GABRIELA GONZÁLEZ|| Es una realidad que las cosas que suceden en Estados Unidos terminan impactando al resto del continente, incluso al resto del mundo. Actualmente gran parte de su población se encuentra sumida en una crisis de opiáceos, que ha alcanzado ya el grado de epidemia, causando la muerte a más de medio millón de personas. Para los que ya tenemos cierta edad, esto no es novedad, cada cierto tiempo surge algún medicamento o sustancia que desata el desastre y se reaviva el debate sobre la regulación de estos.
Para ser exacta, esta es la cuarta crisis de estas características que asola a Estados Unidos, la primera fue la de la Morfina, durante su guerra de Secesión en 1870, muchos soldados se volvieron adictos y al regresar a sus casas seguían consumiendo, ya que se vendía en farmacias o por correo, la sobredosis fue una de las causas principales de muerte por aquellas décadas, la segunda crisis vino con el siglo XX, con la venta libre y publicitada de la Heroína, la que recomendaban para tos, infecciones respiratorias, dormir e incluso curar la adicción a la morfina, no olvidemos que Bayer se alzó sobre dos pilares, la heroína y la aspirina, con la guerra de Corea y Vietnam su uso se desproporcionó y se instaló hasta el día de hoy en las zonas más empobrecidas. En 1996 se inicia una tercera, cuando Purdue Pharma puso a la venta la oxicodona, comercializada como OxyContin, también apareció la Hidrocodona conocida como Vicodin, siendo las drogas más usadas hasta la crisis actual, la del fentanilo, que continúa aún sin control y con cifras cada vez más alarmantes.
¿Cómo se llega a este nivel? Las estadísticas de La Sociedad Americana de Medicina de la Adicción, dictaminan que cuatro de cada cinco adictos ha llegado ahí después de una prescripción médica. Cuando se habla de drogas y adicciones solemos relacionarlo con lo ilegal; y en el imaginario estadounidense, con sectores marginados de la población, minorías e inmigrantes. Sólo ha cambiado un poco este pensamiento cuando figuras importantes y famosos hablaron del tema y han sido víctimas de estos medicamentos, por mencionar algunos: Heath Ledger, Michael Jackson, Prince y más recientemente Mathiew Perrie.
¿Cómo es posible que algo que te ha recetado el doctor pueda causarte daño? El dinero, respondería cualquiera, solo hay que seguir el rastro del dinero…
¿Cómo se vende una pastilla?
Patrick Radden se lo pregunta y nos da una respuesta valiéndose de la historia de la familia Sackler, una dinastía filantrópica neoyorquina, con apariciones en la revista Forbes, como una de las veinte más ricas del país, dueños de Purdue Pharma, creadores del OxyContin, el medicamento milagro que curaría toda clase de dolores, desde el dolor oncológico, dolores postoperatorios, hasta dolores menos agudos pero de mayor duración como artritis, dolor de espalda, fibromialgia o lesiones deportivas, incluso un simple dolor de cabeza.
Los Sackler han protagonizado uno de los escándalos más sonados, de la sociedad y la industria farmacéutica, pues han quedado al descubierto sus trampas y argucias para comercializar con la oxicodona. En los 90, muchos estudios médicos arrojaban que la venta de morfina se estaba disparando, que había unos cincuenta millones de ciudadanos que padecían algún tipo de dolor crónico, ante tal posibilidad de mercado ellos tenían la solución, un producto más noble que vendría a aliviar y de paso sustituir a la morfina, la que todos sabemos lo adictiva y peligrosa que es, jugaron con ese estigma y le quitaron todo el peso a la oxicodona, vendiéndola como un analgésico light. A quien se lo recetaban se convertía inmediatamente en adicto, ellos lo sabían antes de sacarla al mercado, en pocos años se vieron invadidos por demandas judiciales.

