GABRIELA GONZÁLEZǁ Con Dientes blancos (2000), Zadie Smith entró por la puerta grande a la literatura. Una novela larga y ambiciosa, difícil de resumir, ya que hay tantos personajes y tantas historias, nos lleva y nos trae en el tiempo, desde la Segunda Guerra Mundial, con matrimonios y divorcios; nos lleva desde los suburbios de Londres hasta las montañas de Bangladesh, a la India del siglo XIX, bajo el yugo británico o la Jamaica de principios del siglo XX. Pero si hay que resumir, diría que se trata de la amistad de dos hombres, Archie Jones y Samad Iqbal, un tipo de amistad muy masculina pero conmovedora, que perdura y es incondicional, una amistad que nació desde la más tierna juventud, sellada por la desgracia y la miserable convivencia en un tanque de guerra; la deriva de sus vidas, de sus familias y cómo va evolucionando el mundo a su alrededor, todo y todos, menos ellos.
Samad, un bengalí musulmán, en los 70 llega a vivir a Londres con su joven esposa Alsana; así se reencuentra con su amigo Archie, al que no ve desde hace casi 30 años, Archie es inglés y a su vez está por casarse con Clara una chica de ascendencia jamaicana. Es una historia llena de simbolismos, sarcástica, con un sentido del humor muy marcado y negro; con un ojo crítico y fijo hasta en los más pequeños detalles; podríamos hablar perfectamente de dos partes, de dos generaciones, los padres y los hijos; cómo estas familias convergen y se relacionan, las diferencias y similitudes. Es una novela que nos habla de inmigración, identidad cultural y racial, multiculturalidad, colonialismo, poscolonialismo, racismo y religión.
Los personajes creados por Zadie son tan realistas, para nada perfectos, creías que serían de una manera, pero luego toman otra dirección, al igual que la historia; en su primera parte no tenés idea de a dónde nos llevará, durante todo el desarrollo intuimos el desastre, pero a veces el desastre no es un acontecimiento grande e inaudito que llega y parte las aguas en dos, sino que son el cúmulo de muchas pequeñas acciones. La vida, cuando crecemos, nos damos cuenta de que no es ir sumando experiencias o aventuras increíbles, sucesos emocionantes ni grandes encrucijadas; que te vas conformando con lo que te va saliendo a cada paso. Que un día abrís los ojos y no tenés la casa que soñaste, tampoco el trabajo al que aspirabas, que te basta con percibir un salario y tener un techo. Quién no conoce u opina de alguien que, esa persona no supera la etapa de la secundaria o la universitaria, porque es donde brillaron, donde pudieron ser libres, donde hicieron amigos, cuando pudieron viajar, salir de sus casas, camuflarse, mostrar otra cara y ser distintos… Esto le pasa a este par de amigos, la guerra les unió, les definió, fue una de las cosas más importantes en sus vidas, pero eso ya no significa nada para los demás, de hecho, en cosas en las que antes había unidad de opiniones, ya no las hay, en los 70 ya nadie quería saber de la guerra. ¿Fuiste soldado? Pues eres asesino, no un héroe, todo se resignifica, todo se devalúa.
Zadie nos muestra lo duro de la integración en otro país, en otra cultura, en otro idioma, en otro sistema de creencias, nos muestra cómo personas religiosas viven en entornos seculares, nada creyentes, cómo superar lo que para ellos es una atrocidad; así echamos un vistazo a familias y grupos que son casi insulares, que son su propio núcleo, que a pesar de estar en Europa siguen siendo presas de sus preceptos, viviendo en represión y autoengaño. Los conflictos con los hijos, que se sienten más británicos y quieren encajar, desean nombres anglosajones, celebrar las mismas cosas que los demás; lo que para los hijos es integración, para los padres es corrupción.
Siempre habrán miradas de recelo, Samad es un químico, una persona culta, pero nunca es visto más allá del color de su piel, luchó por Gran Bretaña, pero siempre será un inmigrante; quedando para muchos solo la religión, aferrándose a ese sentimiento de que no eres parte de ellos, pero al menos sentirte moralmente superior, porque tenés a Dios, algo que ellos han pisoteado. Y es algo que le pasa a muchos migrantes, le pasó a la madre de Clara, a Samad, le pasó a una amiga en Nevada, a otra amiga en Gernika, a un primo en Miami…
Es tan fácil llegar hasta los extremismos, y no sólo el religioso; la mayoría de perpetradores de atentados terroristas en Europa han sido jóvenes de segunda generación, nacidos y criados aquí, pero que nunca llegan a sentirse europeos. Como si estuvieras condenado a perpetuar los estereotipos, el documento de identidad dice una cosa, pero la biología otra, tu color, tus facciones, tu físico. Una Europa blanca es y ha sido siempre el ideal.
“La gente había jodido a Rajik cuando iba al club de ajedrez y llevaba jersey con escote de pico. La gente había puteado a Ranil cuando se sentaba en el fondo de la clase y copiaba cuidadosamente en la libreta todos los comentarios de la maestra. La gente había puteado a Dipesh y a Hifan cuando iban a jugar al parque con el traje tradicional. La gente había puteado a Millat cuando llevaba vaqueros ajustados y le gustaba el rock blando. Pero ya nadie puteaba a ninguno de ellos porque ahora tenían pinta conflictiva”.
