BRENDA GÓMEZ|| Es inevitable, leemos dos líneas y nos tiramos de cabeza hacia esa respuesta vital que tanto buscamos en los libros, avanzamos hasta el final, a otros volvemos, y por qué no, algunos los terminamos abandonando, casi siempre porque se dispone de poco tiempo. Leer, leer, creyendo en las huellas que aparecerán después de las dejadas por grandes escritores que nos han marcado, esos que hemos creído que nacieron genios y ante los que doblamos nuestra pobre rodilla para siempre. Los autores actuales poco espacio ocupan en la crítica de algunos lectores exigentes, casi no se recomiendan, y si se leen, no se aprecian, sufro viendo cómo se pasa de lejos sobre las distintas preocupaciones de la rutina que, me da la sensación, algunos de esos autores nos resaltan con un imaginario marcador fluorescente en ese objeto que escogemos por el título o por su sobresaliente portada entre tantos nombres, “Todos los nombres” que diría Saramago

Entonces aparece. Hay algo de lo que te tenés que desprender, tal ves del ritmo que te hacen creer que tenés que llevar para estar al día, para que por fin te entregues a lo que buscas, la literatura, la literatura misma independizándose del resto de las artes porque siempre nos espera. Y pasas así a ser “un alma sumida en las tinieblas” como diría Víctor Hugo, sintiendo que cometes un pecado, aunque el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas. Porque de qué otra manera vas a identificar ese legado en la historia, en la política, en la religión, que deberían de ser únicamente recuerdos o referencias y que ya nuestra realidad es otra. 

Visitar temas desde distintas perspectivas es el rasgo más relevante que he encontrado en los libros de Katie Kitamura, novelista y periodista estadounidense a quién descubrí el año pasado tras su nominación al premio Booker con su libro “Audición”, no conforme, y queriendo encontrar más de esa línea creativa, me aventuré a leer “Intimidades”, y desde entonces estoy dispuesta a seguir todo lo que se publique de su trabajo.

Intimidades” es la historia de una joven que decide mudarse de Nueva York a Europa debido a la gentrificación que sufre su ciudad, también por la pérdida de su padre y la elección de su madre de establecer su residencia en Singapur. “Llevaba tanto tiempo viviendo con el dolor que había dejado de notarlo” dice ella, mientras espera que el anclaje a un nuevo sitio resulte ser llevadero, rodeándose de su amiga Jana, de su amante Adriaan y sus demás colegas que se despeñan como traductores en el Tribunal de justicia de La Haya del que ella ahora forma parte. Del libro me ha gustado todo, aparece la descripción de los barrios, algunos estigmatizados, con estructuras modestas, con balcones en hileras encajados entre complejos de viviendas de protección social y los nuevos bloques de pisos de acero y cristal, una mirada muy certera que ejemplifica “cómo el barniz de civismo que recubre la ciudad se resquebraja sin cesar, pero que en algunas partes ha desaparecido por completo”. Hay delincuencia, hay racismo y las divisiones son palpables. Me encanta el grado de observación de la protagonista, quien repara desde los rostros impostados de sus amigos, hasta en el espacio preciso que ocupa una botella de aceite o un molinillo. 

Kitamura nos hace cavilar sobre la inseguridad a la que estamos expuestos y el grado de incertidumbre que nos deja; en cómo las personas actuamos continuamente con deshonestidad de manera consciente o inconsciente, en parecer que vivimos una vida corriente (con sus altibajos) y de pronto todo se desmorona y nunca más vuelves a ser el mismo, en esas situaciones que nos afectan más de lo que uno considera, pero que es consciente hasta el momento de toparse con conversaciones espontáneas, y lo más importante: cómo nuestra percepción cambia cuando nos creemos observados. 

En “Audición” hay mucha información en frases breves, hay también elementos del entorno, pero en el libro se nota una historia más trabajada, más técnica. Desde el principio respiras hondo y tratas de ordenar las ideas al igual que la protagonista, una actriz consagrada, inmersa en los ensayos de su próxima obra de teatro. En la vida de ésta aparece, de forma repentina, un joven que dice ser su hijo, y a partir de este encuentro Kitamura desarrolla otro ritmo en la lectura, impresionante. Doblas una calle, te levantas de la mesa igual que lo hace esta mujer, determinamos, incluso, cuáles han sido los principios conscientes y cuales los instintivos a lo largo de su vida.

La gente siempre decía que tener hijos era todo un acontecimiento, algo que sucedía. Se les olvidaba que no tener hijos también era algo que sucedía”, me gustan mucho sus planteamientos en los que profundiza sobre la maternidad, sobre la pareja, en esos matrimonios que entran en un periodo en que ninguno de los dos es franco ni cercano. La palabra mamá conforme iba leyendo, me da la impresión de que aparece entre comillada, y es cuando, como lectora, me percato que esta trama puede desarrollarse en dos sentidos, como posibilidad de ser dos cosas a la vez, no es que haya una personalidad o una psique dividida sino “una superposición natural de una mente sobre otra mente”. La función empieza y la vemos actuar con la oscuridad a la espera. 

No es poca cosa darte cuenta de que siendo mujer es en vos en quien permanece una condición perpetua de la maternidad, intentarlo muchas veces termina siendo agotador y jamás se repara en que tu vida puede paralizarse llegando a sentirte como un espacio al que han reducido. El matrimonio entonces se convierte en mundos individuales, sin presencias que nos estimulen, con frases hechas y palabras impersonales; Kitamura le ofrece a su protagonista que visualice como fragmentos de imágenes ensambladas, la posibilidad de determinar qué cosas están haciendo degradar su seguridad: “Lo que pasaba era que la distancia entre mis yoes privados e interpretados se deshacía, y durante el más breve de los instantes solo era un ser singular, unificado”. No la deja alcanzar los límites de su universo, siempre la hace sentir que puede explorar más y no olvidar las formas ridículas en las que otros plantean el embarazo, en la precisión estética del gusto, en la comparación de guisantes o frijoles que cruzan una pantalla con chispas y confetis cada vez que pasan las semanas. 

En definitiva, ambas lecturas no consisten en imponerle al lector su realidad del mundo, porque es el mundo como tal, me gusta que en su relato aparezcan temas sobre la evolución artística, es más, algunos de sus personajes son pintores o galeristas y te proporciona nociones sobre cómo funciona ese campo en la actualidad, en cómo esa gente se acomoda en una burbuja de elogios, en esos cambios en las técnicas de pintura que son nimias, quizá porque siempre se trata de superar lo más grande. 

De pronto los libros sufren una deformación, las cosas en la actriz vuelven a ocupar impacto, en la traductora la vida parece dar un giro en lo profesional, sin embargo, el recuerdo de sus padres la hacen crítica hacia esa gente que después de conseguir lo que quieren muestran sin reparo su desinterés, nos comparte el lenguaje legal, los puntos de vista morales y jurídicos, las fisuras alarmantes de sus compañeros, el cambio después de ser la intérprete de un político acusado de graves delitos, y, principalmente, una voz melancólica que te recuerda la complicidad íntima llena de significados, que en todos los sitios hemos estado antes, porque solo somos una simple franja de arena, la misma que lame la orilla de otro lugar.