ALDO G. ALDANA|| Por lo general nos es imposible desligarnos de las etiquetas al conversar con una persona. Bueno, creo que estoy siendo bastante optimista al decir conversar. Las etiquetas aparecen en nuestro pensamiento con solo ver a una persona, dependiendo de nuestra propia experiencia, inmediatamente condicionamos nuestra relación con ellas. 

Esta historia tiene como pivote, la figura de una “típica” heroína de novela, así insiste desde el principio la voz narradora en que la veamos; sólo que, a ésta, no le suceden cosas que la misma voz narradora espera que le sucedan. Es una exposición satírica de cómo las etiquetas, prejuicios e hipocresías, eran el orden bajo el cual se estructuraban las relaciones sociales en el tiempo en que le tocó vivir a la autora. Aunque, si bien es cierto, nuestra heroína realiza el viaje del héroe, esto mismo es una sátira a la que se suma la forma exagerada y caricaturesca en que los demás personajes son presentados. Es así como una joven Jane Austen, expone, sobre todo el papel de la mujer, de cómo es condicionada, en una historia que cuyo primer borrador lo escribe a finales del siglo XVIII, historia que tendría unos avatares interesantes antes de su publicación de forma póstuma. 

La Abadía de Northanger, por información que la misma Austen proporciona, fue terminada en 1803, pero iniciada presumiblemente cinco años antes. En 1816, (luego de haber recuperado los derechos sobre su manuscrito), revisaría de nuevo esta historia y le cambiaría el nombre a la protagonista por  Catherine (originalmente tanto a ella como a la novela las había llamado Susan), y que de forma póstuma, en diciembre de 1817 (cinco meses después de su muerte), es publicada con el título con el que se ha conocido desde entonces. 

Hay en este libro una especie de relación afectuosa, casi íntima o más bien fraterna, entre la voz narradora y la protagonista Catherine Morland, que nos va desvelando un personaje fuera de los cánones que darían importancia y respeto a una mujer de esos años “Catherine, que además de ser excesivamente delgada, tenía el cutis macilento, el cabello estirado y facciones inexpresivas. Tampoco mostró la niña un desarrollo mental superlativo. Le gustaban más los juegos de chico que los de chica, prefiriendo el criquet no solo a las muñecas, sino a otras diversiones propias de la infancia, como cuidar un lirón o un canario y regar las flores”, todo parecía indicar que lo que aportaba la niña era que, de grande sería una bala perdida, pero vamos, que lo que es importante destacar acá son las categorías en las cuales una mujer desde muy pequeña, iba adquiriendo un lugar a los ojos de lo demás, “pues para la mujer que hasta los quince años ha pasado por fea, el ser casi guapa es tanto como para la siempre bella ser profunda y sinceramente admirada”. Se preocupa sí, la voz narradora, de justificar la endeble educación de Catherine, provocada por la falta de tiempo de Mrs. Morland, afanada en la crianza de su numerosa parentela, de la que seguro no participaba Mr. Morland, que tampoco era alguien que pudiese aportar mucho a la misma, siendo apenas un párroco en la campiña inglesa. 

Por suerte para Catherine, pasando los quince años, se toparía con lecturas más “serias”, sí, la chica era lectora, un elemento muy importante,  porque, como una suerte de Quijote, Catherine irá añorando vivir las historias que lee en las novelas; esto nos daría una pauta para atisbar lo que entendía por mujer culta la autora, o por lo que debería de considerarse culta, figurando apellidos como Pope, Grey, Thompson y Shakespeare en esta transformación en la personalidad de Catherine. Pero todo esto contado con un fino deje de ironía, Austen no deja de presentarnos sus personajes, sus decisiones, a primera vista con un halo de normalidad, pero con un tono de sorna a veces casi imperceptible. Esto permitirá, por ejemplo,  ir de la forma en cómo justifica la ausencia de amor en la vida de la protagonista a los 17 años, y cómo la familia reacciona al primer viaje que la joven hace fuera de su hogar, a una importante ciudad balneario como Bath, en compañía del matrimonio Allen, vecinos y amigos de los Morland. Esta forma de extrapolar la formación del carácter de la protagonista nos lleva a entender la ingente necesidad que, considero, pretendía hacer ver Austen, de que la mujer debía de salir de su círculo doméstico para, producir un cambio en los patrones sobre todo educativos de las mismas. Lo cual podría ser una tragedia, por y es lo que pretende que el lector entienda con Catherine, el ideal romantizado de la aventura en el viaje del héroe, se topará con la desnuda crueldad del ser humano. Tranquilos, que sangre no se derrama. 

En este viaje, Catherine no solo saldrá del seno familiar, sino que iniciará a relacionarse con otras personas, Austen ilustra el choque que le supuso a esta atolondrada joven, que se resistía a dejar su ímpetu infantil y que la hará presa fácil no solo de manipulaciones hechas por los hermanos Thorpe, sino de los Thilney, de los cuales Henry, el destinado galán y marcador moral de esta historia, será uno de los que, haciendo gracia del comportamiento de la misma Catherine, le irá dando luces de la seriedad que debería de tomar ante ciertas situaciones. 

