NOEL ULLOA|| La Montaña Mágica (1924) de Thomas Mann es uno de esos libros en el que uno no debe intimidarse por el número de páginas (1000 en una edición estándar), al contrario, debe dejarse arrastrar por la lenta secuencia de sus capítulos, guiado por la curiosidad y estimulado por la expectativa de por qué está considerada una obra maestra a la altura de los clásicos.
Puede que esta novela sea muchas cosas según se le ha querido denominar: una novela filosófica, una novela de formación o una novela del tiempo, como prefería su autor, nacido el 6 de junio de 1875 en Lübeck, Alemania y fallecido el 12 de agosto de 1955 en Zúrich, Suiza. Lo cierto es que las grandes obras como La Montaña Mágica, no siempre caben en una sola definición sobre lo que es y lo que significa. Sin embargo, hay cinco razones en las que acierta el profesor de Historia Moderna de California, Gabriel Jackson, en su ensayo “La Montaña Mágica como novela política” (1990) cuando se refiere a los siguientes elementos: “tan maravillosa en términos de narrativa, caracteres, escenarios, diálogo y acción dramática”.
La novela ventila algunas preocupaciones de Europa a principios del siglo XX, como la carrera armamentista, la tensión entre la influencia de Oriente (representante del adoctrinamiento y la obediencia fanática) y Occidente (representante de la crítica y los valores democráticos-republicanos), el creciente nacionalismo, así como los procedimientos para tratar a los pacientes tuberculosos.
En una conferencia pronunciada en la Universidad de Princeton, el 10 de mayo de 1939, Mann relató a unos estudiantes cómo surgió la idea de escribir una historia que tuviera de escenario el sanatorio donde se había internado su esposa, y las impresiones que había acumulado tras una visita que él había hecho por unas semanas. Fue esta experiencia la que le proporcionó el material para esa idea que llegaría a extenderse después, escribiéndola en un lapso de once años, sin saber hasta entonces el final que le daría. Por eso su escenario es esa montaña en Suiza, donde se ubica El Berghof, un edificio construido para aprovechar la calidad del aire y recomponer la salud, medios que se consideraban necesarios para el tratamiento de la enfermedad pulmonar, antes de 1943 cuando se descubrió la estreptomicina, primer antibiótico contra la tuberculosis. A este sanatorio para tuberculosos de varias nacionalidades, llega un día un joven llamado Hans Castorp, para visitar a su primo Joachim, con el objeto de pasar ahí tres semanas, que se convierten en siete años debido a que este termina contagiándose.
El viaje que realiza Castorp a la montaña, hay que verlo en realidad como un viaje de iniciación, es decir, el viaje que emprende un joven algo ingenuo y de una mente impresionable, hacia un lugar donde las situaciones inesperadas que ahí vivirá y los personajes a los que tendrá ocasión de conocer, van a provocar un cambio trascendental en su modo de ver la vida y desde luego, ejercerán una influencia en esos años de aprendizaje. De esta manera se explica el cambio que opera en él a lo largo de su estancia. Algunos hábitos con los que se presenta al principio pronto desaparecen, aunque el lector apenas lo nota, como su indiferencia a ciertos temas humanistas o el sentirse extranjero en aquel lugar, todo eso lo reemplaza por una forma diferente de ver la vida.
Guiado por un personaje que se vuelve su mentor y pedagogo, empieza a percibir el mundo de un modo artístico, filosófico y científico. Se vuelve más contemplativo en las cosas que ve, en su manera de racionalizar su existencia, en su sentido de percibir el tiempo a través de largas reflexiones y digresiones, así como su amor por la música que llega a convertir en algo terapéutico o sus paseos alrededor de la montaña en contacto con la tempestuosa naturaleza de frío y nieve que impera de vez en cuando. Todo esto produce un encuentro consigo mismo, con deseos reprimidos que se manifiestan en esos estados de reflexión, especialmente cuando conoce a una paciente de ese lugar, la señora Clawdia Chauchat, una mujer casada por la que se siente atraído y que le recuerda el rostro de un amigo, que conoció en su época escolar cuando tenía trece años y por el que se sintió atraído física y sentimentalmente, líneas que en verdad escamotean ese lado bisexual (homoerótico para otros) de Thomas Mann, quien tuvo una experiencia un tanto diferente de la que narra.
