BRENDA GÓMEZ|| Persuasión fue la cuarta novela publicada de Jane Austen, y la última en completar; pero si se sigue el orden cronológico de su escritura, sería la sexta. Es la única de la que se puede decir que es básicamente una historia de amor, pero donde la narrativa se centra en los sentimientos y la interioridad de la protagonista. Siempre fue catalogada como la escritora que daba finales felices; notablemente influenciada por Fanny Burney (muy evidente en La abadía de Northanger, donde también abordó las dificultades de las jóvenes damas para abrirse paso en la sociedad de su tiempo), o Henry Fielding, de quien adquirió la habilidad para la construcción de personajes ordinarios, y Samuel Richardson, a quien superó en la modificación del esquema de figuras de enamorados porque, aunque sea difícil reconocerlo, ella aquí sitúa a ambas, masculina y femenina en una posición de igualdad. 

Decir que Austen es cursi es señal de no haberla leído, si hasta es evidente una evolución en el mismo vocabulario semántico a lo largo de su obra. Siendo heredera de los logros de la novela del siglo XVIII, donde los temas recurrentes eran la naturaleza, la religión y el matrimonio, fue capaz de proponer un debate moral e ideológico a través de una voz narradora disiente. El tono es más firme en esta novela, con escasos tintes satíricos y paródicos, y con qué razón, si se pretendía exponer lo que implica casarse con hombres estupidos, o bien, el descenso de un estilo de vida, el desvanecimiento de símbolos como las “Counthy house”, cuya función social y económica quedará para siempre como reliquia estética. Con Persuasión comienza a darse cuenta que el mundo es más amplio y complejo, Anne Elliot, su protagonista, encuentra en las hojas marchitas el perfecto correlato de su vida.

Vuelve a mostrarnos la vanidad, pero más triste, pues en esta historia aparece el padre de Anne, Sir Walter Elliot, típico aspirante a “baronet”, que se excede en sus gastos sin contar con ingresos. Un ser que siempre debía de ser el primero en todo y sin afecto alguno hacia su hija, como si su vida fuese menos por no tener esposo e hijos, y debiera, por estas razones, dedicarse al servicio de los demás. Cuestión que la propia escritora y su hermana Cassandra puede que padecieran por permanecer solteras. Están también sus dos hermanas, la una con frecuentes escenas histriónicas y la otra con comentarios siempre despectivos hacia ella. Está Lady Rusell, quien sustituye la figura materna, hasta el punto de obedecer sus consejos y sacrificar su felicidad, la aleja de Frederick Wentworth, por no considerarlo digno, combate el conformismo con su corazón, la perfecta felicidad se aleja, pero una segunda primavera de juventud y belleza permanecerá en ellos, y él sabe que ese futuro juntos no se ha estropeado para siempre. Regresa al lugar porque el sitio no se ama menos por haber sufrido en el.

Lo grandioso es el giro de la novela, el desencanto, la imagen que te pone de la familia, de la burguesía, los grados de esnobismo, caracteres sombríos, escenarios otoñales con detalles poéticos, donde conmueven las descripciones de esa estación que conforman los recorridos de los amantes, una época especial e inagotable en todos los espíritus artísticos y que incita a la Jane poeta a plasmar sus emociones. Pero hay retratos devastadores de la guerra, como el de aquel soldado que buscaba encontrar paz en esa zona costera de Inglaterra una vez retirado del ejército. Con el icónico «The Cobb» frente a él, se divisa más espléndido después de ocho años, el tiempo que estos enamorados tuvieron que esperar para volver a mirarse. Pero Austen también rompe con lo idílico, un ejemplo de esto es el reencuentro con Mrs. Smith su amiga, que acabó desvalida y es consciente que: “De vez en cuando, la naturaleza humana es capaz de engrandecerse cuando se la pone a prueba pero, en general, sabemos que lo que surge en la habitación de un enfermo es la debilidad y no la fortaleza”.

Ni ley ni deber nos impulsan a luchar. Más allá de eso se encuentra una búsqueda. Una que solvente los años venideros. Dice W. B. Yeats que, hay un canto noctámbulo después del gong de alguna iglesia, que desdeña la furia y el cieno de las venas humanas. Hay también pasajes que alientan, que arropan, cantos que llegan en medio de la noche o a media tarde, y como aquella Ruth de John Keats, a la que un soplo hizo que se detuviera; pensás en el mar y la tierra firme que se envuelve de ilusiones, de juventud, de sueños, de nostalgias, porque “Una cosa bella es un gozo para siempre”. Todo necesita tener matices, la letra hace que tomemos forma, “odio no tengo a aquellos que combato, amor no tengo a aquellos que defiendo”, las frases llevan códigos, aunque toda la interpretación no necesita ser fáctica, el mar para mí puede ser extenso, el mar para Toni Morrison era insoportable, pues los peces confundían su cabello con su casa, y esto también es una sensación para siempre.

El pasado es más notable en los pueblos europeos, donde los temas de conversación giran sobre padecimientos que no existen y que rigen a las familias a estar pendientes de escalas, a medirse entre padres e hijos sobre quien ha trabajado más en la vida, sin reparar en la maldad que esa actitud envuelve, la disfrazan en banalidad para pretender amortiguarla, sin saber que tanto el hijo como el padre simplemente quieren una mutua aprobación. No se ven a la cara, porque saben que el amor duele. Madre ausente, padre ausente, hermanos mezquinos. Jane Austen observa, y luego empuña, se prepara para la crítica de esa sensibilidad reprimida, pero también excesiva, y crea una novela capaz de describir los efectos que tiene el comportamiento de cada individuo, sin saber la carga de subversión política que conservará hasta nuestros días.