GABRIELA GONZÁLEZ|| Uno sabe cuando ha encontrado una historia que le acompañará toda la vida. Cuando un libro te despierta sensaciones, ganas y desesperación por volver a sumergirte en esas páginas, que tus ojos vuelen a gran velocidad sobre las palabras intentando captarlo todo, pero al mismo tiempo no querer que aquello termine, porque ahí lo has pasado muy bien, porque sentís conexión o simpatía por esos personajes; en pocas palabras, sentirte Poseído por su trama. 

Posesión. Un Romance. Este es el título completo y la autora tiene a bien explicar el porqué de ese subtítulo, con una más que ilustrativa cita de Nathaniel Hawthorne, en la que nos quiere dejar claro de que Romance, en la tradición literaria, no es sólo una historia de amor, lo son también las historias de cuentos de hadas, las historias medievales de caballería, toda obra que intente conectar el presente con el pasado, Romance son también los versos de Coleridge, Keats o Scott, así como mucha de la poesía victoriana. Y precisamente, es lo que hace Byatt, mezclar romance, fantasías, leyendas, monstruos, seres mitológicos con poesía y meterlos en una novela, que es todo lo contrario, porque la novela es el género que intenta contar la realidad tal cual. Dicha cita es también una declaración de intenciones, un aviso al lector de que está entrando en una obra de gran carga literaria, llena de referencias cultas, parodias visibles e invisibles, alegorías y muchas interpretaciones de la realidad. 

Esta es una novela extensa, fascinante y detectivesca, ganadora del Premio Booker de Ficción en 1990. Antonia Susan Duffy, conocida profesionalmente como A. S. Byatt, pertenece a esa tradición de escritoras inglesas clasificadas como intelectuales, autoridad en Iris Murdoch, George Eliot y los románticos; editora, ensayista, comentarista de televisión y gran reseñista de libros. 

La historia empieza con Roland, un joven ayudante de profesor, que trabaja, junto a un equipo especializado, en una edición de las Obras Completas de el poeta victoriano Randolph Henry Ash. Buscando en los libros y apuntes a pie de página del propio Randolph, las pistas que le lleven a saber el germen de uno de sus poemas más famosos: El jardín de Proserpina. Encuentra dos borradores de una carta, los dos empezaban con un “Apreciada señora”; el primero es apasionado: “Desde nuestra extraordinaria conversación no he pensado en nada más”. El segundo es más prudente: “Desde nuestra agradable e inesperada conversación no he pensado en casi nada más”. ¿Quién ponía así de dudoso e inseguro al poeta? Enganchada. Ya mordí el anzuelo.

Proserpina de Dante Gabriel Rossetti

Roland también escribe artículos sobre Ash, desea dejar de ser ayudante, obtener al fin una plaza como profesor. Su condición de estudioso le hace emocionarse y buscar el rastro de esa mujer anónima. Así que roba las cartas. Investiga y llega a la conclusión de que se trata de Christabel Lamotte, una escritora menor, que escribía poemas góticos, considerados un poco macabros, así como cuentos para niños con metáforas de animales, centrándose en la insubordinación, nada correctos para una mujer.

Siguiendo sus averiguaciones Roland recurre a Maud, ella es la mayor estudiosa de la obra de Lamotte, y también guarda un lejano parentesco con la escritora. Es así como descubren la correspondencia completa, el corazón de esta historia. Y entramos a un universo paralelo, nos traslada al Londres de 1858, reuniones de intelectuales, un desfile de personajes de la cultura y la sociedad victoriana y anterior. Algo que obviamente se disfruta si te gusta su historia y su literatura. Aparecen por ahí las prácticas esotéricas y espiritistas que cobraron gran auge, dejando de estar presentes sólo en la conciencia de las clases bajas, sino también en la alta sociedad. Alusiones a leyendas inglesas y bretonas, los habitantes del bosque de Sherwood, La Dama de Shalot, Merlín y Vivien o Avalon. Así como referencias a la obra y personajes creados por  Shakespeare, Jane Austen, Goethe, pasando por la poesía de Spenser, Wordsworth, Colerigde, Byron, Percy Shelley, John Donne, Tennyson, Carlyle, Dante Gabriel Rossetti y su esposa Cristina Rossetti, de cuyas vidas toma inspiración para ciertos sucesos. 