La novela muestra cómo se realizaban las rutinas de higiene a partir de un estricto cumplimiento: limpieza a base de fumigaciones, la cura de reposo (ocasión en que los enfermos se tumban en los balcones por espacio de dos horas al envolverse metódicamente con mantas como si se tratase de orugas), los ejercicios y caminatas, las tomas de temperatura, el té a las cuatro de la tarde con pasteles y compota, las fiestas, los conciertos y las consultas con el extrovertido, pero melancólico doctor Behrens, un hombre viudo que con ironía y firmeza de su saber, logra ganarse el cariño y la admiración de algunos enfermos.
Una de las primeras impresiones que logra captar el joven Castorp en su ascenso a la montaña, es la manera en que los enfermos del sanatorio adquieren un sentido de pertenencia con ese lugar y con sus pares. Luego se da cuenta de ello en la voz de su primo, cuando lo escucha decir en una conversación “todos nosotros, los de aquí arriba”, comprende que en esas palabras, en esa expresión, había un tono de familiaridad, de resignación, como si se tratase de una comunidad que compartieran la desdicha y el destino de los hombres tristes, apartados de la sociedad, pero en la que ellos han creado la suya con una condena a medias, entre recuperarse y largarse de ahí o morir y descender de la montaña en un ataúd.
Por otra parte, el lector advierte cómo aquella atmósfera de tuberculosos va mostrando al mismo tiempo un ambiente que se vuelve opresivo, con experiencias cercanas a la muerte y que acaban infundiendo temor al joven Castorp, como la ocasión en que uno de los pacientes, un tal señor Albin, amenaza con suicidarse de un tiro en la cabeza, en medio de la conmoción de enfermeras y vecinos, o cuando su primo Joachim le cuenta sobre un suicidio por ahorcamiento; el ritual silencioso para deshacerse de los muertos, que se ejecuta con el máximo cuidado, sin que los pacientes se enteren, solo para evitar ese momento fúnebre y desagradable que atentaría contra la tranquilidad y las esperanzas de recuperación. Es aquí donde Castorp manifiesta temor por su estado anímico y pretende salir de ahí porque comprende que puede acabar contagiándose, no solo de la enfermedad, sino de ese mismo espíritu lúgubre y depresivo en el que llega a sentirse aturdido, confuso y hasta supersticioso, pero después de algunas páginas, él se convierte en uno de ellos y rechaza cualquier encuentro con los visitantes o turistas que llegan a ver a familiares o amigos.
En cuestión de personajes bien logrados, Thomas Mann crea los opuestos, encarnados en dos figuras, la de Settembrini, un humanista, pedagogo y francmasón italiano que defiende la democracia, la libertad, el pensamiento crítico, es decir, los valores de Occidente y Naphta, un jesuita radical de ideas incendiaras en el que se ve reflejado ese espíritu inquisidor de la Edad Media, una época que para Settembrini, se caracterizó por la intolerancia y el fanatismo religioso que los sacerdotes, como maestros guías, transmitían a los demás ejerciendo una perniciosa influencia en la juventud. Por eso la misión del educador, del humanista, es hacer que se manifieste lo bueno a través de sus enseñanzas.