Radden Keefe pone el foco sobre esta familia, ya que su patriarca, Arthur Sackler médico al igual que sus hermanos Mortimer y Raymond, creó la publicidad médica tal y como la conocemos hoy, al incursionar Arthur en este rubro cambió por completo la forma en que se vendían los medicamentos, convirtió los fármacos casi en objetos de deseo. El libro es extenso y exhaustivo, nos lleva hasta los años 40 repasando a la vez la historia de Estados Unidos y la de Arthur. La Penicilina fue una revolución médica pero nadie la patentó, Pfizer no cometería el mismo error así que buscaba un medicamento sobre el que tuvieran el monopolio, absoluta exclusividad y les hiciera ganar dinero. “Ustedes denme el dinero”, dijo Arthur a su jefe de la agencia, “y yo haré que la Terramicina y el nombre de su empresa sean famosos en todas partes”, y vaya que así fue, la campaña fue espectacular, Pfizer le cedió hasta oficina en sus instalaciones, con el tiempo se terminó comprando la agencia para la que trabajaba.
Sus campañas apelaban de manera directa a los facultativos, con atractivos anuncios en revistas médicas, folletos y revistillas promocionales que distribuían en las propias consultas. La idea es redonda. ¿En quién cree un paciente? En un médico ¿En quién confían los médicos? Pues en sus propios colegas de profesión. Así que empezó a contactar con médicos que respaldaran sus productos. En los anuncios empezó a utilizar dichos “estudios” como prueba de la eficacia y seguridad de cada nuevo medicamento. Creó tropas de choque, los llamados visitadores: jóvenes y elegantes agentes de ventas que, armados con sus folletos promocionales, “visitaban” a los médicos para hablarles de los aspectos positivos de sus productos.
Y es que hasta resulta admirable lo listo que era. Con el éxito económico de Arthur, los tres hermanos compraron en los 50 una pequeña empresa farmacéutica y la llevaron a convertirse en una de las más grandes del mundo: Pardue Pharma y llevaron el apellido Sackler a estar tallado en mármol, en placas y puertas de salas de museos de arte y facultades de ciencias, gracias a sus millonarias donaciones. Tres hermanos, tan inteligentes y humanistas, interesados en el bienestar de sus pacientes. Los tres trabajaron recién graduados en un centro psiquiátrico, no concebían que los tratamientos fueran electrochoques y lobotomías. Fueron más allá, estudiando la química del cerebro, encontrar un medicamento que acabara con tan inhumanas prácticas, una pastilla que lo solucionara todo. Fundaron también un pequeño centro de estudios, así hicieron su aparición los tranquilizantes los que, a diferencia de los barbitúricos podían recetarse sin temor a que alguien muriera por sobredosis.
Esta idea de una pastilla de la felicidad, una solución técnica para todo, es una idea muy estadounidense así como muy estadounidense es la idea del hombre hecho a sí mismo, el conquistador del sueño americano, triunfadores chicos de barrio. Ese niño que sufrió las carencias de la gran depresión y que sacó adelante a sus hermanos gracias a su inteligencia, su amor por lo académico, el esfuerzo y disciplina. Patrick nos muestra su genio creativo pero también su prepotencia, su incansable afán por status y dinero, que tampoco están mal sino fuera porque engañaba deliberadamente.
Arthur amasó su primera gran fortuna de la publicidad, fue también la mano detrás del éxito del valium y el librium. Lo cierto es que el no estaban exentos de efectos secundarios como decía en sus campañas. Imaginen los que significó la salida al mercado de los tranquilizantes en plena era de la guerra fría se necesitaba algo que calmara la ansiedad de las masas, y como siempre, el blanco fuimos las mujeres, recomendados para el ama de casa agotada, la profesional que no sabe divertirse, la solterona neurótica o la arpía menopáusica, incluso niñas, la niña que teme ir al colegio o le teme a la oscuridad. Fue un fenómeno, todo el mundo los consumía, una ayuda para la nerviosa y exigente vida moderna.
