GABRIELA GONZÁLEZ|| Sentido y sensibilidad es la primera novela publicada por Jane Austen, aunque no la primera que escribió, ya había finalizado dos, Lady Susan (1794) y La abadía de Northanger (1798). Empezó a escribirla en 1795 bajo el título Elinor y Marianne, debían de pasar más de quince años y una serie de acontecimientos y vicisitudes, para al fin verla publicada el 30 de octubre de  1811.

A estas alturas muy poca gente desconocerá de qué se trata. Pero por si acaso: es la historia de la familia Dashwood, tres hermanas y la madre, que acaban de perder al padre y deben abandonar, la que hasta entonces era su casa familiar. Para muchos, se trata de una novela de auto ficción; que esas dos hermanas son un paralelismo de Jane Austen y su hermana Cassandra. Y puede que sí, Marianne al igual que Jane disfruta de la música y de tocar el piano; Elinor por su parte, al igual que Cassandra, es buena en el dibujo. Que precisamente, gracias a una acuarela hecha por ella, hemos podido darnos una idea del rostro de Jane, a partir de este dibujo se haría el famoso grabado que todos conocemos y que apareció por primera vez en la biografía que escribió sobre ella su sobrino en 1871. 

Retrato de Jane Austen, dibujado por su hermana. Se encuentra en la National Portrait Gallery, Londres

Sentido y sensibilidad, Sensatez y sentimientos, Juicio y sentimiento o Juicio y sensibilidad, como sea que la llames. Esa contraposición de conceptos y la discrepancia que sugiere el título, lo encontramos a lo largo de la novela, donde Marianne representa el sentimiento a flor de piel, mientras Elinor encarna la sensatez. La historia inicia con una doble desgracia, la muerte del padre y lo desvalidas que quedan. Empieza explicando los términos y el entramado de la herencia, la sucesión de la propiedad y demás posesiones, explicando que al ser mujeres no podían ser propietarias, quedándose así sin grandes expectativas para el matrimonio. Siempre el tema económico es primordial, ellas no podían generar su propio dinero. Todas las mujeres, de todos los estratos sociales sólo podían aspirar a encontrar un marido decente, y si de paso las quería, era ganarse la lotería.

Marianne para mí, representa también la vulnerabilidad que viene al exponerse tal como es, si está enamorada no le importa que todos lo sepan, si está triste y decepcionada tampoco lo esconde, pero al exponerte así, también te expones a burlas y murmuraciones, y es precisamente lo que Elinor quiere evitar para su hermana. Ella toma ese rol maternal pero sin llegar nunca al control ni a la reprobación total. Es mi novela favorita, me encanta la relación entre estas mujeres, tan real. No romantiza la solidaridad femenina, ni las relaciones familiares. Nos presenta a mujeres que se aman, que desconfían, piensan incluso mal y se critican entre ellas; a veces guardándose cosas para protegerse las unas a las otras. Como la madre, que acepta abruptamente esa pequeña casa de campo, sin siquiera conocerla y mucho más lejos de lo que tenían planeado; todo para que su hija no deba enfrentar y tragar con los comentarios maliciosos de Fanny, al ver que su hermano Edward está claramente apegado a Elinor. O la misma Elinor callándose todo el asunto de Lucy y Edward, ante Marianne que ya tiene su corazón roto y no disimula su sufrimiento.  

Jane no se explayó tanto en sus personajes masculinos como lo hace aquí, nos describe a Edward detalladamente, debía hacerlo, ya que no aparece mucho en la novela, se asegura que sepamos lo que piensan de él las protagonistas.

No fueron dones especiales en su apariencia o trato los que hicieron merecedor a Edward Ferrars de la buena opinión de la señora Dashwood y sus hijas. No era bien parecido y sólo en la intimidad llegaba a mostrar cuan agradable podía ser su trato. Era demasiado inseguro para hacerse justicia a sí mismo; pero cuando vencía su natural timidez, su comportamiento revelaba un corazón franco y afectuoso. Era de buen entendimiento y la educación le había dado una mayor solidez en ese aspecto”.

Con Edward, Jane propone otro tipo de masculinidad, no es el hombre que entraría en el ejército y demás profesiones de liderazgo, es discreto, sin grandes aspiraciones; no tiene ese carácter arrollador que intuimos en Darcy o Knigtley. Su propia familia no estaba satisfecha con sus deseos y aspiraciones, él reivindica la vida sencilla, no quiere una vida en sociedad, sólo quiere asentarse en una parroquia rural. 