Ambos personajes confrontan sus ideas a la manera socrática o platónica, o sea, mediante diálogos. Sin embargo, Naphta representaría el bando de los sofistas y Settembrini la defensa de lo socrático, para quien la dignidad humana y la ética deben prevalecer para hacer de este, un mundo menos oscuro. Mientras Naphta, por su parte, cree en una educación férrea y disciplinaria, en otras palabras, en un estado militarizado. Settembrini llega a sentirse responsable de haberles presentado a los primos a este profesor de lenguas. ¿Por qué les advierte sobre él? Porque las ideas que defiende Naphta, a simple vista, parecen atractivas y dado que son jóvenes, les resultarían admirables y apasionadas por la forma y el verbo en que él las argumenta y las defiende, pero más allá de esa coraza de lógica y fría racionalidad, hay un abismo que intenta conducir al hombre al sectarismo, para hacer de él un ser obediente y sumiso a través de eso que Settembrini denomina “espejismos intelectuales”. Por eso les advierte a ellos, que, siendo jóvenes, necesitan aprender primero a defender sus convicciones y que el conocimiento les brindará las armas para discutir contra los argumentos de aquel hombre, pero sino se hallan lo suficientemente preparados y educados, no podrán distinguir entre las falacias y los fundamentos racionales, y terminarán cayendo bajo su influencia y su palabrerío.
El mensaje de Settembrini en esta exhortación va más allá, para él los jóvenes deben asumir la responsabilidad de formarse ante el cúmulo de sofismas mezclados con prejuicios y opiniones, para no verse seducidos por esas ideas radicales y por la fácil demagogia. Es este un gran mensaje moral y filosófico en el trasfondo de esta novela. Lo que quiere decir Settembrini es que se necesita un pensamiento crítico para poder defender con argumentos sólidos los valores del individuo, sus derechos y sus libertades, además de ejercitar la mente confrontándose con ideas contrarias a las propias creencias. Una de sus frases memorables es cuando llega a decir: “Las convicciones no perviven sino tienen ocasión de luchar”.
De hecho, en un ensayo sobre pensamiento crítico, las investigadoras Cardinaux y Palombo (2007) hacen referencia a la importancia del trabajo de un buen maestro, que consiste precisamente en formar a los jóvenes con la capacidad para detectar las falacias de los hechos comprobables ante la abundancia de información de carácter dudoso, aduciendo que: “la falta de adultos que ayuden a los jóvenes a armarse de un aparato que les permita distinguir lo valioso de lo insignificante, lo correcto de lo falso, hace que la información inunde sus mentes sin que ellos puedan poner un dique ante semejante invasión” (p.125).
Otra de las discusiones magistrales que nos presenta Mann en su obra, es ese conflicto carne-espíritu del que habla Settembrini. La idea del cuerpo con sus limitaciones físicas o su debilidad, también nos recuerda a las palabras de Jesús en el cristianismo (Mateo 26:41) “el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” y la frase de Plotino “siento vergüenza de tener cuerpo”, pero esa debilidad no solo se refiere a la tentación por las pasiones, sino a una debilidad o al agotamiento del cuerpo para cumplir determinadas tareas, entiéndase esto como una enfermedad que lo limita. De ahí que la vida de un genio, un hombre con talento pero que nace con una enfermedad o un defecto, representa una tragedia humillante y para ello cita a Leopardi (1798- 1837), poeta italiano, jorobado, enfermo de asma y con problemas de visión, para quien la naturaleza, según Settembrini, se ha tornado malvada, porque, teniendo Leopardi un alma sensitiva y sentimental de artista, ha nacido con un cuerpo enfermo que luego se convierte en una carga, en algo repugnante, enfrascado en una lucha que no puede ganar sino solo con la muerte, que en verdad le dará inmortalidad a través del esfuerzo que ha hecho en su obra literaria. Este ejemplo de Settembrini sirve para manifestar el conflicto carne-espíritu del primo Joachim, quien se empeña en regresar a “la llanura”, es decir, a enrolarse como soldado en el ejército de su país, pero eso no depende de su voluntad (espíritu) sino de su carne, cuya enfermedad se lo impide como un obstáculo que escapa a sus motivaciones.
