GABRIELA GONZÁLEZ|| Hay personajes que traspasan los límites de la literatura, que saltan de las páginas de los libros hasta convertirse en la identidad de todo un pueblo. En Nicaragua tenemos El Güegüense, en Argentina a Martín Fierro, protagonista de un largo poema narrativo, considerado también como novela en verso, escrito por José Hernández, obra cumbre de la literatura gauchesca, que fue la primera literatura meramente argentina en la que se retrataba la vida de los gauchos en La Pampa, escrita mayormente en versos octosílabos y que exaltaba la valentía de esos hombres. Desde su publicación en 1870, consiguió la gloria de que las clases populares lo leyeran y lo aclamaran, pasando a formar parte del ideario nacional. De ahí la osadía o valentía de Gabriela Cabezón Cámara, con su novela Las aventuras de la China Iron, darle la vuelta a un texto tan emblemático y hacer una reescritura tan experimental. 

En Latinoamérica, a finales del siglo XIX, las jóvenes repúblicas estaban en construcción y requerían también su propia literatura, así que las élites intelectuales crearon lo que hoy llamamos “novelas fundacionales”, historias en las que se ponía de manifiesto lo que se esperaba de un ciudadano ejemplar, novelas que eran espejos del imaginario popular, las primeras en las que se usan nuestras formas de hablar, nuestras costumbres y realidades, porque cada territorio, cada región tiene siempre algo que le distingue de su vecino. Pero con Martín Fierro se rompe esa regla, pues Martín es un prófugo de la ley, ha matado a un militar que lo perseguía y aquí encuentro un punto en común con la figura de El Güegüense, que no es precisamente un símbolo moral, sino alguien que se vanagloria de sus tretas e irreverencias y se burla de la autoridad. 

Gabriela se vale del Martín Fierro para ubicarnos en esa época, contar esas realidades desde la perspectiva femenina, pero no una historia triste y dramática sino de una manera positiva, precisamente inicia la novela con una descripción de la luz, como símbolo de liberación y anticipo de la musicalidad y el lirismo que nos acompañará en gran parte del libro. Este personaje es completamente suyo, le da una vida, un nombre Josephine Star Iron Tararira, ya que Fierro sólo la llama china, que es una forma de llamar a las mujeres jóvenes de manera coloquial, cariñosa o despectiva, todo depende del tono y el contexto, como esos chavala, chatela o cipota nuestros. 

Y sentao junto al fogón 

a esperar que venga el día,

al cimarrón le prendía

hasta ponerse rechoncho,

mientras su china dormía 

tapadita con su poncho”.

Las aventuras de la China empiezan con la detención de Fierro, su marido, se lo lleva el ejército, porque los gauchos eran usados como carne de cañón para la guerra en contra de los indios o simplemente eran recluidos en centros para trabajos forzados y así reeducarlos, porque también su nomadismo era visto como algo incivilizado. La China tiene 14 años, es huérfana, criada por una mujer cruel que le decía que se la dejaron en la puerta metida en un baúl. Es una niña aún y ya ha parido dos hijos, Fierro se casó con ella después de ganársela jugando a las cartas; pero, lejos de entristecerse cuando él es apresado se siente liberada, ve al fin una oportunidad para salir de la tapera y conocer el mundo, deja a sus hijos encargados e inicia así un viaje de auto descubrimiento, conoce así en el camino a Elizabeth y luego a Rosario. Pero no es un relato de victimismo, nosotros leemos esa violencia, porque si desde siempre tu vida ha sido miserable, no te ves como una víctima, para vos es simplemente tu realidad y como tal nos la cuenta. La China sólo se permite la ternura y el pesar ante las desgracias de Rosario, que era la vida de todos, una huida constante de la brutalidad: “Nos fue contando pedazos de la vida que le habíamos intuido viéndolo hacer: un padre muerto demasiado pronto, la madre sola, siete hermanos, el padrastro feroz como un puma entre gallinas, un puntazo como punta de partida y Rosario cosidito a los diez años yéndose a buscar otra vida menos cruel y entonces, ya con canas en las cejas y rengueando, seguía el pobre buscando quien lo amparara en esa nada: lo amparamos. Se quedó con nosotras, nos cuidó, lo cuidamos”.