Esta es una obra omnívora, se alimenta de diversos lenguajes, de  fragmentos de cuentos, poemas, cartas, diarios, biografías. Sólo puedo reverenciar la clase magistral de imaginación, creatividad y manejo de la lengua para crear la poesía de ambos poetas, con sus personalidades, temáticas y estilos claramente definidos. Abundan dentro de la narración, metáforas poéticas y simbólicas, así como análisis de comportamientos sociales, del ámbito de las pasiones y de las relaciones afectuosas. Nos encontramos con distintos círculos intelectuales, los jueces que definen cuál es la alta o baja literatura, los futuros rectores y dirigentes de las grandes instituciones educativas, es un ir y venir en el tiempo.

El libro resuma amor por la literatura y por sus templos: las bibliotecas. Pero también los desmitifica y desmitifica a esos investigadores y estudiosos. Sus vidas, sus rutinas; sus hogares no son lo que esperaríamos de unos eruditos. Nos traslada esa vida íntima y sencilla  de algunos, que conviven con la cultura, las teorías y el estudio. Profesores idealistas, o ricos caprichosos y oscuros. Porque en lo catedrático y en la enseñanza, como en todo, triunfa el que no tiene ningún escrúpulo, el que pasa por encima de los demás, el que va con coimas por delante, el que hace trampas y sabotea, el que va con un talonario comprando todo, el que parasita la mente de sus compañeros y presenta las ideas de estos como propias. El que no tiene reparos en robar. Una crítica al mundo académico recorre toda la obra.

Sala de lectura del Museo Británico.

Byatt hace también una reivindicación del trabajo intelectual femenino. El eterno debate entre realización profesional o personal, las renuncias, las contradicciones. Todos sus personajes, tanto las del siglo XIX como las del XX pasan por lo mismo, y me temo que mucho no ha cambiado; trabajo o afecto, mente o cuerpo, libertad o familia; el sueño eterno de no dividirnos y ser parte de un todo. Resalta también el histórico desdén hacia las escritoras, la atención se centra siempre en ellos, por muy mediocres o malas que sean las ideas que pregonen en sus obras. Desagradables poemas misóginos, donde las mujeres son siempre encerradas y torturadas, recibiendo el castigo por defenderse de algún ataque, siguiendo la estela grecorromana. Ellas debían escribir cosas que no resultaran escandalosas.  

Mientras Randolph Henry Ash es considerado un erudito en su época, casado y respetable, con una imagen de hombre frío y amargado, la pose que todos esperan de alguien como él. Se le tenía como precursor de la poesía moderna, con odas a la caza, largos poemas narrativos sobre leyendas, historia o grandes mentes que cayeron en desgracia como Jan Swammerdan

Microcosmos tal vez igual que el Hombre,

este pobre hombre cuyo orgullo herido

no puede soportar que en todas partes

le asalte el Infinito y le interpele, desde lo más pequeño a lo más grande. 

Christabel debe permanecer soltera, no quiere casarse, quiere independencia, en una especie de pacto con una amiga, Blanche; ambas juntan los ahorros que tienen y compran una casa de campo, en la que serán libres de dedicar todo su tiempo a su arte, Blanche es pintora, Christabel escribe. No se aclara la naturaleza de la relación. A día de hoy diríamos que eran pareja, y eso es lo que creen muchas mujeres del siglo XX que han leído sus obras, y las han tomado como referentes lésbicos y feministas. Ella se pregunta qué es una casa. Siempre luchando por nuestro espacio. Porque a nosotras siempre lo más elemental se nos ha negado. Siempre enfocada en no traicionarse a sí misma. Orgullosa por el hogar que ha logrado tener.

