NOEL ULLOAǁ Junto a su coterráneo Lino Argüello (1887-1937), el poeta más triste y melancólico de los modernistas leoneses, Jorge Amadís Bolaños comparte en su poesía, el romanticismo moderado y lacrimoso, las imaginarias novias muertas creadas con propósitos literarios (musas enfermas y tísicas arrebatadas por la muerte), el spleen heredado del francés Charles Baudelaire (1821-1867), la angustia inminente de la muerte y los tristes nocturnos a la manera del colombiano José Asunción Silva (1865-1896), poeta trágico que leyó e influyó en su obra. 

Jorge Amadís Bolaños nació el 8 de marzo de 1917 y murió el 16 de octubre de 1941 con apenas 26 años. No obstante, ya en sus dos décadas había escrito los tópicos y símbolos que configurarían su estrecho mundo poético: nocturno, ocaso, invierno, soledad, amargura, melancolía, insomnio, angustia, duelo, presentimiento de la muerte y otros más costumbristas como aquellas estampas provincianas de ciudad, con sus tradiciones locales, que imperan en su libro intitulado “Las Voces de la Noche” (1955), publicado catorce años después de su muerte por familiares del autor. 

Perteneciente a la segunda oleada modernista de las primeras décadas del siglo veinte, Amadís Bolaños también escribió versos de ocasión, de sensiblería ingenua y salutaciones para certámenes líricos. Sin embargo, su poesía no es eco y tiene voz propia en las pocas páginas que conforman su literatura. María Teresa Sánchez (1918-1994) escritora y antóloga nicaragüense, definió su poesía en tres palabras “original, fuerte, subjetiva” (1965, p.49). 

LA ANGUSTIA, EL PESIMISMO, EL PRESENTIMIENTO DE LA MUERTE 

 Durante esta segunda generación modernista, se produjo en el occidente de Nicaragua un tipo de poesía agorera y fúnebre que tuvo algunos adeptos. Una de ellas fue Rosa Umaña Espinosa (1886-1924) que dejó un soneto lapidario en el que declaró la víspera de su muerte: 

muy pronto moriré… 

no está lejana mi noche de dolor, mi hora sombría

En esta misma línea y tema, Jorge Amadís Bolaños escribió “Presentimiento”, acaso el más lúgubre, triste y sobrecogedor de sus poemas. Se trata de una visión pasmosa en la que se imagina como espectador de su propio funeral y se ve a sí mismo en el ataúd hecho un cadáver con:

ojos tranquilos

indiferente a todo 

mientras en el ambiente que nos va describiendo se oye: un rezo en la estancia silenciosa de las bocas amigas

entre el temblor muriente de los cirios…[y] el cortejo fúnebre

que se encamina hacia la sepultura mientras los brazos amigos cargan su féretro con rostros contagiados por la pesadumbre. Estos versos nos recuerdan a un poema de Víctor Hugo (1802-1885) de tono sombrío titulado “Cadáver” en el que se representa un velorio y en el que el poeta se pregunta por ese gesto de sosiego que se refleja como enigma en el rostro de los muertos: 

Y cuando, entre llantos, en torno al lecho unidos, 

 la madre, los hermanos, los hijos, los amigos. 

Derrotados sollozan y el dolor los invade… 

¿Qué es pues el sepulcro? y ¿de dónde procede 

esa serenidad del muerto, tan solemne? 

Es porque el ser salió y el secreto se abre; 

En su poesía emotiva e intimista, Amadís Bolaños expresó sus preocupaciones y sugestiones más obsesivas, como la que escribió en unos cuartetos aludiendo a una despedida, titulado “Cuando me vaya”, donde insiste en una evocación profética de su muerte y que, sorprenden cuando se tiene en cuenta la edad en que falleció:  

Yo moriré algún día, no sé cómo ni cuándo… 

Solo el pensar me aterra. 

Me espanta, sí, la idea de que vendrá la muerte,  

tal vez cuando me sea más rosada la vida, 

y con sus flacas manos me dé—¡implacable suerte! — 

su fatal y macabra caricia impresentida. 

No obstante, en su “Canción Optimista” se confiesa con una actitud más resignada y estoica en la que considera inútil luchar ante esa sentencia del destino, ante la inevitabilidad de morir:  

¡Y es locura la lucha si ha de llegar la muerte! 