Este es un viaje de auto conciencia y transformación, todo es muy sensorial: “No recuerdo haber experimentado antes esa inmersión en las vicisitudes de la luz. La sentía en mí, creía que yo misma era poco más que una masa inquieta de destellos”. Ella no sabía absolutamente nada de la vida, en su entorno las mujeres sólo paren, envejecen y mueren. Su concepción del mundo no incluía la libertad, mucho menos pensar que hay opciones, que puede elegir. Cada paso está teñido con el aura de lo nuevo, como una sucesión de primeras veces, de un constante renacer. Se va sintiendo orgullosa de su inquietud, de sus ganas de aprender, de averiguar cosas. Liz es británica, viene directo del imperio, es un choque, la China apenas habla correctamente y notamos todas esas carencias y a pesar del idioma ambas mujeres logran entenderse. “Nos secábamos con esas toallas que llegaban de los molinos de Lancashire y habían salido antes del delta del Mississippi y de los látigos que partían negros en los Estados Unidos: casi cada cosa que tocaba conocía más mundo que yo y era nueva para mí”.

Se dirigen al sur pero no quiere llegar a destino, mucho menos volver, quiere quedarse a vivir en esa carreta recorriendo eternamente la pampa con sus nuevos amigos. “Todo el resto era una amenaza de Negra, de vida con Fierro, de tapera, del silencio huraño de la brutalidad que había conocido: nadie tenía nada que decir fuera de las cosas de la tierra y de la carne, que las vacas, que la lluvia y la sequía, que los chismes, que si tal paisano se había montado a tal otra, que si los hijos de tal eran a la vez sus hermanos y los hijos y los nietos de su padre, que si venía el patrón, que si no venía, que si venía y si castigaba o si premiaba, si habría malón o no”.

Dice un personaje de Ernesto Sabato: “Me emocionan los detalles, no la generalidades” y aquí esos detalles están en el lenguaje, en la mezcla del español, el inglés y un poco de Guaraní, la musicalidad que sale de esa mezcla; la mirada interesante sobre la naturaleza, la descripción de ese universo tan rico, que las autoridades solo ven como llanos para explotar, pero que está tan lleno de vida: ombúes, tatús, caranchos, yuyos, chimangos, vizcachas, nombres que me eran tan desconocidos y que debí googlear para saber de lo que me hablaba y para apreciar toda la belleza. La estructura de la novela hace que se avance rápido y se vayan intuyendo los cambios, una primera parte luminosa, pero que a medida que avanza la historia y el viaje, en la segunda parte, en el encuentro con “la civilización” se vuelve oscura y el pálpito del mal lo empaña todo, para acabar en una tercera que es resiliencia y esperanza pura. Nos crea una utopía, aquí cabía perfectamente un final trágico, y en cierta manera lo es, pero nos crea una comunidad que no se concibe desde los vínculos sanguíneos sino desde el amor, “Nuevos parentescos, en un Nosotros engordado”, una sociedad que quiere vivir al margen de todo, Estado, explotación, fronteras.

En paralelo es un recorrido hacia el infierno, como ese que nos hizo Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, a medida que avanza el viaje, es mayor el horror, tierra vacía y arrasada porque se ha masacrado a sus habitantes, cadáveres pudriéndose al aire libre siendo alimento para la carroña. “Salvajes mi gente y mi pampa nauseabunda abonada de indio y de cristiano”. La autora se vale de Liz para reflexionar también sobre la revolución industrial y cómo ese mundo era tan ajeno a la vida de estas gentes, pero sus fauces terminaron por fagocitar a todo el continente, “Gracias a los motores a vapor ya no tomamos los latigazos en las espaldas de los remeros. Pero sí la asfixia de los mineros del carbón. Y así es porque es así; todo lo que vive vive de la muerte de otro o de otra cosa”.