¿Qué es una casa? Fuerte, sólida, bien cerrada,

Al trasponer la puerta bajamos la mirada

y echamos las cortinas sobre el silencio interno.

Sí, pero el pecho a veces suena a bomba cargada, 

Y la alfombra no acalla los gritos del cerebro;

y hay ventanas que se abren solas, de madrugada,

y paredes que explotan con estrépito horrendo. 

Maud, en el presente, es una mujer guapa, pero debe mostrarse ante sus compañeros como que no le importa su aspecto, sabe que sus logros sólo se le atribuirían a su físico. Todo el tiempo oculta bajo pañuelos su hermosa cabellera rubia. Sus colegas mayores fueron condenadas al ostracismo, a ejercer casi de secretarias porque nunca podían acceder a los mismos lugares que ellos y ellos las dejaban fuera de todo proyecto importante. En este aspecto, muestra cierta evolución sensible en el mundo de las ideas y la literatura. Al menos.

La novela fantasea con eso que cualquier investigador desea, realizar un descubrimiento importante, que corrobore todo lo que ya se sabía o mueva todos los cimientos. En este caso, desmentir, o modificar, el trabajo de toda una vida; la que consideraban un ícono de la poesía femenina y lesbiana, resulta que estuvo enamorada de un hombre. El devoto esposo, que no desechó a su mujer aunque ésta no le haya dado hijos, el señor respetable va y resulta que tenía una amante. A veces creemos que conocemos a alguien por lo que escribe. Que dicho artista nos pertenece. Creemos que es su vida la que relatan, que son sus actitudes las que plasman, y puede que sí, siempre habrá algo de su esencia pero no es completamente cierto. 

¿Hasta qué punto debe importarnos la vida privada de los creadores? ¿No nos basta con lo que nos han regalado? Es paradójico, estaba sumergida y quería saberlo todo, no había reparado en que Byatt me plantea si esto es ético, me sentí abofeteada y me lo merezco. Seguro que ninguno de nosotros querría que al morirte vayan a tu escritorio, a tu ropero, a tus gavetas y cajones a buscar y a revisarlo todo con lupa.  ¿Nos posee hasta ese punto la admiración por algo? ¿O somos nosotros los que queremos poseer al objeto de nuestro afecto? Como hijos del siglo XX y del XXI, tal vez no dimensionemos, es el siglo de la democratización de la ilustración y ahora, el de la sobre información, ya se ha instalado la post verdad. Todo se vive en tiempo real; transmisiones en vivo, hay plataformas para mostrarlo y decirlo todo, desde el libro que te compraste hasta lo que cenaste, hay un afán de saberlo todo, exponerlo todo, aunque a veces el resultado no sea otro que el de, demostrar la poca educación y sensibilidad. 

La gente quiere saber cómo vive y han vivido, otra gente en otras épocas; ayuda a vivir, es humano. Siempre hemos querido conectar unos con otros, dejar huella. Me doy cuenta de que la sociedad victoriana fue una generación, con un gran sentido expansivo del tiempo, todo se hacía con la perspectiva de perdurar, escribían diarios y cartas, por eso tenemos esa certeza de sus pensamientos, había ansias por el conocimiento, por el origen del hombre y el sentido de la vida. 

Maude se une a Roland y quieran llegar hasta el final de la investigación. Las cartas revelan otra cara de Ash y Lamotte. Todo el capítulo X es meramente epistolar. Vemos crecer paulatinamente el afecto entre ambos; de las charlas literarias, de la anodina cordialidad, pasamos de lo cotidiano a lo personal, a lo sentimental; de la educación y curiosidad, al afecto y al deseo. La emoción de esos fugaces encuentros, donde un sólo abrazo, es una explosión cargada con toda la energía y pasión. Siempre es lindo leer una ilusión bien contada.

