BRENDA GÓMEZ|| Siento que mucho de lo que he leído me ha conducido hacia escenas concretas de los libros de Aroa Moreno Durán. Una escritora que ha llegado de repente a mí este año, un 2025 en el que su país, España, conmemora 50 años de vivir en democracia. El hecho de ser extranjera me permite observar desde afuera estas fechas, y percibir desde mi punto de vista, que al priorizar la entrada de la modernidad, se dejó al margen un ejercicio de justicia y reparación para evitar que la tiranía se alce nuevamente, no solo aquí, sino el cualquier rincón del mundo. Para continuar hay que cerrar y cicatrizar las heridas y muchas venas siguieron y siguen abiertas. ¿Y por qué es tan importante retomar el pasado? Porque este moldea nuestro presente y futuro. No se hizo una labor de reeducación. Se metió bajo la alfombra todo lo referente a su pasado inmediato, que la siguiente generación sólo sabe lo que los nostálgicos del régimen van por ahí contando.

Tanto su primera novela “La hija del comunista” como la más reciente “Mañana matarán a Daniel”, tienen una misma dinámica que le permite a la autora la coexistencia de diferentes épocas,  pasado y presente. La primera se centra en contar la historia de aquellos que se marcharon por el franquismo, a través de una familia que se establece en Berlín; en la vida de Katia, en su niñez, su juventud y más tarde en su etapa adulta; en todo el proceso de adaptación y supervivencia en este nuevo país de su madre, en la madurez inmediata de su hermana, y por supuesto, en su padre, en aquellos ideales que con la división en dos de una ciudad, quedarían como “esqueletos desprovistos de vida”.

Hay una sensibilidad que impresiona en “La hija del comunista”, si se quiere tener una noción de lo que muchos sienten al haber nacido en un país que nunca va a considerarte como parte de él por tu ascendencia, en hechos que transforman de manera abrupta la conciencia de una niña, para la que hasta entonces no habían sueños ni pensamientos que no fuesen en alemán, en cómo la actitud de esos desplazados llega a parecerse a “un anzuelo que se tira sin fuerza y no quiere alcanzar a ningún animal”. En cómo se sienten después las horas tras tomar decisiones que en un principio te parecieron las más afortunadas, en el tiempo que arrebata los placeres de las personas, en el nombre que alguna vez tuvieron esa mujer, ese hombre, en esos que tenían su pueblo (Dos aguas) como territorio de pertenencia para que luego pase a ser simplemente “un recuerdo que lograba colarse”.

Aroa les dice a sus personajes que nunca es tarde para empezar, que aunque todo sea oscuro la gente no dejará de preguntarse, que a veces el presente parece “convertirse en un rodillo que gira y aplasta las semanas hasta convertirlas en sucesiones indistinguibles de mañanas”, pero que los objetos se atesoran como ámbar en el puño, porque el único pánico verdadero es dejar de vivir. El logro para ella es que el lector empatice con esa otra guerra, igual de larga que las demás: “cruzar una frontera”.

En “Mañana matarán a Daniel”, la autora relata de forma cronológica la historia de Ángel Otaegui Echevarría, José Humberto Baena Alonso, Ramón García Sanz, José Luis Sánchez-Bravo y Juan Paredes Manot, los últimos fusilados por el régimen franquista. Su exhausta investigación sobre tales hechos se transforman en una novela cuya estilo narrativo ilumina uno de los sucesos más siniestros del final de la Dictadura española. Un grupo de hombres de los cuales muchos fueron apresados y enjuiciados arbitrariamente, torturados y defenestrados ante el público. El régimen fue especialmente cruel con ellos, mientras el caudillo agonizaba sus ejecutores querían seguir demostrando su poder. Se les fusiló en septiembre, dos meses después moría el dictador y España entraba al fin a la democracia.

Moreno Durán se lanza a lo personal y deja a sus lectores la posibilidad de aferrarse a la idea de que la ficción puede ser también una puerta conciliadora, que a través de ella convergen esos dos momentos, el primero en el que ella casualmente paseaba, y el otro en el que en ese mismo sitio, décadas antes, el 27 de septiembre de 1975, se escucharon los ecos de los disparos. “Nunca más septiembre asomará igual a mi ventana”.

Ángel, José, Ramón, José Luis, Juan ¿Cuántos no han sido marxistas por intuición? Fácilmente la falange (el partido político de la dictadura, de ideología fascista) y la iglesia despojaron a toda una sociedad de festejos, como el Primero de mayo, con tal de eliminar cualquier matiz de reivindicación obrera, y con mentes tan maleables hoy en día sigue sepultada gran parte de la historia. Moreno Durán escribe con una estructura muy clara desde el principio y no se suma a ese pacto de silencio, pisa el escenario de los hechos, pregunta a quienes estuvieron presente en aquel fusilamiento, a sus amigo (Manolo y Pablo), a sus hermanas que aún conservan el recuerdo de regresar juntos de la escuela, porque siempre estaban juntos, y hace que la palabra te sobrecoja, sí, y también te trasladas a ese tercer piso de la calle Iriarte, paralela a Cartagena, muy cerca de avenida América en Madrid, e insiste: “Nunca más septiembre asomará igual a mi ventana”.

Creo que hoy en día nos hacemos cada vez más cautelosos con los cambios porque desgraciadamente, cada vez que se producen se destruye todo lo viejo, sin reparar que es ahí donde se pierde gran parte de la estructura estatal que sustenta nuestra vida. Es importante que este tipo de literatura sobresalga en los estantes. Dábamos por hecho que el sistema no estaba sujeto a la tolerancia del poder, que habíamos progresado en no dejar nada impune, que habían pruebas irrefutables de culpa, que no dejaríamos que cualquiera se manifestase con el fin de sembrar dudas en los procesos de justicia, que la guerra no es la continuación de la política por otros medios, y que los tiranos no se deberían esconder dentro del Estado, pero la realidad se muestra de otra manera.

A las mujeres desde siempre se nos ha considerado que no somos políticamente activas, sin embargo, se rompen los tópicos ya que son mujeres las que se han colocado en primera línea para denunciar, Aroa Moreno Durán lo hace en el presente, recoge hechos y realza el valor de una profesión tan hermosa como lo es el periodismo. Sí, en primera línea, porque también es cierto que jamás hemos dejado que las olas de falso optimismo y desesperación nos lleguen hasta el cuello.