ALDO G. ALDANA|| Encontrarse a una persona idéntica a ti es algo que puede sonar trivial, si se puede considerar posible, pero cuando se piensa como una imposibilidad puede resultar hasta terrorífico. Pero es José Saramago (1922-2010), su terror se mezcla con la cotidianidad, una situación descabellada, nada común, extrema y sí, imposible, insertada en un devenir de acontecimientos tan corriente que, no te enteras en qué momento te olvidaste de la imposibilidad, y te embarcas en la ansiosa búsqueda de algo que perdiste junto al protagonista de la historia. Tertuliano Máximo Alfonso, con tremendo nombrecito cualquiera viviría hastiado, es este el hombre de esta historia, El hombre duplicado su título, escrito por el autor portugués y Premio Nobel de Literatura de 1998, publicado en el año 2002.
Tertuliano es un maestro de Historia en un instituto de secundaria, visiblemente derrotado por la rutina, sin nada que lo motive, ni siquiera la sincera entrega a su vida de su novia María Paz. No, Tertuliano no se siente animado por nada, y como para alejar la ingente campaña de animación de su amigo, el profesor de Matemáticas, inicia a ver una película por él recomendada y, oh sorpresa, uno de los actores de esa película que resulta ser una copia íntegra y exacta de él mismo. ¿Qué hacer? el narrador de esta historia, que por ratos parece rayar el límite entre la primera y segunda persona, sin terminar de decidirse, irá desmadejando la compleja situación existencial en la que se sumerge Tertuliano.
Ante esta revelación Tertuliano se embarca en la búsqueda de su duplicado, pero no es una desaforada y obsesiva persecución del individuo, por el contrario, el protagonista irá construyendo todo un método, de ensayo y error al principio, por deducciones, primero buscando el nombre, el ancla principal, luego su dirección, pero en el camino, iremos descubriendo como el narrador, que por momentos a mí se me presentaba como un personaje más, trazará también otros elementos que casi constituyen personajes adicionales, que irán revelándole al lector las complejidades, no de Tertuliano, sino de la identidad misma del ser humano, un cuestionamiento sobre la existencia nuestra y la de los otros, las posibilidades de lo que otros tienen, y que mejorarían nuestras propias vidas.
Una secuencia de conflictos internos donde la angustia irá dando paso al poder de las decisiones y al egoísmo, lo más sincero que a veces al alma humana le resulta más fácil mostrar, de forma pulida y brillante, capaz de opacar todo rastro de bien que podamos tener en nuestras actuaciones. Es así como el sentido común entra en juego “Estamos obligados por naturaleza o condición a seguir caminos paralelos, pero la distancia que nos separa, o divide, es tan grande que en la mayor parte de los casos no nos oímos el uno al otro”.
José Saramago es capaz de mantenernos en su dinámica coloquial, sin importarle cuanto se puede extender un párrafo, pero sin dejar la necesaria delicia de frases como esta: “Qué la Historia no registre un hecho no significa que ese hecho no haya ocurrido”, como si quisiera lanzar una leve señal de humo para que veamos con lupa y lentitud curiosa a, la historia, la de todos, la nuestra, la mía y la tuya, y esto es, por la sencilla razón, nos dice un poco más delante, “El mejor camino para una exculpación universal es llegar a la conclusión de que, porque todos tenemos culpas, nadie es culpable”. Será común esta estructura de silogismos en esta novela, como si quisiera decirnos que a pesar de lo complejo que puede tornarse entender la razón de la duplicidad de Tertuliano en Antonio Caro (así se llama el duplicado), por momentos todo parece reducirse a la búsqueda de quién es el doble de quién, o quién es el original para desechar al otro, por que no es posible aceptar el hecho de que tengamos a dos.
Pero vamos, que el quid de la cuestión no será entender el origen ni motivo de la existencia de ambos, es entender las consecuencias de las decisiones funestas que terminarán involucrando a tres mujeres en la historia. Ya hablamos de María Paz, la novia de Tertuliano, pero también está Helena la pareja de Antonio, y la tercera en cuestión es la madre de Tertuliano Máximo Alfonso. Desde las trincheras donde los eventos las ubican, irán marcando el anclaje de los acontecimientos, convirtiéndose en figuras casi metafóricas del gran tema de la historia que, a mi juicio, considero, es la emulación del clásico héroe que emprende un viaje. Ellas, escucharán, actuarán, aparentemente de forma pasiva, pero sus reacciones serán para nosotros, los lectores, el látigo que el sentido común mismo nos va mostrando “La vida, querido Máximo, me ha enseñado que nada es simple, que a veces lo parece, y que cuando más lo parece, más hay que dudar” le dirá María Paz a su novio, del que se sabe utilizada para un fin que le es ajeno, pero al que se entrega, quizás por curiosidad, quizás por compartir su emoción, aferrándose a ese resquicio de interés que, le parece, tiene su insípido novio por ella. Bueno con Helena no resulta ser tan insípido el tipo, pero no vayan a pensar que esto se convierte en la banalidad, no siempre los sentimientos, las emociones y las pasiones tiene que ser una tragedia, a veces es solo horror, como ese que produce ser conscientes de que “El caos es un orden por descifrar”, un caos que cuando estas mujeres sintieron que se asomaba ante ellas, sintieron el verdadero terror ante lo que de improviso se volvió desconocido, todo a partir de un rostro y de un cuerpo que es el que siempre estuvo para ellas, de esto las tres serán activas víctimas.
Como me supuse antes de iniciar, la estructura que usa José Saramago para contar sus historias se mantiene también en esta novela. Los diálogos suscitándose separados por comas en extensos párrafos, siendo a su vez partes de capítulos sin nombre ni distinción alguna, es como un caudaloso torrente que, a pesar de llevar consigo un considerable volumen de agua, se desliza silencioso sobre el lecho que lo conduce hasta el mar. Saramago me maravilla de nuevo con esta historia tan profunda, sin ser densa, donde se explora esa compleja necesidad humana de escapar, escapar sin saber a veces el porqué, o escapar sin entender realmente porqué queremos ser libres, por que todo el que se hace llamar escapista, se entiende como buscador de la libertad, aunque no sepamos ni qué es, ni para qué sirve, aunque “las derrotas se sabe muy bien para qué sirven, sobre todo lo saben los que pusieron en la batalla todo lo que eran y todo lo que tenían, pero de esta permanente lección de la Historia nadie hace caso”.
La presencia de la Historia, como ciencia, en la vida del protagonista, el guiño a temas mitológicos como la guerra de Troya y el mito de Casandra, hacen de esta novela una muestra perfecta de lo prolijo que fue Saramago, con un estilo propio y marcado, que para muchos puede resultar imposible, si realmente es una excelente base para captar sus temas y que de alguna manera perduren un poco más, pero sobre todo, la capacidad de encontrar espacios para mostrar sus inquietudes sin padecer en el intento es una maravilla: “Dice la sabiduría popular que nunca se puede tener todo, no le falta razón, el balance de las vidas humanas juega constantemente sobre lo ganado y lo perdido, el problema está en la imposibilidad, igualmente humana, de que nos pongamos de acuerdo sobre los méritos relativos de lo que se debería perder y de lo que se debería ganar, por eso el mundo está en el estado en que está”. Sin duda alguna, José Saramago fue grande.
Esta es pues, una de esas historias de final abierto que solo él puede construir y contarla como si de un susurro perpetuo se tratase.