Además de la idiosincrasia de los suburbios, la autora nos ubica en los acontecimientos más importantes y las problemáticas de cada década, en los 70, los ataques a las casas en vecindarios racializados, alentados por los discursos antinmigración de Enoch Powell, en los 80 los peligros de las drogas, el silencioso virus del SIDA y las bombas irlandesas dispersadas por el IRA en los lugares menos esperados de Londres, los conflictos entre bandas juveniles de africanos, orientales, ingleses y caribeños. Asoman también la caída del muro de Berlín, los airados ataques a Salman Rushdie por Los versos satánicos, quedando claro de que todos esos jóvenes que quemaron sus libros, ni siquiera sabían de qué se trataba aquello.
Dientes blancos representa el debut de una escritora ávida por narrar, con una mente muy creativa, capaz de hacernos creer situaciones absurdas, una joven con observaciones muy punzantes y acertadas, todo con un lenguaje agudo. Zadie tan solo tenía 21 años, por eso me resulta increíble y una completa hazaña este nivel de construcción literaria, de análisis e investigación, datos muy importantes para la trama y para entender a los personajes, no los deja en manos de un narrador omnisciente y omnipresente, sino que son los personajes moviéndose por esos intereses; y es que no es sólo meter datos y datos, como copiados de un libro de historia, sin ningún trabajo de escritura; a como encontramos un árbol genealógico, que se remonta hasta el primer intento de rebelión contra los ingleses en la India, encontramos también un tratado sobre genética o un ensayo sobre botánica, la historia y construcción de un edificio, los objetivos y experimentos de su fundación, nada es porque sí, no es relleno, todo está hilado, cada puntada da su toque a este enorme bordado.
Como en toda primer obra, hay cosas que pueden ser mejores, puntos en los que se nota la juventud, hay quienes critican la longitud del libro, más de 500 páginas, cada autor puede hacer lo que quiera pero no siempre es necesario la divagación ni expandir tanto algunas historias; para mí el juego funciona en su mayoría, pues aporta realismo y refuerza los puntos que la autora desea mostrar, para mí, sí que se pierde el ímpetu y brío del principio en su parte final, algunos ven caricaturizados a la tercera familia que se introduce, unos ricos aburridos de su bienestar, que se complican la vida con su complejo de Pigmalión frente a estos chicos “marginales”; pero esto yo me lo creo totalmente, lo veo día a día. “Cuando un novelista consigue que su novela transmita al lector esa sensación perentoria, inapelable, de que aquello que cuenta solo podría ocurrir así, ser contado así, ha triunfado en toda línea”, la frase es de Vargas Llosa en referencia a Faulkner, pero la hago mía para reforzar de que me creo todo lo que me cuenta Zadie aquí.

La novela catapultó a Zadie, por todos lados se le endiosaba, crítica y público se pusieron a sus pies; poco tiempo después la BBC compró los derechos y se adaptó a una miniserie de cuatro capítulos, muy buenos y divertidos. Y cómo no, si esta narración es tan detallada, tan fácil de traducir a la pantalla, fácilmente te imaginas a Clara con sus enormes dientes; la sonrisa y los ojos de Samad, que constantemente son comparados con los de Omar Shariff; la palidez y nariz chata de Archie; la mirada severa de Alsana; es la historia de los márgenes, historia de Londres, presente y pasado, retrata a estas nuevas generaciones, en su mayoría mestizos, ni blancos, ni negros, pelos rizados en una cara llena de pecas, cuerpos curvilíneos con pieles deslavadas, pero con esto, no se crea que los personajes son presentados solo por rasgos físicos, Zadie no escatima en acciones, situaciones y pensamientos; tiene un maravilloso estilo, la cotidianidad de las familias, el trabajo, el llevar a los hijos a la escuela, las reuniones de padres de familias, las discusiones, la vida de los hijos, todo resulta interesante, yo soy el tipo de persona que considera importante contar ciertas cosas aunque no venga a cuento con el relato y este libro es así, tiene personalidad, vuelve las cosas tangibles, te ubica de tal manera que sentís que estás en una esquina de esa habitación.
Muchas escenas descritas me han recordado la primera vez que visité Londres en 2010, durante nueve días Bayswater fue mi zona, desconocía el crisol de culturas y nacionalidades que iba a encontrar, tantos rostros tan distintos, la confluencia de todos los continentes, una Babel de lenguas, colores y clases, vestuarios que solo había visto en películas o documentales; cruzaba Hyde Park y ya sentía en el aire todo tipo de aromas, desde comida griega al inconfundible olor del curry, naam recién hecho, la masa frita de las samosas; negocios regentados por pakistaníes, indios o brasileños, comunicándonos con señas y sonrisas cuando nos fallaba el inglés. Compartiendo habitación con chicas japonesas, polacas, italianas y unas portuguesas. He vuelto más veces a la ciudad pero nada como ese primer deslumbramiento, cruzar un puente y en un extremo escuchar a un gaitero escocés, kilt incluido; en el otro lado percusión africana, bajar en Picadilly Circus y toparte con una banda de reggue tocando en la estación o con imitadores de Roger Daltrey en las cercanías de Las casas del parlamento. Es tan inmenso, monumental y diverso, y Zadie nos transmite todo esto.
Las metáforas dentales están presentes en todo el relato, ¿acaso el tono de tu piel condiciona tu futura profesión?, ¿una chica morena no puede aspirar a la ciencia?, ¿lo más cercano sería algo así como la odontología?, algo mecánico y manual. Llegamos a conocer hasta la pulpa dental de algunos personajes. De los ingleses se tiene la idea de una dentadura mala o mala higiene bucal; por el contrario, grandes dientes blancos y sonrisas amplias, caracterizan a la raza negra, muy distintas de esas chuecas y torcidas sonrisas británicas. Oh! Mirá vos, al menos una ventaja.