Solo se regularizó y se tomó conciencia cuando la ex primera dama Betty Ford admitió públicamente que era adicta a estos y creó las famosas y exclusivas clínicas de rehabilitación a la que aún hoy acuden los famosos. Arthur siempre se esforzó en ocultar su papel en todo eso, por mucho tiempo la gente desconoció de dónde venía la fortuna de aquella familia, sus nombres nunca iban asociados a su empresa, siempre han mantenido una deliberada opacidad. Los que mueven los hilos nunca desean salir a la luz.
Es un tópico afirmar que, en cualquier dinastía familiar en que se crea una gran riqueza, la segunda generación suele impresionar bastante menos que la primera, pero es verdad que se crean estas dinámicas en que la nueva desea y debe superar a la anterior. La nueva generación quería emular aquella gesta y crearon una pastilla más potente. Así nace el OxyContin, se resucitaron enseguida las viejas formas de vender. La cantidad de afecciones que decían podía tratar parecía casi ilimitada. Nuevamente se dirigieron a los médicos, incluso los generales, que no eran especialistas en dolor, había que llegar a pacientes que no habían recibido opioides nunca.
Purdue Pharma armó una agencia de conferenciantes y pagaba a miles de médicos para que asistieran a congresos médicos y realizaran presentaciones sobre las ventajas del fármaco. A los médicos se les ofrecieron viajes con todos los gastos pagados a seminarios sobre el manejo del dolor en lugares como Boca Ratón. Tal gasto valió la pena: los registros indicaron que los médicos que asistieron a estos seminarios en 1996 recetaron OxyContin con el doble de frecuencia que los que no lo hicieron. La compañía se anunció en revistas médicas, patrocinó sitios web y un largo etcétera. Muchos médicos querían ver impresas sus ideas en esas elegantes y serias revistas, esparcir sus ideas, ganar reputación, sabían llegarles al ego.
Pero que no se crea que el autor reniega de la ciencia y la química, todo lo contrario, simplemente arroja luz sobre la inconveniencia en la relación de la medicina y el comercio. En la actualidad Pardue Pharma, ante la avalancha de demandas se ha declarado en quiebra, ha reestructurado la empresa y comercializan tratamientos contra la adicción y fármacos para revertir la sobredosis. Pagaron cuatro mil millones al Estado de Nueva York para que ningún otro Estado o asociación pudiera seguirlos demandando. Esto no es nada, considerando que sólo con el OxyContin ganaron más de 35 mil millones. Entonces, dónde está el dinero, tras las primeras demandas los Sackler han ido sacando el dinero, sabían en todo momento lo que vendría. Nunca han admitido ninguna conducta dolosa. No pidieron perdón.
El fentanilo que es el opioide de moda, llegó con la estrategia de siempre, subrayando el mensaje de que no se debe vivir con dolor, como si el dolor fuera una enfermedad y no el síntoma de algo más que sí debe ser tratado, pero con el sistema médico estadounidense, es más fácil engañar al cuerpo que sanarlo, tratar el síntoma y no la causa, les crea clientes adictos que comprarán el producto por largo tiempo, el fin de toda empresa Janssen, Jonhson & Jonhson, lo sabían. Actualmente gran parte del fentanilo que se consume en las calles es ilícito y proviene de laboratorios clandestinos de México utilizando materias primas procedentes de China, no olvidemos que los causantes siempre han sido las empresas farmacéuticas, los mensajes eran que la nueva pastilla era más segura, más eficaz que la anterior y ahora, al final han llegado los narcotraficantes, a cubrir una demanda ya creada, autoridades laxas y corruptas son también culpables, por supuesto tampoco hay que obviar la responsabilidad individual de quienes consumen estas sustancias. Lo más alarmante es que dentro de poco pueda producirse una nueva ola de medicamentos los Nitazenos llamados también súper opioides, más potentes, más eficaces contra el dolor, ¿qué empresa se atreverá? ¿Lo ven? Así de cíclica es la historia.