De ahí que en otros versos se limiten a esta confesión:  

Más sé que sin embargo, me encontrará la muerte 

con un gesto de orgullo y un optimismo fuerte… 

En las letras de “Angustia”, emerge la impotencia de no poder expresar lo que se siente en el momento adecuado, porque hay tanto que decir, pero las palabras se vuelven insuficientes, limitadas, y no fluyen, solo prevalece un malestar indefinido o apatía, una incómoda sensación de vacío y melancolía de la que es consciente y como una página en blanco, se queda sin saber transmitir aquello que quisiera expresar.  

Qué gran tristeza el no poder decir,  

el no poder decir lo que se siente

Tantas cosas tener dentro del alma 

sin poder explicarlas.  

Porque las palabras 

para expresar lo que uno siente, se huyen 

de nosotros… 

y nace la angustia… 

Otros versos parecen escritos por un alma atormentada, saturados de tristeza y desencanto por la existencia, cuando se siente acosado por esas “jaurías tremendas de dolor”, como las define en «Ego», además de referirse a promesas olvidadas, sueños febriles de adolescente, lamentaciones juveniles por la ausencia de una amada ilusoria de la que solo queda el rastro de ese amor perdido en las letras de un solitario navegante: 

Solo es fiebre de soñar estas cosas… 

como ríos contrarios huyeron nuestras vidas

Pasas en la niebla del sueño… 

como gacela blanca rumbo a un país del olvido 

envuelta en la negrura del tiempo

Y con actitud amarga, invocando la bohemia para alcanzar “la siesta divina del olvido” en la embriaguez, dice en “Copa de ajenjo”

 Quiero sentirme un rato 

 alejado de todos los pensamientos crueles… 

 Copa de ajenjo clauco [sic], ven a mi labio y pone 

 mi cerebro ofuscado… 

yo quiero en el infierno de Baudelaire estar.  

Santiago Argüello en su obra Modernismo y Modernistas (1935) denomina a este elemento “pesimismo poético” para referirse a aquellos poetas que, como el colombiano Silva, escribieron “desengañados de un ideal que no existe”, [conducidos por] “veredas de extravío” (Arguello, 1935, p. 152) y desencantados por el amor. En definitiva, resume Argüello, con una “convicción desoladora de ser un fracasado; de la vida, del dinero, del amor y de la gloria” (1935; p.163).  Ejemplo de esta interpretación es esta poesía egotista de Jorge Amadís Bolaños titulada “Yo”

 Yo no soy más que un pobre muchacho sin fortuna

que en su jardín ha visto veinte años florecer

y que en las noches blancas se emborracha de luna 

y sueña en las auroras y en el atardecer.  

En ese fracaso y en esas notas de desaliento “tejiendo el inútil encaje de mi anhelo”, como lo confiesa en su poema antes citado y con el alma “hastiada de esperar cosas inciertas”, siente que su voluntad y su fuerza se agotan y luego escribe con una sensación de incertidumbre y fatalismo en “Sírveme tu luz”:  

Yo aliento un sueño que ya nunca vino,  

una esperanza que no vino nunca

En otros poemas, establece una relación entre el tiempo y las estaciones con su estado sicológico como un resabio de la tradición romántica en el que el invierno y la lluvia son equivalentes a nostalgia y tristeza. Tal es la esencia en que se desenvuelve su espíritu poético, en el que a veces insinúa o deja entrever que el invierno con sus nubes grises y la monotonía de la lluvia al caer, hacen eco de sus penas: 

Cae una lluvia, lenta como una pena amarga

filtra una brisa leve por entre mi ventana,  

cruzan en vuelos rápidos las grises golondrinas  

y se alejan…como esperanzas vanas

La lluvia sigue. El golpe de su melancolía  

repica en los cristales con notas apagadas.  

Y en tanto que mi pena se hace larga,  

de mis ojos brotó una gota amarga… (Mientras llueve) 

LOS NOCTURNOS 

Noche, fantasmas, luna, desdichas amorosas, cementerio y novias muertas, reúnen todo un simbolismo de herencia gótico-romántica que nos recuerdan los poemas de Heine, Novalis o Bécquer y que algunos poetas modernistas se negaron a dejar de utilizar para fundirla con la tradición modernista de su tiempo, porque les resultó propicio y necesario para aludir a estados sicológicos y expresar toda una poesía íntima y subjetiva, donde la noche representa desaliento, superstición, pesimismo, congoja, duelo. Estos temas los encontramos en su máxima expresión en José Asunción Silva y su “Nocturno”, con su “noche llena de murmullos…presentimientos de amarguras infinitas”; en Rubén Darío y su “Nocturno”: “como en un vaso vierto en ellos mis dolores de lejanos recuerdos y desgracias funestas”; en Juan de Dios Vanegas y su visión de “El Fantasma” que: “se iba con tácitas pisadas ante nuestras inciertas, atónitas miradas o se desvanecía para volver después”; en Lino Argüello y su «Oh triste novia mía«: “con mis lágrimas, me voy de tarde en tarde hasta un sepulcro blanco, sollozando oraciones”. Por su parte, en los nocturnos de Amadís Bolaños se describe la desolación de la ciudad, el silencio de sus callejones oscuros habitados por espectros misteriosos, espíritus sombríos, desasosiego, malos presagios que se anuncian en el aleteo de una lechuza o visiones aterradoras que se manifiestan ante el aullido de los perros en esa “sacra, indecible, misteriosa Noche”, como la exaltó Novalis.  

