ALDO G. ALDANAǁ Cuando un libro te resulta abrumador, pero sobre todo, cuando al terminar de leerlo te das cuenta que era tu perspectiva de lector la que no estaba preparada para un tipo especial de literatura, esa que, como el buen cine, con un fotograma te inserta cantidad enorme de información que a primera vista no eras consciente, te terminas enterando que una novela no solo es relatar una historia, que detrás de una imagen no solo está el fin de provocar sentimientos someros, no, algo se termina quebrando dentro de tu cosmovisión cuando el libro te absorbe  y te hace parte de la tragedia que se desdobla ante ti. Ese fue el embrujo que provocó en mi “La canción de Salomón” de la escritora norteamericana y premio Nobel de Literatura, Toni Morrison.

El inicio de esta novela no es precisamente idílico, en mí, desde las primeras páginas se dispararon las expectativas de lo que vendría, y a medida que avanzaba, y las escenas se iban sucediendo con saltos tan etéreos que a penas y lograba captarlos, las preguntas eran más del tipo ¿Qué me estas contando Toni? ¿Dónde me quieres llevar con esto? ¿Cuál es tu discurso? Y no es porque no me dijera nada el libro, por el contrario, en un párrafo es posible encontrar varios temas inmersos en un diálogo de pocas líneas, logra Toni de forma magistral hundirnos en la intimidad de un personaje: En algún lugar en su interior seguía viva, y la prueba de ello radicaba en que una cosa que conocía íntimamente siguiera existiendo ante su vista… ¿Tienen idea de qué es esa cosa que le devolvía la certeza de su existencia a Ruth? Una cosa insignificante, un elemento tan diminuto en su hogar que te deja insomne por un momento, porque intentas entonces buscar cuáles son tus certezas, y si estas son materiales igual que las de Ruth.

Ruth, es apenas la punta de lanza de la novela, ella y su cuñada Pilatos (es que se van a reír del porqué de su nombre, pero no solo es lo cómico del asunto, es lo que engloba el acto en sí). La historia también va de las dos hijas de Pilatos, Reba y Agar, y de la familia de Ruth, Macon Muerto II, su esposo y hermano de Pilatos, y de sus tres hijos: Magdalena, llamada Lena, Primera Carta de los Corintios  y de Macon Muerto III su hijo menor, llamado Lechero. (Que les digo en serio que los nombres y apellidos cargan una memoria histórica que incluso ya hemos olvidado, que quizás perdamos un poco de la intención de algunos nombres como el Macon que en inglés es Milkman, por la traducción que de ellos se haga). Y aunque bien pronto la historia se centra en la íntima amistad entre Lechero y Guitarra Bines, nunca deja del lado todo el panorama completo de vidas que se van conjugando, bailando al ritmo de la Canción de Salomón. 

¿Cuánta violencia puede cargar una comunidad a cuestas, una familia? La raza negra en Estados Unidos podría darnos un dossier amplio sobre este tema, en formas, rasgos, procedimientos y evolución, nunca será posible abarcarla toda, pero Toni Morrison hace que sintamos que las bases de esa historia, que de manera somera sabemos (que el sur era segregador) están personificados en estos personajes que precisamente buscan en sus pasados la intención de seguir caminando, deconstruyendo, los vemos con sus facetas, dolores, vicios, fetiches que consuelan sus amarguras, perspectivas y sentidos que dan a sus acciones, y la construcción de sus propias certezas o de ser el caso de la búsqueda de las mismas, es así como entendí el porqué Morrison, luego de escribir una escena, se podría decir que hasta cierto punto, cotidiana y tierna, cierra un párrafo diciendo “Se estaba convirtiendo en una costumbre concentrarse en eso que ocurría a sus espaldas. Casi como si no tuviera un futuro por delante”.

El tema de la historia, el tema de la violencia y la necesidad de justicia, la amistad, y por supuesto la ausencia del amor, serán las vías por las que Toni Morrison nos hará recorrer y conocer a sus personajes, sus extremos, sus partes más hondas, oscuras y terroríficas; los impulsos que los harán llevarlos a situaciones sumamente tristes, complejas y quizás de cierto goce, pero al final, da la impresión de que primará en ellos un cierto pesimismo: “En cierto modo estaba celosa de la muerte. Dentro de aquel dolor que sintiera con la marcha de su padre había algo de rencor, como si él hubiera elegido por voluntad propia algo más interesante que la vida, una compañera más atractiva que su hija y la hubiera seguido deliberadamente cuando aquella la llamara”. Estas líneas muestran de cómo incluso los temas incómodos son abordados con la intención única de que, si es posible, entender que más allá de una acción que podamos reprobar, siempre habrá un motivo más perverso detrás, pero valiéndose de una construcción de personajes y más que todo una reflexión sobre la persona misma “No sabía cómo debía sentir hasta que hubiera averiguado cómo debía pensar”.

Qué decir de las referencias, lo que a Toni también le parecía inaudito: “Le lincharon ¿no?, está muerto, ¿no? ¡Y todo porqué silbó al coño de una Scarlett O´Hara!”, el tema de la violencia racial no puede estar fuera, “La naturaleza te diría que no. No, un negro nunca sería un huevo. Podrá ser un cuervo, si quiere. O un mandril. Pero un huevo no. Los huevos son difíciles, complicados. Y frágiles. Y, sobre todo, blancos”. ¿Estamos ante otra novela de denuncia sobre la situación racial en Estados Unidos?, pues sí y no, porque otra novela más no es, es la Novela.  

Es y será la violencia, el tapete final donde todas las emociones terminarán siendo depositadas, la misma que ha condicionado desde siempre la forma en que nos relacionamos. Es al final esta novela todo un trabajo de reflexión que la autora nos planta de manera sublime, y como lectores nos dejamos llevar por su pacífica forma de contarnos una tragedia, un abandono, un asesinato, y el dolor, el dolor mismo de toda una generación que se resistirá a avanzar porque no era posible el avance mismo, es como si la resignación doliera más que el dolor provocado por la negación,  porque no hay ni buenos, ni malos completamente, solo las condiciones necesarias para la maldad, las cuales siempre serán mayores “…y de pronto le pareció mirar, no a una persona, sino a un impulso, a una célula, a un corpúsculo rojo que ni sabe ni comprende por qué se ve obligada a dedicar su vida entera a un solo fin: nadar a lo largo de un oscuro canal hacia un músculo del corazón o hacia un nervio del ojo al que alimenta y del que a su vez se nutre”, y es en ese eterno viaje en el que se mueven los personajes, las eternas búsquedas que no entendía del todo, pero que la clarividencia, sobre todo de Ruth y de Pilatos, lograban atisbar, un poco entender, pero no por eso dejarse llevar también por sus sentimientos, será lo que hará carecer a esta novela del héroe clásico que termina sonriendo, o se inmola por los demás. 

La muerte se paseará desde el inicio y quedará suspendida en la escena final, esa cita única, a la que el padre de Pilatos el primer Macon Muerto, se resistía a concretar, y por eso parecía volver del más allá con el único propósito de mencionar el nombre de su mujer, ¿Quieren saber su nombre? Era “Cantar”.

Toni Morrison nace en Nueva York en 1931, en esa misma ciudad muere en 2019, recibió el premio Nobel de Literatura en 1993, y publica ésta, su tercera novela, en 1977. No diré que la leí de una sentada, es imposible, y es injusto a la vez, pues ante un libro tan demandante, hay que dejarse embelesar por todo el trabajo que hay tras cada escena descrita, tras cada diálogo plasmado, tras una realidad contada.