Al final, Settembrini, como mentor y hombre bien informado sobre los acontecimientos mundiales, le indicará a su discípulo que, en el contexto internacional, se aproxima un conflicto de grandes proporciones y tarde o temprano deberá asumir una postura junto con otros, quienes habrán de jugarse el futuro de su patria. Eso explica una extraña crisis de irritación que de pronto contagia a los habitantes de la montaña, en la que se generan repentinamente toda clase de discusiones, gritos y golpes, que sirve como un simbolismo al preludio de la guerra que se desata después y que su autor le llama “el torbellino”, “el trueno histórico”, que significa el estallido de la Primera Guerra Mundial y su protagonista Hans Castorp se ve envuelto en ese torbellino a donde se dirige y se pierde entre ráfagas, lodo, sombras y cadáveres al final del capítulo. Un final que Mann no había considerado hasta que comenzó la guerra y vio que ese sería el final perfecto para su historia.
No pueden dejar de mencionarse las reflexiones, diálogos y monólogos sobre el tiempo que ocupan un lugar importante en toda esta obra. Su protagonista intenta en varios momentos responder a la cuestión sobre lo que es el tiempo, si era algo que habíamos aprendido a aceptar como convencional para conseguir un orden o bien si su extensión era verdadera cuando consideramos que es largo o cuándo creemos que es corto, pues el único momento en el que el tiempo se calculaba con precisión en el Berghof, era cuando los pacientes se tomaban la temperatura que duraba siete minutos y se medía por medio del reloj, de lo contrario, todo seguía igual “arrastrándose invisible, secreto”, se nos dice, en tanto que el tiempo pasaba sin contarse y se perdía toda noción, desaparecía el tiempo, entonces ¿Cómo se le podía percibir? ¿Cuál era su esencia? Esto dejaba abierta más interrogantes que aclaraciones, con el propósito de mostrar el cambio gradual en la mentalidad de su personaje de quien se apodera un afán por adquirir lucidez enciclopédica. En uno de sus capítulos, Hans Castorp contempla el cielo estrellado y siente un vivo interés por el tema astronómico y Mann nos dice en esas líneas: “Había pasado en la tierra veinte años y nunca, hasta ahora, se había preocupado de estas cosas”. Esa frase tiene un significado más allá de lo simple, porque implica la trascendencia de su estado en el que antes todo esto pasaba desapercibido y ahora le interesan vivamente.
En ese sentido, se puede decir que cuando Hans Castorp enferma y debe permanecer más tiempo en el sanatorio, consigue cierta libertad que le permite ir más allá de los pensamientos superficiales a través de diversas situaciones que son parte de la condición humana, la filosofía, el amor, la muerte, la ciencia: el asombro de Hans Castorp cuando es sometido a la radiografía y en la placa puede ver su interior, su esqueleto, en lo que se convertiría después de muerto y piensa que es un artefacto con el que el hombre transgrede el umbral de la tumba; cuando se enamora de Chauchat y recita una impensable declaración de amor en donde destaca sus cualidades anatómicas, la maravilla del cuerpo humano, dejándonos una soberbia exaltación de la belleza y sus proporciones, como un poema en prosa escrito por un doctor enamorado de una paciente; el paisaje que rodea la montaña con sus tormentas de nieve que la absorbe en un blanco intenso, capaces de conmovernos con su descripción y que nos recuerdan esas pinturas del Romanticismo alemán en donde la naturaleza se impone ante el hombre; el diálogo con el doctor Behrens en el que Castorp revela su avidez científica por el cuerpo y su composición química; o sus preguntas sobre qué es la vida, que intenta dar una respuesta sin adentrarse en lo religioso. Por eso a Thomas Mann le agradaba la idea de que La Montaña Mágica se percibiera como el viaje de iniciación a una nueva forma de ver las cosas que nos rodean, o mejor dicho, a intentar adentrarnos e ilustrarnos en los misterios de la vida.