Así se expresa Amadís Bolaños en su “Nocturno” (2):  

Y en la quietud de mi estancia, 

como si fuese alma en pena ronda el esplín.  

En el poema “Noche”

La noche se extendió. En el firmamento  

sus párpados abrieron los luceros;  

y saludó a la sombra el agorero  

grito de una lechuza sobre el viento. 

Roja, como un fatal presentimiento,  

la luna apareció… 

En “Las Voces de la Noche”:  

La media noche extiende sus grandes alas negras  

sobre el mundo en reposo… 

Un alarido quiebra los cristales nocturnos.  

Es algún can lejano que soñó con el diablo.  

En “Nocturno” (1):  

Es la alta noche. Lejos, se oye el doliente grito  

de los perros insomnes. Silente el callejón.  

Y las nociones fantasmagóricas de su “Nocturno” (2):  

Las doce de la noche. Afuera se oye apenas el resbalar de un coche  

retrasado en la calle silenciosa y desierta. 

 Afuera, en el silencio, una sombra importuna,  

fantasmal se desliza en la penumbra incierta.  

LAS NOVIAS MUERTAS  

El tema de las novias muertas se puede encontrar tanto en la poesía del romanticismo europeo con los “Himnos a la Noche” de Novalis tras la muerte de su musa trágica Sophie von Kühn, fallecida a los quince años y en el romanticismo hispanoamericano, como en el poema idílico “La Novia muerta” del uruguayo Guzmán Papini y Zas (1878-1961), “La Niña de Guatemala”, “la que se murió de amor” del cubano José Martí (1853-1895); “Lápida” de Manuel Gutiérrez Nájera o “Muerta” de Ramón López Velarde (1888-1921), ambos mexicanos. En algunos modernistas, esta tradición se mantuvo como pretexto literario o, mejor dicho, como leitmotiv, para ensayar un tipo de poesía sentimental, melancólica y lúgubre. El mismo Lino Argüello acabaría confesando que algunas de estas musas trágicas solo existieron en “soñaciones amables y enfermas”. Por lo que es importante advertir que, si bien otros poetas nicaragüenses no trascendieron más allá de sus fronteras, si se vieron influenciados por este tópico de elegías en la literatura hispanoamericana. El poema “Muerta” de José Salinas Boquín (1880-1912), hace énfasis en esta idea de la novia muerta y dibuja el siguiente cuadro tétrico: 

Muerta bajo el follaje soberano 

de algún ciprés ideal…así te pienso. 

Así dentro las fauces de un inmenso 

Sepulcro hecho de mármol italiano.  

También “El Romance de la niña muerta” de Felipe Estrada Paniagua

 Dormida la niña estaba 

 y a su alrededor flotaba 

 un suave olor a reseda. 

Estaba envuelta en la seda 

de su fantasmal mortaja,  

y yacente entre la caja 

de blanco tul exhornada.  

Así, en “El Poema de la Novia Muerta”, novia del cementerio como la de Lino Argüello, poema elegíaco para llorar ante una tumba, Jorge Amadís Bolaños deplora la muerte de su amada, ¿anónima o imaginaria?, y la tumba donde yace, se le antoja en la visión de una fiera que ha engullido el cuerpo níveo:  

Un pedazo de ensueño fue aquella novia pálida,  

un pedazo de ensueño frágil como el cristal…  

¡Cómo estarás ahora bajo la tierra negra  

que como loba hambrienta tragó tu cuerpo virgen  

hecho de luz de luna y esencia de jazmines! 

Y luego culmina con unos versos descarnados, en los que piensa cómo la belleza de esa novia, ahora se desluce y se deshace entre un puñado de polvo y en estas estrofas se convierte en nada más que un recuerdo: 

Polvo han de ser las puras magnolias de tus manos  

y tus senos fragantes y tus cabellos brunos.  

Puñado de cenizas volanderas  

a la merced del viento. Nada…Nada.  