Gabriela además de escritora es periodista, esa pulsión está aquí, ese afán de describir, contar e investigar. Además de tener una fuerte vinculación política y de defensa ecológica con su país, de un modo sutil pero enérgico y categórico hace un ajuste de cuentas con la falta de memoria, la ocultación sistemática y el borrado de la parte más brutal de la colonización de nuestra América. Es lo que pasa cuando el relato lo cuentan los vencedores. El presente se explica a través de la comprensión del pasado, el auge de ciertos pensamientos en contra de nuestros pueblos y de nuestros propios intereses, que abogan por el capitalismo es resultado precisamente de este borrado. 

El capitalismo es violencia. Debía sacrificarse todo por la creación y expansión de un país, aunque dicho proyecto fuera opuesto a la voluntad de los nativos, ellos no quisieron ceder sus tierras sin más, así que había que luchar, a esos gauchos e indios cristianizados se les inculcaba un nacionalismo exacerbado, que vieran en los otros indios a un enemigo, luchar por un progreso que nunca fue tal para sus habitantes, se instauró ese régimen de terratenientes, los que a día de hoy siguen siendo dueños del país, masacraron a todos los pueblos originarios; ejército, colonos y gauchos matando a los indios. Entregaron todo el territorio y sus recursos al imperio. Reemplazaron todo, llenaron las praderas con vacas inglesas por ser mejores. Todos nuestros males vienen desde la colonización, considerar lo de fuera mejor que lo autóctono, implantación de una sociedad de castas; el indio, el que tenía la piel más oscura era considerado el más duro, por eso le tocaban los peores trabajos y así hasta llegar al blanco patrón, que ni siquiera vivía en esas tierras sólo las explotaba. 

El colonialismo nunca se fue, mudó en imperialismo y perdura en la expoliación, perdura hasta nuestros días la creación del relato que de que eran salvajes, que todo se lo cobraban con la muerte y con torturas para justificar las que ellos infligían, perdura la idea implantada de “el otro”, el otro como cosa, como recurso, como fuente de saqueo, ese que no es blanco pero al mismo tiempo hacerte creer que sos parte de ellos, cuando realmente estás excluido. Iban arrasando la tierra, a los indios se les fue orillando en un éxodo eterno, hacia tierras que ellos no quisieran, pero siempre querían más, hasta dejarlos en los márgenes del Paraná, obligando a Los Pampa a hacerse al agua, a vivir pendientes de las crecidas, a sostener sus vidas y agriculturas sobre sus rústicos wampos y balsas.

No olvidemos que a día de hoy, se persigue y se saca a pueblos de sus territorios, pasa en México, en Centroamérica, en Chile, en Bolivia, en todo el Amazonas. Somos patio trasero como han tenido a bien bautizarnos desde el norte, no olvidemos que no somos parte de ellos ni de su cultura; para ellos somos lo sacrificable, lo explotable, ni nuestros territorios ni nuestra gente importa, ahora nos usan como basurero, mano de obra barata en fábricas sin seguridad laboral, los desechos de la explotación del petróleo o de la minería son vertidos en nuestro medioambiente, en nuestras aguas sin consecuencias para las empresas, pueden hacer lo que quieran, eso también significa muerte. Hacen lo que quieren, basta con ver las noticias, nuevamente este colonialismo a base de bombas y drones.

La novela es un ejemplo de que lo local puede ser global, no importan los regionalismos, el desconocimiento de muchas vocablos, de la flora, de la fauna… Ante tanta barbarie nos contrapone la belleza, la calma que sólo da la vida en contacto con la naturaleza. Acabé el libro con un nudo en la garganta, sintiendo el vaivén del agua, como si yo también fuera remando y flotando en uno de esos troncos. La narración realmente me hizo sentirme ahí. Me veo en el espejo y pienso que mi color, mi pelo y mis rasgos son fruto de la más absoluta supervivencia, incas, mapuches, guaraníes, mayas o aztecas… porque el plan no sólo fue el saqueo fue también el exterminio. Y aquí seguimos resistiendo.