Imagino que sería poco creíble que una mujer alcanzara el carácter de Henry Thilney, pero como ya he mencionado, Jane no pierde oportunidad para plasmar la situación de la mujer. Sin siquiera hacer una lectura feminista del libro, es fácil comparar a las mujeres que entran en contacto con Catherine. Mrs. Allen que sería una especie de hada madrina, amiga, confidente, pero incapaz de asumir una postura sin encontrar la base en otra opinión, bien la de su esposo, bien la de una amiga con cierta posición; Isabella Thorpe, que pronto se identifica como amiga de Catherine, será una villana ocasional, pues no solo manipula a su antojo a Catherine sino también al hermano de ésta, tampoco pierde oportunidad de crear situaciones que le permitan conseguir el estatus necesario que la vida le ha negado; Eleanor Thilney, hermana de Henry, que desde su privilegio se puede decir, podría considerarse el ideal de mujer inglesa de entonces: adinerada, refinada, culta, y hermosa; pero que es incapaz de estar fuera de la corrección y autoridad de su padre, y bueno Catherine, la pequeña Catherine que se verá presa de situaciones para ella complejas, que se nos pueden antojar frívolas por momentos, pero que ilustran la forma en como los valores, virtudes y defectos de los personajes van aflorando a medida que se van dando a conocer, pero sobre todo, la forma en que los demás construyen, asignan y definen a Catherine, asignándose valores y virtudes que no tienen, la hipocresía y doble moral de toda sociedad remilgosa. 

Una constante con la que me vuelvo a encontrar en esta novela de Austen, es precisamente la figura masculina que guía a la protagonista femenina a la dirección más acertada. Me atrevo a suponer que una protagonista con la lucidez de Henry Thilney no solo desacreditaría el argumento mismo, también haría que a Austen se le encasillara por completo en una de esas escritoras que no debía leerse, es decir, sería una historia tomada con poca seriedad. Sin embargo, la intención de Jane Austen, creo yo, va más allá de asumir una postura política, es asumir la realidad misma, “Muchas veces he puesto en duda –dijo Catherine con aire meditabundo– que la mujer sepa escribir mejores cartas que el hombre, en mi opinión no es este terreno donde debamos buscar nuestra superioridad” ¿Cuál sería el terreno adecuado entonces? Austen no cejará en la intención de que se entienda el funcionamiento social y las condiciones materiales que determinan el papel de cada persona en la estructura misma, propiciado por elementos que le son ajenos a la persona misma, y que muchas veces no tiene posibilidad de cambiar: apellido, posición social, nivel de rentas, capacidad y oportunidades para relacionarse con gente adinerada, y en fin, dinero. 

Por otro lado, Jane Austen pone de relieve, y esto sin disimulo, la molestia que seguro sentía ante la forma en que el género de novela era tratado pero, más que todo, por la gran cantidad de aficionadas lectoras que tenía, en un momento, entra de lleno en la voz narradora y nos dice “No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vitupear este género de literatura cubriendo de sofoco a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosa e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, sin placer” Sí, quizás Austen aprovecha el desdén que en la sociedad intelectual de su tiempo se tenía por la novela como género de expresión literaria, sociedad que enaltecía a la poesía porque era la que más respondía al romanticismo, que tan pujante estaba por entonces, y qué mejor forma de hacerlo que escribir una novela que, a primera vista puede parecer una sátira del género mismo, pero que en realidad es una burla a esa misma sociedad que desdeña, tanto al género de la novela como a las mujeres que entre sus pasatiempos tengan este hábito, seguramente no se las consideraba actas para leer nada más y eso le valía a la novela la inferioridad respecto a la poesía. 

Pero hay mucho más que decir de esta historia. Siguiendo con el tema de la “mujer lectora” tan presente, y lectora de novela gótica siendo más específicos, la que gusta de escenarios misteriosos, antiguos, oscuros; que esconden secretos de lo más terroríficos, pero lo que realmente busca exaltar Austen es la maravilla que se esconde tras la interpretación lectora, como valor del genero mismo. Es así como, luego de cambiar de escenario de Bath a Northanger, Catherine, ansiosa por estar en una Abadía (arquitectura por excelencia del gótico inglés), por vivir ella misma las aventuras de sus lecturas, es presa fácil del embrujo que supone su imaginación, y, valiéndose de una suspicacia impresionante, Austen nos sumerge primero, en como Henry Thilney que no aprovechaba la oportunidad de hacer sorna de los gustos expresados por Catherine, la sugestiona para que ésta, ya situada en la habitación de la Abadía, llevada por su imaginación busca en los objetos más simples de su habitación, precisamente secretos por descubrir, pero sus conjeturas la llevaran a ver en el dueño de la Abadía, el padre de Henry el villano más oscuro y siniestro que pudiera haberse imaginado, el edificio mismo se le presenta magnificado como custodio de cuartos secretos y mazmorras. Me fue imposible no sentir la más grande de las empatías por Catherine, sobre todo por que me vi en ella, abstrayéndome totalmente de mi realidad y llevando mi mundo a la transformación total que las lecturas me pudieran propiciar. Naturalmente Catherine se llevará un par de situaciones vergonzosas y, aunque Mr. Thilney resulta ser un ser desdeñable, al igual que los hermanos Thorpe, Catherine lo descubrirá de forma amarga con un choque asolador de realidad. Ilustrándose de esta manera lo que la novela realmente pretende en el corazón del lector, la reflexión más que la divagación. 

De esta novela es posible seguir escribiendo mucho más, sus personajes en sí ameritan unos cuantos análisis, pues entran y salen de la historia con una situaciones concretas que refuerzan la visión general que el lector puede hacerse de la novela. Pero lo que al final es meritorio destacar es la capacidad enorme que Jane Austen tenía, como cradora de historias con diferentes capas, con varias posibilidades de interpretación (que esta novela ofrece muchísimas más), pero sobre todo, por el valor que supone para la historia de la literatura, tanto por el contexto en el que surgieron las novelas, como la época retratan, sumamente dura, aislada del devenir europeo, pero sumergida en un profundo letargo donde no todo era romance, también habían historias cercanas a la tragedia un tanto veladas.