería regalarme un libro, traérmelo. Me escribe para que le dé un título, por esos meses aún resonaba el premio nobel de ese año Jon Fosse (1959), y sobre todo la editorial Decanatus, por tenerle en su catálogo. Con la intención, no tanto de tener un libro de Fosse, sino por ver qué más tenía la editorial me fui a su perfil de Instagram y que me topo con esta obra, del escritor estadounidense Percival Everett (1956) y su novela de 2021 Los árboles, en noviembre tenía mi ejemplar, pasaría un año para que lo leyera.

Durante la pasada navidad, 2024, disfruté de esta lectura, un libro que, la primera sensación que me produjo fue de desconcierto. Superada la sorpresa de descubrir la ironía sagaz  y satírica de este escritor, a su vez es de aplaudir la traducción, tanto que logré conectar con el humor plasmado en escenas y diálogos tan bien construidos, que fluyen ligeros, capítulos cortos que encierran episodios concretos que van abonando al discurso crítico que esta obra esconde, y que es lo que te desconcierta al final. La venganza como pretexto para reírse de un arquetipo histórico nacional, valiéndose de un ejército zombi, sí, zombis y encima negros (también hay de ojos rasgados y piel amarilla, no solo a negros han matado los blancos).

El desconcierto vino precisamente cuando, a medida que la lectura avanzaba, como lector fui entendiendo, no a una novela policiaca, lo que parece a primera vista por un asesinato sin explicación y con un supuesto autor que también está muerto; tampoco una novela gótica, por el horror descrito y la desaparición de los cadáveres de los presuntos asesinados. Los asesinatos se repiten en la pequeña localidad de Money, Missisipi donde todo inicia; con el discurrir de las páginas el lector va entendiendo que, a modo de una fantasía caballeresca, o una sátira de la misma, estamos ante una historia de venganza, una venganza utópica de negros que fueron asesinados durante años no solo en Money, sino a lo largo y ancho del país de las barras y las estrellas, paladín de la libertad y la democracia, que cobija al Ku Klux Klan, que también votó a Trump. 

La comedia nace en Grecia, luego el género se extenderá al imperio romano, y aunque en principio era parte de fiestas religiosas, pronto se convirtió también en un medio de denuncia, a través de la risa se ridiculizaba el poder; el poder del emperador, el poder del rey, el poder del papa y en esta novela, el ego del supremacista blanco, que sigue teniendo miedo y asco a las personas negras. Pero es que acá radica lo desconcertante de este libro, la risa gira en torno a una tragedia, a lo absurdo de la segregación, a lo aberrante de su permanencia, de su existencia perpetua.

Es por eso que Gertrude, uno de los personajes dice que “La indignación americana siempre es teatro”, por que olvida, o más bien, porque, hablando de los genocidios “cuando se cometen despacio y a lo largo del cien años, nadie los ve”. Y entonces se me vino a la mente la cantidad de novelas que llevan en su título Auschwitz,  o Gestapo (hace poco me regalaron uno), y aunque es cierto que Hollywood ha hecho lo propio llevando al cine varias historias relacionadas con la segregación, al final del día te das cuenta de que estás más propenso a llorar por un niño que usa uniforme de prisionero y por otro que lo entiende como una pijama, y te incomoda más la crudeza en la que crecen dos hermanos uno llamado Claus y el otro Lucas, o, como es el caso de esta novela, donde el humor también es posible, en medio del horror, un horror que sigue siendo parte de la actualidad que todos entienden como más civilizada que las generaciones de mediados del siglo pasado. 

Precisamente es ese genocidio, que produjo frutos extraños en los árboles del sur de Estados Unidos, del que habla Gertrude y que da nombre a la novela; árboles, testimonio de vida, trono de la muerte; esto es lo que se vislumbra como telón de fondo, como una cuenta pendiente por cerrar, gritando a través de la historia, y de las historias de cada uno de los protagonistas de ese genocidio,  la justicia aún no se había hecho presente para ninguno de ellos, por eso es que Mama Z, otro de los personajes de esta novela nos  increpa diciendo “Porque si queréis conocer un sitio, tenéis que hablar con su historia”

Mama Z había apilado un registro extenso que recogía los nombres de todos los linchamientos y asesinatos por segregación racial acaecidos en el país a lo largo de casi un siglo, todos los asesinados eran importantes incluso a los que no se les conoció el nombre, “Varón desconocido es un nombre –dijo la anciana–. En cierta manera, es más que un nombre que todos los demás. Le quitaron más que la vida” 

Una absoluta revelación ha sido para mí Percival, un escritor capaz de insertarnos en la intimidad de hogares estadounidenses de clase media y baja, que nos llevará a la oficina oval de la Casa Blanca, caminando entre escenas de crímenes, donde no basta con asesinar a blancos, cercenar sus partes nobles es el punto culmen de la burla a la historia que un país entero construye, minimizando los horrores, justificando los errores, y marchando hacia el frente, escapando de fantasmas que siempre le perseguirán. Magistral es la forma en que el autor termina la novela, una apelación a tu moral, a tu conciencia histórica y a tu posición ante los eternos nichos que perpetúan la discriminación. Resonarán en mi mente las palabras de Mama z al final del libro: 

¿Queréis que la haga parar?