BRENDA GÓMEZ|| Voy a decirlo muchas veces: hay que leer más literatura contemporánea, aunque también es bueno ver cómo los libros de autores consagrados de siglos pasados se siguen viendo y vendiendo gracias a las redes, la gente hace sus reels mostrando esas portadas preciosas, muchas forradas con cuero, engalanados con letras doradas, jamás apolillados ni ediciones baratas; sin embargo de ese contenido, que es ya un sello distintivo para ese formato cuqui, solo se extraen obviedades, las que dice Wikipedia. No es que reniegue de que el catálogo de estos creadores de contenido siempre sea el mismo, la obra de muchos escritores perfectamente puede seguirse utilizando como contraste con la actualidad, pero ese ejercicio lamentablemente no se propone, el de identificar dónde y cuáles son esas similitudes o diferencias. Quizás porque para ese tipo de lectores, además de subestimar a otros, los componentes que deben tener las historias son: vidas idílicas, mundos donde el príncipe destruye al malo y que el rico nunca muera.

Pero lejos de esas reflexiones y lejos de esos estilos individuales, la primera en mi lista de recomendaciones este año es Ottessa Moshfegh, autora estadounidense, ha escrito cuentos pero es la novela lo que más ha desarrollado. Es una de las voces más singulares de su generación, es nuestra, es milenial, y nos habla de algo que conocemos muy bien, el aislamiento, ya sea impuesto o por voluntad propia pero también de la importancia de la introspección; su nombre es omnipresente cuando se habla de escritores modernos. Para mí su escritura no tiene frases exageradas sino fragmentos que denotan un respeto hacia ciertos individuos, pues el retrato que hace de estos es veraz. Escribe sobre insignificantes criaturas que luchan por nacer, y que buscan convertirse en otra cosa distinta a su situación, también sobre los don nadies que pasan desapercibidos, pero que en cuanto cierran la puerta de su casa se convierten en monstruos. “Si quieres saber mi opinión, todo este país es adicto a la vergüenza”, dice uno de sus personajes, para invitarte a explorar con ella su realidad, lejos de esa porcelana fina, de muebles de ébano, espejos biselados, de cubertería de plata, de cojines blandos, terciopelo y comodidades que se leen solo en las revistas. La autora es un desborde de creación con la vida de gente real, sin esos que bailan y sonríen sin parar, sin esos que descorchan una botella de champán y se besan debajo de un muérdago.

En su novela “Mi nombre es Eileen”, la protagonista es una chica atrapada entre dos roles, el de cuidadora de un padre alcohólico y su empleo administrativo en una correccional de menores. Moshfegh escribe la historia de Eileen en retrospectiva, situándonos en 1964, cincuenta años antes de la vida actual de la voz narradora, una persona mayor ya consciente de las limitaciones y las carencias que tuvo desde una edad temprana. Lo extraordinario aquí es lo que pasará con Eileen en su juventud, pues “no todos tenemos la suerte de acabar en familias perfectas”, pero también la interpretación que la propia escritora le ha otorgado a esa mujer ya madura, tanto en su entorno familiar (madre, padre, hermana y su única tía) como en el laboral (el alcaide, vigilantes, secretarias, Rebecca y reclusos).

