BRENDA GÓMEZǁ Rumania, 1986. Los mapas que cuelgan en las paredes de las casas desde 1965 son, para señalar con cantos, que el padre de esa patria es Nicolae, y que la madre, la madre de esa patria es Elena. Cada hoja tiene sombra en este pueblo, un pueblo donde el más visible contraste es la convivencia entre alemanes y rumanos, también minorías, desposeídos, suabos y valacos. Si los árboles se secan en verano es señal de que vendrá un invierno más crudo, eso es lo que dicen algunos en este pueblo, porque muchos son supersticiosos. A pesar de eso no faltan las noches retumbantes, ni los días resplandecientes. También se menciona que quienes tienen como rasgos los ojos hundidos, han visto la muerte, y que por eso, la sangre en sus heridas les huele más dulce.
Escrito con la misma narrativa poética a la que nos tiene acostumbrados, Herta Müller en su libro El hombre es un gran faisán en el mundo, aborda la desesperada búsqueda, de una familia de origen alemán, por una autorización que les permita abandonar Rumania; pero no solo los personajes principales demuestran su resignación en esta historia, está también la señora Kroner, Rudi, y el peletero; gente que para mí, habitan ya en su primer libro En tierras bajas, pero que aquí tienen mayor presencia, pasan a ser otras víctimas de ese aparato represivo totalitario. La gran tensión que cargan en sus vidas y la miseria material tiene mayores reflejos.
Los huertos, el campanario de la iglesia, las cruces de los héroes, los guardias nocturnos y los molinos, son elementos que le dan un toque sombrío a este sitio. Pero hay también una especie de complementos simbólicos que vienen a representar el hambre, los desplazamientos forzados, el abuso, etc. Es en el significado que tienen los objetos cotidianos, donde habita la metáfora de la obsesión de Windisch por conseguir un pasaporte que le haga salir de allí con Katharina (su esposa) y Amelie (su hija), pero también son estos los que dejan caer el peso de la realidad, la de no tener escapatoria, la misma que hará que se someta a cumplir con todas las condiciones que impone el cura y el policía: «El cura tiene una cama de hierro en la sacristía. En esa cama busca las partidas de bautismo con las mujeres, las busca hasta cinco veces, pero cuando hace su trabajo a conciencia, las busca diez veces». El policía por su parte: «Pierde y traspapela hasta siete veces las solicitudes y los timbres fiscales, y los busca con las mujeres que quieren emigrar sobre un colchón guardado en el almacén del correo».
El suelo está desnudo porque la gente ha vendido hasta las alfombras, los gallos han quedado sin pico y por eso ya no cantan, por lugares donde se han desangrado a machos cabríos no ha vuelto a crecer la hierba, lo de mantener una vela encendida para que los niños no lloren era una mentira, el cuchillo es el único pájaro vivo en cada una de estas casas, y con su canto desgarra el tiempo; «llévate tierra lo que es tuyo», porque el humo del incienso se apaga con facilidad. Windisch piensa en las pestañas rotas de las mujeres que rezan, en la mosca que se posa sobre la piel muerta, en una canción sobre el agua de lluvia, y en lo que le dijo una vez el cura: «En torno a una charca se alinean las tumbas de los rumanos, las tumbas de los rumanos no forman parte del cementerio, las tumbas de los rumanos huelen distinto de las de los alemanes». Entonces recuerda que su mujer en Rusia para sofocar el hambre, abría las piernas y que es cuestión de tiempo para que le pase lo mismo a su hija. La mujer siempre cargando un sexo que le haga comprar pan o libertad.
Hay muchas maneras de contar una historia, pero lo que para mí es valioso en la escritura de Müller y, concretamente con este libro, es el hecho de que ella también incorpora la imagen panorámica de los campos, pero no solo para encontrar los rincones donde se esconde un saco de harina, o un establo para hablar tranquilamente con un vecino, sino elegir cuales son adecuadas para que el lector no se aleje del desconsuelo con cada capítulo, que suceda lo contrario, que conserve los hechos a medida que se va construyendo, con relatos breves, el cuerpo de la novela. Ver los ojos de Windisch, escuchar la voz de Windisch, pensar lo mismo que Windisch y reflexionar sobre escenas puntuales como la de «aquella lechuza joven que vuela por encima del pueblo, y que reposa solo de noche, pero que nadie sabe donde lo hace de día», para constatar que viven en un sistema injusto y que no tienen salida.
Pasa el tiempo para esta gente y aún no llegan los permisos para salir del país, van quedando menos personas y «desde hace años no aparece ningún joven cuando alguien muere», la desesperación por el objeto de deseo es un desconsuelo, su protagonista ve hasta en la imagen de San Antonio, que el santo lo que carga en sus manos, es el objeto que él tanto anhela, «lo que importa ahora no es la vergüenza, sino el pasaporte», se dice. Müller no compadece, tampoco justifica a ninguno de los personajes, se remite a contar hechos, sabe que los lectores encontrarán que la manera de valorar la audacia entre hombres y mujeres en este territorio, es medida con la efectividad que se ponen los aros en el hocico de los cerdos.
Cuando avanzamos por la vida lo hacemos aferrados a que en algún momento suceda un cambio, en muchas ocasiones me gusta leer a esta autora para ser un poco realista, no me da concesiones, me permite orientarme: «Windisch ve a su alrededor y piensa que hoy es día de pago, que la gente pasará tres días bebiendo y que al final se quedan sin nada». Las letras pasan a ser párrafos visuales, la narración de Herta me señala los errores de esta sociedad primitiva que no mide sus consecuencias y luego disfruta maquillando su ignorancia, porque prefieren anular la tolerancia y no enmendar la culpa. Qué bien es encontrar estos libros, con ritmos que van in crescendo, con palabras con doble significado, el faisán para un alemán es alguien pomposo, el faisán para un rumano es alguien en peligro, la analogía del hombre se establece con la del ave, igual que nuestro destino con nuestra esperanza, la una contradiciendo a la otra, pidiéndonos paciencia.