La madre es al principio de la novela el hilo conductor, la narración se vale del discurso indirecto libre y así vamos pasando de la madre a las hermanas. Todo plagado de un gran sentido del humor. Esas situaciones de Margaret, la hermana menor, siendo indiscreta ante los juegos de sir John Middleton. Raras veces habla del físico de sus personajes deja que sean sus actitudes, pensamientos y su manera de ser, los que nos agraden o no. 

Suele hacerse una mala lectura sobre el medio hermano y su esposa Fanny, siempre se suele cargar toda la responsabilidad sobre ella, cuando desde el principio Jane nos dice: “No era John Dashwood un joven mal dispuesto, a menos que ser algo frío de corazón y un poco egoísta sea tener mala disposición”. Fanny es indolente ante la pérdida, sólo piensa en lo material, quiere quedarse hasta con la vajilla. Nos muestra a ese tipo de hombres que se infantilizan, que sus esposas son como sus madres, que no ejecutan ellos mismos las órdenes sino que las delegan en los demás, dejando a la mujer como malvada, que lo es, por algo están juntos; acude a ella para que refuerce su idea de no ayudar a sus hermanas. Y Jane remata: “Este argumento fue irresistible, en él encontró John Dashwood toda la fuerza que antes le había faltado para llevar a cabo sus propósitos”.

Jane empezó la novela con sólo diecinueve años, para el momento de su publicación ya tenía treinta y seis. Ha vivido, cuenta con más experiencias y se nota una evolución en el tratamiento, cierta oscilación y duda de que, si realmente la razón y la sensatez son lo mejor. La propia Elinor se deja llevar también en algunos momentos por emociones y fantasías. Por ejemplo, Marianne asegura que el mechón de cabello que Edward llevaba en el anillo era de su hermana, Elinor se pone a divagar y piensa que tal vez sí es de ella, que tal vez se lo cortó sin darse cuenta. Ella misma sabe que eso es imposible, pero quiere albergar esa ilusión. 

Hay un aprendizaje en ambas hermanas, ambas se dan cuenta de que en la vida nada es inamovible ni categórico, crecemos, evolucionamos, cambiamos de opiniones, adquirimos nuevos gustos, queremos, odiamos y volvemos a querer. Un aspecto del libro que se suele criticar es la diferencia de edad entre Marianne (17) y el coronel Brandon (35), por suerte hemos avanza un poco en eso, pero aún sigue pasando, a nadie sorprende que hombres adultos gusten de chicas jóvenes. Se critica el hecho de que acaben juntos, como si ese hombre mayor y rico, fuera su premio de consolación, pero cualquiera que ha leído la novela sabe que Marianne sentía respeto y simpatía por él antes de que apareciera Willoughby, quien sí que sentía animadversión hacia este. No es que Marianne se conforme con Brandon, ha encontrado un hombre que de verdad la merece, ambos se merecen.

Obviamente, como toda la obra de Austen, ha tenido sus adaptaciones, series de televisión y películas. Para mí estas dos hermanas tienen y tendrán siempre los rostros de Kate Winslet y de Emma Thompson respectivamente, quien además de actuar, firmó el guión que la hizo ganadora del Oscar a mejor guión adaptado en la película dirigida por Ang Lee en 1995.

Definitivamente Jane Austen tenía esa chispa, esa desbordada imaginación, quería escribir, lo persiguió, confió en sus creaciones hasta conseguirlo. Y cuando lo hizo no persiguió la fama, como dijo Bertold Brencht, “el regalo más grande que les puedes dar a los demás es el ejemplo de tu propia vida”. Vivió una vida sencilla y sus historias están basadas en estas situaciones normales de la vida diaria. En esta novela desgrana la maquinaria del deseo y la ambición, todo es aspiracional; matrimonios por conveniencia, para escalar socialmente. Es genial ver cómo las hermanas se ponen una en el lugar de la otra y se comprenden y crecen juntas. Siempre está la vertiente romántica, el humor, sus denuncias a la hipocresía del estado y las leyes, que dejaban en completa y perpetua indefensión a las mujeres. Obviamente ella escribió desde el ideal ético clásico, donde la rigidez de las convenciones sociales no permitían  ni permiten a día de hoy ser del todo francos, qué tan sinceros podemos ser, un poco de hipocresía es necesaria para mantener la estabilidad social, nos mentimos por cortesía, es imposible ser libres completamente, y ese equilibrio a como propone Austen es el ideal. 

En 1813, antes de publicar Orgullo y prejuicio, Jane le escribe a Cassandra y le habla de Elizabeth Bennet: “Debo confesar que creo que es la criatura más deliciosa que apareció en un libro, y no sé cómo seré capaz de tolerar a quienes no les guste”. Opino exactamente igual de Elinor y Marianne, son adorables Jane, y tampoco tolero a quienes no las aprecien.