Todo el tiempo queremos saber quién es Eileen ¿es para ella la vida una larga condena? ¿es Eileen alguien drástico para auto evaluarse? ¿ha pensado que los cuidados, curiosamente, siempre terminan a cargo de las mujeres? Lo enriquecedor con este libro es comprobar lo que ella va aprendiendo sobre la vida a medida que va percibiendo esos conceptos sobre la felicidad y así saber cuándo es verdadera. El personaje desciende (o se manifiesta) hacia las consecuencias del mal vivir. Podríamos decir que con una madre completamente ausente y un padre que toda su vida ejecutó violencia psicológica, solo podrías terminar en el guindo, en un precipicio, pero con Eileen no sucede, y no es que pretenda convertirse en un modelo de autoayuda habitual para los lectores, es más, para ella “el mundo que podía explorar asomando el brazo por debajo de las sábanas” le era suficiente. Ella es imperfecta, es pervertida, cleptómana, borracha… es humana. Y es ese, el rasgo más importante del libro, aunque la autora no lo concibe con las descripciones habituales de la narrativa. En la experiencia de la protagonista los recuerdos, los fantasmas y el miedo pasan por su cabeza a su propia conveniencia, no es que tenga el poder para sustituir lo malo con alguna experiencia enternecedora cada vez que se venga abajo. No es fácil tener una respuesta rápida cuando Eileen acabó al servicio de alguien que era perfectamente capaz de pasar, en un instante, de un estado vulnerable a ser presa de una histeria cruel: “Qué mal te ves”, “qué fea estás cuando te enfadas”, para ella lo más importante era que su padre no supiera hasta qué punto podía hacerla sentir desgraciada.

Por otro lado, en su libro “Mi año de descanso y relajación”, con el que al fin se consagra y logra el reconocimiento de la crítica y el público masivo. Ottessa te presenta a una mujer neoyorquina de 26 años, quien en junio del 2000 decide hibernar. Esto lo asume consciente de sus privilegios, no cualquiera deja un trabajo y ella, además de tener su propia vivienda en un lugar bastante exclusivo de esa cuidad, había heredado una pequeña fortuna con la muerte de sus padres. “Yo había elegido mi soledad y mi falta de propósitos”, dice, mientras a su alrededor están las huelgas de los trabajadores del metro, la madre de Reva, su mejor amiga, está muriendo de cáncer, y el fallecimiento de su propia madre era aún muy reciente. Pasaban cosas, pero ¿realmente cuáles le afectan? Impresiona que le resultara tan sencillo ignorar lo que le incumbía, pero este cinismo no era otra cosa que la respuesta al aluvión de presión constante de la edad moderna, la que nos obliga a vivir vidas antinaturales muchas veces, además de no conectar con otros privilegiados que se lamentan por el éxito de los demás, los “punk con dinero”, como les llama en el libro, era evidente que pronto acabaría encontrando a una psiquiatra en las páginas amarillas que le proporcionara fácilmente recetas para adquirir sedantes y así evadir cualquier situación. 

Moshfegh en este libro le da la oportunidad a la protagonista de diferenciar los recuerdos individuales a la interpretación conjunta de estos con sus padres y amigos. Pero es que, lo más novedoso es que por fin hay una protagonista que hace referencia a la cultura pop de su generación, nada de gustos impostados e imposibles en alguien de esa edad, a diferencia de los escritores de antes que dotaban a muchos personajes con cualidades de un erudito. 

Ambas novelas tienen muchas similitudes, reconozco a nuestra generación en ellos, veo a esa gente con la ilusión profética, que no les interesa entenderse a sí mismos ni evolucionar, que solo quieren escandalizar y que les amen y desprecien por ello. Que no hay amistad sino dependencia, reconozco a esos que viven en el pasado porque la memoria se ha inmiscuido en su imaginación y viceversa, y en esa regresión piensan que han encontrado estabilidad. 

La escritora deja rastros a sus lectores, monedas de cinco centavos en los bolsillos de los pantalones favoritos de su padre o en la guantera del carro, porque a pesar de lo malo te quedas con pequeños recuerdos de tu casa y las personas que te rodearon. Deja abierto esos diálogos hipotéticos entre la familia o preguntas sobre hechos acontecidos que demuestran la cabalidad de cada una de sus protagonistas, me atrevo a decir que hay algo de belleza en toda esa turbulencia; como si creyese que todo esto pudiese ser la interpretación de un cuadro, al que una vez que lo tocas puede espiarte el alma, porque el tiempo es memoria y las cosas no son solo cosas.