Ella: “…usted me saca de mí misma y me devuelve disminuida; soy ojos húmedos, y manos tocadas, y labios también: un fragmento muy presente y escuálido de mujer, que no tiene su deseo en la realidad, y que sin embargo tiene un deseo sobreabundante… Ah, esto es doloroso…”

Él: “… yo amo su alma y con eso su poesía, la gramática y la sintaxis truncada y acelerada de su veloz pensamiento, que es usted tanto como el andar de Cleopatra era ella, para deleite de Antonio; más, porque todos los labios y manos y ojos se parecen en algo (aunque los suyos son hechiceros y magnéticos), pero su pensamiento vestido de sus palabras es sólo suyo, vino con usted, desaparecería si usted desapareciera…”

También somos testigos de la influencia que va teniendo esta relación en sus obras, Ash pasó de “Toda esa masculinidad cósmica”, de algunos poemas de amor a versos de auténtica pasión sexual. Pero la realidad se impone, aquello era imposible. Nada más triste que dos personas que claramente se complementan, que se hacen felices y se quieren, no puedan estar juntas. Sus poemas toman otro cariz, afloran el resentimiento, los conflictos que creó en el hombre la pérdida de la fe religiosa, ante los enormes avances científicos que dejó el siglo XIX. En ella la tristeza, la rabia y la resignación. Sólo podemos lamentarlo.

El romance clandestino de los escritores a los que estudiaban, creó apego entre Maud y Roland, era como un juego de espejos o una auto referencia posmoderna, se les salió de las manos. Pero es genial el planteamiento con ellos, Byatt no nos muestra un deseo carnal, ambos son reticentes al sexo, es una relación intelectual, conexión de ideas y caracteres, de respeto mutuo. Roland siente complejos por sus orígenes humildes, Maud quiere que se le aprecie por su valor y no por su belleza, quiere ejercer su profesión, que tanto le apasiona, no ser una mujer trofeo. 

Este es un libro para lectores y escritores, es tan infinito en sus alusiones, un espectáculo y popurrí de estilos. Tal vez peca en la longitud de algunos poemas. Pero es una demostración de lo que Byatt puede lograr, se nota que se divertía mientras lo escribía, hay cosas que se notan como una travesura literaria, hay mucho humor; reflexión mordaz y penetrante, pero también te muestra la escritura como una labor que se puede mejorar, rehacer o desechar, como un constante trabajo de aprendiz. Encontrar en estas páginas a Catherine Morland, a Geraldine o a La novia de Corinto me hacía esbozar una sonrisa. La erudición es adictiva, “la deliciosa droga del entendimiento”, suena pedante pero lo disfruté, hay gozo en la interpretación. Por eso leemos. Buscamos estas sensaciones. 

Byatt es partidaria de escribir a partir de otros libros, adhiriéndose a esa estirpe de escritores ingleses que ambientan en el pasado sus novelas como Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, Penelope Fitzgerald o Doris Lessing. Es evidente la influencia de esta obra en escritores posteriores, ecos en las historias de Maggie O’Farrell o en Zadie Smith que emuló su estructura y tratamiento humorístico en Dientes blancos. 

¿Porqué nos gusta la literatura? ¿porqué la estudiamos? Intentamos conectar todo continuamente, con metáforas queremos comernos el mundo, hacemos todas esas conexiones, las creemos interesantes e inagotables, poderosas y peligrosas, como buscando la clave de la verdadera naturaleza de las cosas. Lo malo es creer que todo tiene que ver con nosotros, encerrarnos en nosotros mismos y no ver más allá. Como desgraciadamente ha imperado siempre la visión masculina, se ha terminado reduciendo todo a la sexualidad. Cada metáfora tiene algo de sexual y casi siempre todo es comparado con el cuerpo de la mujer. Han imperado sus deseos, mientras los nuestros eran vistos como terroríficos, convirtiéndonos en brujas y hechiceras proscritas. De ahí la importancia de crear nuevos cánones, de oír nuevas voces femeninas, que hablen por y para nosotras. Esta es una obra maestra, la adoré desde el principio. Sólo puedo recomendarla fervientemente. Ya no me quedan palabras para exaltarla. A. S. Byatt, mujer tenías que ser.