BRENDA GÓMEZǁ Cuando decimos que la literatura es universal es porque se refiere a que la entiende todo el mundo, sin embargo, ya que el término está adjudicado a los orígenes y a las obras más emblemáticas, lo primero que se nos viene a la mente es el nombre de los clásicos, los fabulistas griegos, Cervantes, Shakespeare, Coleridge… Das por hecho que todo aquello es incuestionable, que todos esos libros y esos grandes autores tienen un peso que recae en los que vinieron después, y es así. Como lectora no me cuesta reconocerlo, no porque se trate de algo evidente sino porque uno de los problemas principales de nuestro siglo es el de reivindicar solamente lo que nos afecta de forma directa, rebuscamos en lo antiguo obviando que algunos hechos del pasado no han sido éticos, que el mito del hombre que se hace a sí mismo ya no existe, que para ser objetivos hay que reconocer que algunas novelas aún tomando temáticas relevantes, no se tienen porqué minimizar la carga moralista que llevan, y que la mal denominada literatura femenina, es también universal.
Si bien es cierto, algunos escritores brillan más en lo corto o lo sintético y otros en las historias largas, la reciente ganadora del Nobel de literatura Han Kang, lo hace en todas ellas. Sus personajes tienen arraigo, quizá porque presenció los horrores de un pasado y después lo que supone el progreso. En su libro Actos humanos, pone voz a un país brutalizado, a través de víctimas y sobrevivientes convierte hechos en un ejercicio polifónico. Kang es audaz, enriquece su relato contándonos el día a día de estas personas antes de sufrir los actos de sus verdugos. “Todo lo que ocurrió esa noche en la que yo aún tenía cuero”, dice una de las voces, y aunque la autora los describe sin matices no decae el ejercicio del propio lector, el de escarbar; mirar los ojos que apuntan y el dedo tibio que aprieta. Es aquí donde aparece para mí una primera interrogante: ¿Cómo es posible que un rostro pueda esconder lo que lleva dentro?.

“Velas sostenidas por botellas de gaseosas vacías”, “gotas de agua que rebotan con fuerza en las hojas de los ginkgos”, “en las noches de verano, doblábamos el torso hasta tocar el suelo con las manos y nos tirábamos agua por la espalda en el patio”, la calma antes de la tormenta, la serenidad antes de que les retuerzan las muñecas, antes de que sus gestos no parezcan risueños como el de capullos silvestres abriéndose en flor, personas a las que “les espera un mundo real más aterrador que el de los sueños.”
Su estilo logra conectar ambas Coreas, es imposible obviar estos contrastes, hoy no se podría asociar a una con la otra, pero es ahí donde falla la memoria, pues los actos que cuentan los personajes de Kang son recientes, y deja un glosario de conceptos para hacer terrenal a uno de los países más desarrollados actualmente: impunidad, censura, dolor, trauma, duelo, antigüedad y modernidad.
Lo que hace universal a Kang es que es una escritora que no se apoya en los calificativos sino en el ritmo de la historia. Abre una dimensión nueva. Hay hechos que nos desgastan y nos hacen reflexionar sobre la fórmula para alcanzar el sentido de la vida, a veces se logra con el afecto y las relaciones sociales. En la literatura es difícil que resulte convincente encontrar algo de bondad, pero la autora con la ficción puede volver atrás, reordenar, el poder está en sus manos. Vemos ese otro ejercicio literario con la protagonista de La clase de griego, una mujer que sufre dos pérdidas, que deja de hablar, y como consecuencia empieza a sentir lo que come, si come arroz se siente arroz; va desarrollando otros sentidos porque ha perdido la capacidad de expresarse, ya no se siente una persona. Ella va experimentando como se van desdibujando las fronteras. Entonces se fusiona el lenguaje, la ficción, pero también las emociones, pues pone ese rasgo en su protagonista, decidiendo que retome la voz aprendiendo el griego antiguo, pero lo hace para que ésta quiera vivir su vida de una manera más plena.
Es imposible encasillar a Han Kang, para mí es por la dimensión onírica de sus historias, es muy innovadora en el sentido de convertir el cuerpo de sus protagonistas en ambiente y luego de eso proceder a contar problemáticas vigentes, e incorporar distintos puntos de vistas dentro de la misma novela. Surge aquí un nuevo glosario de palabras: testimonio, sentido, recuerdo, futuro. Las líneas te atrapan, te parece que lo que pisas debajo del oscuro césped (conforme vas leyendo) no es la tierra sino trozos de vidrio finamente destrozados.
Cada libro de Kang me deja algo distinto, he logrado descubrir que no somos personas valientes ni fuertes, que nuestras elecciones tienen que ver con evitar lo peor, quizá la mano derecha que pongo en la parte izquierda de mi pecho intenta tapar una grieta, quizá porque involuntariamente mi cuerpo me dice que necesito proteger algo de manera que no se rompa, y que la sangre que se ha derramado en todos los sucesos históricos algún día fluirán en una única y gigantesca arteria.
La perspectiva del “yo” lo desarrolla en Blanco, un libro que hizo a partir de una lista de cosas de color blanco, para mí nuevamente se fallaría si se le da una interpretación lógica al libro aunque este sea autobiográfico, Kang lo hizo como ejercicio meditativo, pero a lo largo de la novela, vas a descubrir como algunas palabras significan más para los otros. Palabra y entendimiento, una fusión que pasa a recuperar la perspectiva del yo.
Cuando terminé el libro pensé en que siempre se ha intentado apartar a esos personajes de nuestra época que muestran atisbos de cambio, sin embargo, si se desaparecen en los libros aparecerían en colores, en el tiempo aún no vivido, en el libro aún no escrito, en una ciudad desconocida, en una lengua distinta, Kang espera en ese blanco desmoronar el silencio, haciendo que los rasgos de algo se hagan nítidos. Al final la labor del escritor es también la misma que la de sus lectores: dar. “Aunque sea algo blanco, aunque se ensucie, solo dar”. Autor y lector por fin se encuentran y sólo así dejan de preguntarse si está bien aunque que sea esta vida.
