BRENDA GÓMEZ|| El horror no se instaura solo, tienen que haber muchos con el mismo pensamiento que el que lo desea y lo materializa. Trabajan todos en conjunto para hacerte creer paradojas como la de, son soldados o individuos que luchan por zafarse de las cadenas de la opresión, que son gente que defiende su patria, que son víctimas y no verdugos. Eligen una figura que resalte en todo ese aparato político, respaldado por muchos que se esconden tras ella; más que famoso es aquel alegato en los Juicios de Nuremberg donde los nazis decían en su defensa que: “Solo seguían órdenes”. Hay una estructura piramidal en donde cada pilar cuenta, cada uno sostiene al de arriba y ninguno hará tambalear al otro porque entre ellos han sido incondicionales. Por eso la importancia que tiene la historia es invaluable, y más en la actualidad donde hay miles de falsos gurús citando frases de criminales condenados por la justicia, fuera de contexto, para quejarse de las desigualdades y la “crisis económica y de valores mundial”, todo esto en nombre de la libertad de expresión, sin darnos cuenta de que todo esto puede llevarnos a cometer nuevamente los mismos errores del pasado.
La herramienta más eficaz de todos los tiranos ha sido la propaganda, en su más reciente libro “Capitán Veneno”, Álvaro González Esteban (Corazón rural) explora a una de las figuras más aterradoras de la dictadura franquista: Gonzalo de Aguilera Munro, el oficial de prensa del dictador Francisco Franco; y es que, además de profundizar sobre este personaje, el autor se plantea dudas sobre si la responsabilidad de la polarización que se vive en su país sobre el tema de la dictadura, es una cuestión exclusiva de las redes sociales, parte de esa reflexión es el ejercicio periodístico que lleva a cabo al encontrar alegatos en foros de internet donde, a diferencia de otros países con los mismos episodios sangrientos que España, en el que estos mismos sitios han sido de gran apoyo para encontrar los restos de sus familiares desaparecidos, aquí son lugares tan poco respetuosos y agrega que: “A partir de cierto punto, fue realmente difícil conversar sobre cualquier aspecto de la guerra sin que la disputa sobre quién fue el responsable de iniciarla lo invadiera todo”.
Corazón rural realiza un riguroso trabajo, lee ensayos, libros, artículos de la época, del período de la guerra civil, de la post guerra, libros de historiadores como Paul Preston o de Pio Moa (quien siempre justificó el golpe de estado de 1936) y nos construye un libro en el que, además de percibir porqué a día de hoy este tema se trata de vencedores y no de justicia y reparación, de marcar un ritmo de cautela en el lenguaje, con tal de no avivar ninguna herida, podría seguir garantizando efectivo el discurso de que esta dictadura no tuvo ningún carácter genocida y que simplemente actuó en legítima defensa.
Con el personaje de Aguilera Munro, el autor muestra a sus lectores hacia dónde estaba orientada la narrativa de la guerra, “a cualquier precio, incluso amenazando de muerte a los periodistas extranjeros”, desglosa cómo y quiénes son esas figuras que, tanto en ese período como en la actualidad, se benefician de los discursos de odio hacia una parte de la población que procede de Marruecos, de Oriente, o de donde sea, se ve cómo la aristocracia se garantizó con Franco impuestos mínimos o inexistentes sobre su patrimonio, y entre todo eso, las palabras en clave de la prensa para contarle al mundo el verdadero tormento al que se estaba sometiendo todo el país.
Aunque en el libro Álvaro también describe ese prisma sobreactuado de Aguilera Munro quien achacaba su superioridad por pertenecer a la nobleza, hay capítulos tan escalofriantes sobre sus comportamientos compulsivos o de su “violencia frecuente”, de cómo no tuvo apegos suficientemente sanos en su vida, o sobre esa dualidad al ser realmente hijo de una sirvienta, tal hecho lo hizo: “Interiorizar la vergüenza de su madre y, al mismo tiempo, sintió un marcado y desmedido sentido de privilegio”. Sin lugar a dudas un asesino que prefirió ser malo que no ser nada, como él mismo describiría.
El libro para mí es brillante, no solo es la construcción del perfil de un personaje horroroso, es también el trabajo de investigación de un periodista enfrentándose a los “bulos”, es historia constatada y es análisis. España, por desgracia, es la primera en la lista de los países de la Unión Europea considerada en tener el peor periodismo porque la gente desconfía de los medios de comunicación, pero el trabajo de Álvaro, sobresale fácilmente, deja algo tan enriquecedor para sus lectores como la actitud de volver al ejercicio de “seleccionar búsquedas” y obviar el contenido de todo aquel que pretenda explicar la historia en un minuto.
Su libro tiene mucho mérito porque la temática que aborda no es fácil de poner sobre la mesa, y porque la crítica siempre está hacia las alternativas menos tradicionales. Otro plus importante es su trayectoria, leerlo en revistas tan indispensables como Jot Down o Valencia plaza para mí es sinónimo de criterio, son dos nombres que podrían servir de faro, pues, no vaya ser que mañana se nos olvide, que han sido medios que no determinan su agenda por la temática que proponen los medios de siempre.
No hay nada glorioso cuando se sacrifica a la población, cuando son años de hambre los que van a marcarte, cuando son niños quienes estarán huérfanos, González escribe con ojos críticos, pero también como persona que experimenta directamente las consecuencias del olvido. A través de esta figura podés reflexionar el porqué del silencio, el porqué del desapego, el porqué de esas actitudes de desprecio entre tus mismos compatriotas cuando lo más importante es poner oído a todas esas historias.