Ya tu cuerpo fragante  

es escoria en la tierra o savia en los rosales. 

LA CIUDAD, ENTRE AIRES RURALES Y PAISAJES DE PROVINCIA 

Menos trágicos y alejados del tema fúnebre resultan los demás poemas acerca de la ciudad en que vivió, en donde hace alusión al fenómeno de las tolvaneras, que afectan la vida cotidiana de León, cuando se ve azotada por fuertes vientos y calor durante los meses de enero y febrero, que no se compara con las que se originaron desde mil novecientos cincuenta con el monocultivo del algodón y luego con el maní:  

 La ciudad está loca con el viento de enero   

que se enreda en las faldas perfumadas de tul. 

Tras el bochorno ardiente del medio día fiero… 

está loca del polvo desalado 

que se avienta en las calles bajo el brillo del sol,  

y que viene de lejos del monte calcinado. 

En otros versos se refiere al estruendo de las lluvias que inundan las calles de León durante la estación lluviosa de mayo a noviembre y que sirve de estampa sobre aquellos tiempos a través de su poema “Invernal” en donde nos regala este paisaje violento matizado de gris y relámpagos: 

Cielo cerrado y hosco. De vez en cuando,  

un látigo de fuego en el espacio tenebroso y profundo… 

y hay agua en todas partes.  

Las calles ya son ríos. 

Otra estampa es su poema “Atardecer”:  

Desciende el sol glorioso hacia el ocaso 

Como un viejo y cansado peregrino. 

Charco de sangre finge el horizonte, 

charco de sangre o de purpúreo vino. 

Y los últimos lampos mortecinos 

del sol, doraron la quietud del monte.  

Y en “Amaneceres de diciembre” hay una exaltación de la armonía que ofrece la naturaleza y que el poeta canta con optimismo: 

Este diciembre es una puerta que abre Dios… 

Dan ansias de perderse en los caminos 

llenos de sol de aroma y de trinos, 

y aspirar casi la montaña entera. 

De esta forma, su poesía se encuentra marcada por elementos vernáculos: una ciudad provinciana con sus torres y campanarios, de solemnes reminiscencias barrocas; su semana santa en un domingo de ramos evocada por un recuerdo infantil de gozo popular en “Amaneceres de Diciembre”:

tiemblan las banderitas de color por donde va Jesús.

Y hay olor a cimarra y rumor de benditas palmas,

que fingen verdes pañales en la luz.

Y luego las noches iluminadas con luces de bengala, cielos despejados de verano con su intenso azul celeste, feligresía y devoción. Todo ello, en conjunto con los símbolos arraigados en el paisaje que brindan un goce artístico y estético en sus amaneceres, en sus matices vespertinos e impresionistas, en su angustiosa noche de lúgubres voces y penumbras, en las coloraciones de las flores y en esa vasta nitidez que se transparenta en la ciudad después de la lluvia, como se aprecia también en el ámbito de la pintura con “Secretos encantados de mi suburbio” y “Auras vespertinas de invierno”, obras pictóricas del leonés Juan Bautista Cuadra (1877-1952) que expresan con sus colores esa influencia o sensibilidad romántica. En definitiva, constituyen reflejos y expresiones provenientes del entusiasmo inspirador que prevaleció y suscitó el paisaje y el entorno en artes como la pintura y la poesía localista como la de Jorge Amadís Bolaños.  

 

BIBLIOGRAFÍA 

Arellano, Jorge Eduardo. (2007). Antología General de la Poesía Nicaragüense. Introducciones, selección y notas de Jorge Eduardo Arellano. 1ª. ed. Ediciones Distribuidora Cultural. Managua, Nicaragua.  

Argüello, Santiago. (1935). Modernismo y Modernistas. Tomo primero. Tipografía Nacional, Guatemala. 

Bolaños, Jorge Amadís. (1955). Las Voces de la Noche. Editorial Hospicio. León, Nicaragua.  

Pérez Solís, Alberto. (1993). Antología Poética del Modernismo Hispanoamericano. Selección, introducción y análisis de Alberto Pérez Solís. Primera Edición. Ediciones Distribuidora Cultural. Managua, Nicaragua.  

Sánchez, María Teresa. (1965). Poesía Nicaragüense (Antología). Segunda Edición. Talleres Nacionales. Managua, D.N., Nicaragua. 

Valle-Castillo, Julio. (2005). El siglo de la poesía en Nicaragua. Modernismo y Vanguardia (1880-1940). I Tomo. Selección, introducciones y notas de Julio Valle-Castillo. 1ª ed. Managua. Fundación Uno.